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lunes, 4 de septiembre de 2017

"Do you still love her?".

'Do you still love her?'
He thought about his answer for a few seconds and she waited patiently, but also she could feel the nervousness inside her.
He shrugged.
'Yeah' Hope tried to hide the sadness in her expression, but he, focused in telling her what he was thinking, didn't seemed to notice that. 'I mean, you know, she was special for me. Actually, she still is in a way. I loved her, a lot, and she was the first girl who meaned all those things to me. I think... I think you never stop loving a person who had this impact in your live, this good impact. But no, I don´t love her in a romantic way anymore. I did, but I think those feelings disappeared time ago. I will always care about her and knowing that she is okay make me really happy, but what I´m starting to feel for you, no, I don´t feel it for her'.
Hope kept silence for a seconds, noticing how she was blushing while he was staring at her, with a sweet and quiet smile in his face. Finally, she laughed, letting her happiness free, and kissed him on the lips.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Después de tanto tiempo.

Cuando se la encontró allí, sentada en una mesa de la cafetería, no supo qué decir.
- Hola…
- Hola – ella le sonrió con timidez, colocando un mechón de su pelo negro detrás de la oreja. Había cambiado mucho después de tantos años, y la niña que fue parecía haberse esfumado de su rostro, aunque pudo descubrirla escondida en sus ojos.
- Ha pasado mucho tiempo.
- Lo sé. Es increíble, ¿verdad?
- Cierto, sí – se removió, incómodo, en realidad no sabía de qué hablar. De no haber sido por la fuerte amistad que les unió de niños, por todo lo que vivieron, habría considerado que esa mujer ante sus ojos era poco más que una extraña – ¿Cuándo has vuelto?
- Volví hace unos cuantos meses, cuando me independicé. Mis padres aún siguen en la casa donde nos mudamos, pero yo hace años que echaba de menos la ciudad. – de pronto interrumpió su discurso, bajando la cabeza, buscando las palabras para continuar – Yo… siento mucho no haberte localizado antes. Necesitaba tiempo para instalarme, y después de tanto tiempo sin hablar no encontraba las palabras para saludarte de nuevo.
- Lo sé, no te preocupes.
Volvió a sonreír, visiblemente aliviada. Hugo no sabía si lo que decía era cierto, si de verdad había querido contactar con él en algún momento, pero tuvo que creerla, viéndola delante suyo de nuevo.
Los recuerdos le inundaron de pronto: memorias de una niñez juntos, de risas y de sueños, de secretos contados entre las calles, de un inocente primer beso escondidos en el parque. Lo pasó realmente mal cuando ella tuvo que mudarse lejos de allí pero, a pesar de lo que se querían, de algún modo terminaron perdiendo el contacto. Hacía años que no sabía nada de ella, absolutamente nada… tenerla ahí al lado le hacía sentir que podía volver a empezar.
- Quizá…
- ¿Quizá?
- Bueno, ya que por fin me has localizado, quizá podríamos tomar un café algún día. Ya sabes, para hablar, ponernos al día… Seguro que hay muchas cosas que contar.
- ¡Claro, por supuesto! – los ojos se le iluminaron, y su sonrisa se ensanchó hasta abarcar todo su rostro. Parecía entusiasmada, realmente era verdad lo que le había contado – Eh… bueno, ahora mismo no estoy sola pero…
- Oh. – se fijó por primera vez en la mesa que la chica ocupaba, en la que podían verse dos tazas vacías – Bueno, otro día entonces.
- Me encantaría. Te escribo mi número, espera – le cogió la mano y un extraño sentimiento se extendió por todo su cuerpo. De pronto estaba en paz, como envuelto en un acogedor hogar, le gustó la sensación.
- Ya está.
- Genial.
Se separaron, y la sensación que acababa de invadirle se esfumó en el aire. Pero ella seguía allí, al lado, transmitiéndole todos esos recuerdos que creía enterrados. El número escrito en su mano parecía quemarle la piel y supo que no tardaría en usarlo.
- ¡Cariño! – un chico de su edad apareció de la nada y abrazó los hombros de Lara, rompiendo en un instante aquel momento. Ella pareció encogerse, sonrojada – ¿nos vamos?..., ¿quién eres tú? – el joven pareció reparar de pronto en la presencia de Hugo.
- Es un viejo amigo, de cuando vivía aquí. Nos acabamos de encontrar.
- ¡Oh! Hola, soy Mateo, encantado.
- Igualmente.
Él sonrió, aunque brevemente. Antes de que se diera cuenta estaba abrazando más fuerte a su amiga, como agarrándola, y su posición corporal reflejaba unas ganas de marcharse de allí que habría resultado maleducado expresar en voz alta. Sin embargo, volvió a insistir:
- Cielo, ¿nos vamos?
- Sí, claro – mientras se ponía la cazadora, Lara le dedicó una sonrisa de disculpa. Apenas le rozó el brazo al despedirse. – adiós, Hugo, me ha gustado volver a verte.
- Y a mí. Hasta luego.
Se volvió justo a tiempo para verles desaparecer por la puerta, abrazados. Una atmósfera de malestar y preocupación se asentó junto a él, ahogándole en un sentimiento de impotencia que sabía que no podía vencer.
Sin embargo, no todo estaba perdido: tenía su número, su vuelta y su presencia en la ciudad. Volvería a verla, se aseguraría de ello.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Ni contigo ni sin ti.

