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miércoles, 15 de julio de 2015

Valientes y locos.

Caballeros, hoy es un gran día.
Hoy lograremos lo que nadie más ha conseguido, seremos leyenda: recordad este día, este momento, pues mañana seremos los orgullosos descubridores del mayor tesoro que haya existido sobre la tierra jamás; mañana seremos los reyes del mar y del cielo, seremos inmortales y temidos por siempre. Mañana seremos historia.
¿Cuántos desconfiaron de nosotros?, ¿cuántos nos llamaron locos? No podreis encontrar la isla, dijeron; no conseguireis sobrevivir a las sierpes del paso, dijeron. ¡Pues estos locos lo consiguieron!, luchamos contra cualquier engendro a nuestro alrededor, contra el hambre y a sed, y hoy aquí estamos. Aquí estamos para burlarnos de nuestros enemigos, para reír y  actuar en honor de todo aquel insulso que osó desprestigiarnos.
Y al anochecer beberemos aquí, rodeados del lujo merecido y la gloria ansiada. Será una gran noche, caballeros: la noche de los valientes, de los locos valientes que triunfan sobre el sensato, sobre el temeroso a todo. La dicha es de nosotros, que bailaremos al fuego rodeados de bellas mujeres cuando los demás sigan durmiendo su sueño. ¡Comida y bebida!, ¡damas y triunfo!, ¡riqueza y poder!, ¿quién pide más, acaso? Todo esto os lo daré, mi fiel armada, pero antes hemos de conseguir el tesoro, aquel por el que tanto hemos sufrido.
Así pues, pongamonos en marcha. Entre esos árboles aguarda nuestro objetivo, esperándonos tan ansioso como nosotros, desesperado por ser encontrado. Únicamente es el último paso, y hemos de ser valientes como hasta ahora... No, no valientes; ¡valientes y locos! Esa gente llevaba razón, caballeros: somos locos, los piratas más locos que han existido en la mar, ¡y por eso triunfaremos!
Amarraos las espadas, recargad las pistolas, ¡echad el ancla! Hoy haremos historia, mañana la seremos.
¡Y ahora, en marcha! ¡A luchar!




Siento mucho haber estado tan ausente estos días, pero estoy haciendo el curso intensivo del teórico de la autoescuela y no encuentro tiempo ni para escribir. Prometo que en cuanto termine estaré más presente. ¡Gracias!

jueves, 18 de junio de 2015

Llévame contigo. Hades y Perséfone.

Con los ojos cerrados, puedo escuchar los sonidos del bosque resonar en mis oídos y sentir cómo los rayos del sol calientan cada centímetro de mi piel; la brisa se cuela entre mis labios entreabiertos, trayéndome desde lejos los olores dulces de la vegetación.
Este lugar es tan extraño... demasiado diferente al mío. No me siento cómodo aquí, entre tanta vida y luz, envuelto en colores que inspiran fertilidad y salud. Yo vivo en las tinieblas, entre las cenizas del fuego que destruye y arrasa y la lastimera tristeza de la muerte; entre monstruos y almas perdidas, dolor y sufrimiento. No estoy seguro aquí, a veces me descubro preguntándome por qué vendré tan a menudo.
- Hades... ¿te encuentras bien?
Abro los ojos, y sobre mí encuentro al motivo por el cual consiento acudir a este lugar cada vez con más frecuencia. Su pálido rostro me observa preocupado, enmarcado entre mechones cobrizos de cabello ondulado, sus ojos, de un verde claro, reflejan toda la luz que nos rodea.
- No es nada – levanto la cabeza de su regazo y me incorporo, de cara a ella – sólo... estaba pensando, nada más.
Enarca una ceja, sabe perfectamente que miento, siempre lo sabe. A estas alturas, ya debería haber aprendido que eso no sirve con ella, que me conoce tan bien que, si pregunta cómo estoy, es sólo para conseguir que diga con palabras lo que ya conoce. Pero, ¿cómo decirle que no me gusta estar aquí, que me siento desprotegido?; por algún motivo, sus sentimientos son los únicos que no quiero dañar.
- Está bien – me rindo, sin otro remedio que confesar la verdad – es este lugar, simplemente.
- Lo sé – su expresión severa deja paso a la tristeza, el pesar de sus ojos se extiende por todo su rostro, un suspiro lastimero escapa de sus labios antes de continuar hablando – lo siento muchísimo, sé que te molesta estar aquí, y que te gustaría que las cosas fueran de otro forma. A mí también, créeme, pero cada vez que trato de escapar mi madre se da cuenta al instante... Oh, cariño, no sabes cuánto lo siento... ojalá hubiera un modo de poder estar juntos, sin tener que venir aquí, ojalá...
- Perséfone, tranquila. Por muy mal que me sienta aquí, siempre acudiré para verte, sólo por eso cualquier pesar al que me someta merecerá la pena.
Lo he conseguido: esboza una dulce sonrisa y me abraza, aparentemente más tranquila. Mientras estrecho su cintura, noto cómo sus dedos juegan distraídos con mi pelo y cierro los ojos disfrutando de la sensación. De pronto, detiene mi mano, obligándome a salir del extraño oasis en el que me he sumergido.
- ¿Y si...?
- ¿Qué? – me separo de ella y la miro a la cara. Está pensando algo, pero no estoy seguro de la dirección que está tomando su mente.
- ¿Y si me fuera contigo?, ¿y si pudiéramos vivir juntos, en el inframundo?
- Creo que ya ha quedado claro que no puedes escapar de aquí...
- ¡Es que no tendría que escapar! – está ilusionada, confía en lo brillante de su idea, se levanta y me mira con la mayor sonrisa de la tarde, maravillada – podría irme contigo, delante de mi madre, delante de todos...
- Una idea fantástica. No me cabe duda de que nos despedirán con laureles y formarán un pasillo para que podamos marchar con todos los honores, será memorable.
- Calla, déjame continuar – no puedo evitar sonreír, me gusta que no sea débil, que se muestre descarada cuando cree que debe hacerlo – Claro que sé que no nos dejarían irnos así como así, no soy estúpida. Debería suceder en poco tiempo, para que no puedan reaccionar... tiene que ser rápido, como... como...
- Como un rapto.
Se hace el silencio entre nosotros. Parece que he dado con la clave, con la solución final, y durante un minuto nos miramos a los ojos, mientras Perséfone valora mi idea. Por su sonrisa de satisfacción, puedo ver que aprueba la idea.
- ¡Un rapto!, ¡sí, es perfecto! – se ríe, feliz – nadie sospecharía nada, no tendrían modo de impedirlo, sucedería en dos segundos. ¡Me encanta! Hades, ¡ráptame!
Por algún motivo, el alivio me inunda y me dejo llevar, riendo con ella. Pero entonces dudo, no quiero que se arrepienta, no quiero que termine odiándome, ella no.
- ¿Estás segura? Piensa en las consecuencias: si lo hacemos, quizá no puedas volver, con todo lo que ello implica.
- Lo sé – se arrodilla ante mí y sostiene mi rostro entre sus manos, con dulzura – sé lo que puede pasar, y estoy dispuesta a asumirlo. Quiero estar contigo, tras todo este tiempo... sé que lo único que deseo es vivir a tu lado, por siempre.
El tiempo parece haberse detenido. Con sus manos en mis pómulos, comienza a acariciarme sutilmente las mandíbulas mientras la luz del sol baila en sus ojos verdes, como queriendo reflejar el increíble misterio que vive dentro de ella, oculto a cualquiera que desee resolverlo. Es tan bella: su nívea palidez, su dulce rostro, adornado por mechones de cabello rojos como el fuego que me recuerdan mi hogar. Es perfecta, mi futura esposa, por primera vez me siento completamente seguro aquí.
Me inclino para besarla justo en el momento en que la llamada de Deméter, inquiriendo la presencia de su hija, nos interrumpe. Perséfone da un respingo, sobresaltada, pero, en vez de correr inmediatamente con su madre, se queda conmigo y me besa en los labios.
- Nos veremos pronto – con su frente sobre la mía, noto cómo suspira – y cuando eso suceda, Hades, llévame contigo.