No me gustas.
De veras que no. Desde el primer día que te vi, desde el momento en que abriste tu apestosa bocaza para soltar una de esas perlas que tan nerviosa me ponen. No te soporto.
Eres un ser infantil, superficial y maleducado. Antes nunca habría querido conocer a nadie como tú; mucho menos tenerle de amigo; por favor, ¡ni hablar de ser su novia! Todavía hay momentos en los que evito verte, ocasiones en las que mi cara refleja sin querer lo mal que me caes, días en los que tu presencia me pone enferma.
Cualquiera diría que nos conocemos desde hace tiempo, nadie podría suponer que incluso somos amigos.
A mí también me cuesta entenderlo a veces.
Quiero decir, te odio.
Pero te amo.
Joder, te amo mucho.
No entiendo por qué, en serio no lo entiendo, pero de algún modo no puedo estar sin ti. Me falta algo si no estás tú: algo espantoso, algo que me sana y que antes no estaba allí. ¿Cómo he podido ignorar que no estaba hasta ahora?, ¿cómo he podido vivir sin ello? Mierda, no lo sé… Ni siquiera sé qué digo, ni siquiera sé qué hago pensando estas estupideces, pero es la verdad.
Tú me sanas, tú le das algo a mi vida que la hace mejor. Tú eres el motivo por el que me levanto media hora antes cada mañana; lo hago para poder quedar contigo en el portal e ir juntos al instituto. Lo hago porque así me siento mejor, lo hago porque me haces feliz.
Joder, te odio por eso.
Te odio porque no lo entiendo, no comprendo lo que me pasa. No puede ser que sienta algo tan puro por ti cuando a la vez hay momentos en los que no puedo ni verte; no puede ser que quiera protegerte de esos líos en los que te has metido por tu inmadurez, esa que me exaspera; no entiendo cómo puedo quererte tanto, a un cretino como tú.
Ni por un segundo puedo llegar a comprender qué tienen tus ojos, qué es eso que tanto me maravilla en tu mirada, esa que me observa justo ahora… mientras me hablas de cuánto te preocupa que la gente te vea vestido con ropa de mercadillo.

Qué asco de tío.

miércoles, 19 de agosto de 2015

La chica del bar.

La conoció en un bar.
No era un bar grande, y no compensaba sus estrecheces con una decoración bonita. La luz amarilla proveniente de las lámparas daba al lugar un aspecto sucio, y los muebles marrones y viejos otorgaban al cliente la incómoda sensación de encontrarse en un sótano a medio construir. Por lo menos tenía buena música, la única razón por la que Víctor se había dejado arrastrar allí a las tres de la mañana de un sábado.
Ahora no hacía más que arrepentirse de su decisión, sentado en la barra y contemplando cómo sus amigos daban tumbos y se reían como idiotas en los escasos dos metros con los que contaban para maniobrar. Miró con desprecio su botellín de cerveza, que le mantenía clavado en ese apestoso lugar. Ni siquiera le gustaba beber, ¿cómo se le había ocurrido decir que sí?, odiaba esos momentos, atrapado por su estúpida manía de no saber decir que no... ahora su cama estaría sola, esperándole, cuánto la echaba de menos.
De pronto, se sintió observado, aunque la sensación no le molestó cuando reparó en quién lo hacía. Sus ojos eran grandes, de un verde tan intenso que pudo distinguir su color desde el otro lado del local, y el cabello lacio y oscuro le caía en cascada tapándole el pecho. No apartó la mirada cuando se supo descubierta, ni siquiera pudo percibir su sonrojo; solamente le sonrió, dulcemente, con una mezcla de timidez e interés en la mirada que le marcaría por siempre.
Él tampoco apartó la mirada, tampoco pudo dejar de sonreír, y ella se le acercó alejándose de sus amigas, tan borrachas que ni siquiera parecieron percatarse de su ausencia. No caminaba, parecía fluir, esquivando fácil y delicadamente todos los cuerpos que se interponían en su camino.
- Hola – su voz era tan dulce como su sonrisa, tan inocente que invitaba ciegamente a confiar.
- Hola.
- Me llamo Elena.
Hablaron, rieron. Ella era despreocupada, limpia y cristalina, con una inocencia que le concedía una ternura persistente incluso a la hora de maldecir algo. Él no se veía un tipo desagradable, aunque nunca se había considerado un gran partido, pero a ella parecía gustarle, y con eso le sobraba. Mirándola a los ojos se olvidó del ambiente extraño, de sus amigos, de su cerveza a medio acabar; sólo existía ella, y lo seguro que le hacía sentir.
Eran poco más de las cuatro de la mañana cuando decidieron salir a pasear, y a ninguno de los dos les costó alejarse de su grupo, cuyos integrantes ya apenas podían pensar. El aire del verano les golpeó de frente, cálido y acogedor, y Víctor reparó por primera vez en cómo la falda del vestido de Elena bailaba en torno a sus piernas, que avanzaban ágiles subidas a sus tacones bajos. 
Caminaron lentamente por las calles, iluminados por las farolas, hablando de mil cosas sin importancia y sintiendo cómo cada vez se sentían más cómodos en su compañía. Junto a una farola, ella tropezó, pero el abrazo de Víctor le impidió caer.
- Gracias, soy una experta en irme tropezando con mis propios pies.
- Vaya, entonces tendré que empezar a acostumbrarme a situaciones como estas – sólo se dio cuenta de su error cuando había terminado de hablar, cuando la última palabra salió disparada de sus labios. ¿Y si ella no quería nada?, ¿y si sólo deseaba matar el tiempo con alguien? seguramente la acababa de asustar... 
Pero en su mirada no encontró miedo, ni estrés, ni siquiera incomodidad. Sólo la misma dulzura de siempre, la misma alegría, y la sonrisa más radiante de toda la noche.
- No descartes la idea...
Su beso le pilló por sorpresa, suave y cálido, sus labios acariciando los suyos sin un rumbo fijo, sin nada que perder. Sencillamente se dejó llevar, como ella le invitaba a hacer, disfrutando de su contacto bajo la luz de la farola. Al separarse no dijeron nada, ninguna palabra, sólo miradas llenas de significado y las manos unidas mientras echaban a andar.
Se dio cuenta de pronto de que, guiado por la inercia, había conducido a Elena hasta su casa. Frenó frente al portal, absorto en la duda de si seguir caminando y no decir nada o reconocer que sin querer la había llevado a su apartamento. Ella no era tonta, descubrió lo que pasaba antes de que hubiera tomado una decisión.
- ¿Es tu casa?
- Eh... sí... yo... lo siento mucho, no era mi intención.
- Lo sé, no pareces de esa clase de tíos. Pero... podemos subir ya que estamos aquí, si quieres.
Se volvió sorprendido, creyendo haber escuchado mal, pero Elena no parecía tener dudas. Tan segura y tierna como siempre, le miraba con la misma sonrisa tímida con la que la había conocido, no tenía nada que temer.
Subieron en silencio, guiados por las sombras que inundaban el edificio, observándose a contraluz, sintiendo entre ellos el deseo y la expectación de saber lo que está a punto de pasar. A salvo en el apartamento, se acercaron con timidez: él posó las manos en su cintura, ella le cubrió los hombros con las suyas; pero desde que empezaron a besarse las manos dejaron de ser plumas, para abrazar y acariciar con la pasión y el cuidado de quien sabe que tiene entre sus brazos algo realmente valioso.
Hicieron el amor en la misma cama que al principio había echado tanto de menos, aunque ahora no se acordaba. No podía recordar nada, en realidad; dejó de pensar, dejó de saber quién era, todo su mundo era el cuerpo de Elena a su lado, bailando en una danza sin música que se alargó hasta el amanecer, cuando los primeros rayos les bañaron en su luz fría.
Aquella mañana durmieron abrazados y, al despertar, Elena se quedó a su lado. Pasados los años, aún no se ha ido.
La conoció en un bar. Era un bar horrible, pero ella estaba allí.

jueves, 9 de julio de 2015

La nostalgia del poeta.

Sólo frente a las sombras, mi pluma susurra tu nombre.
Tan bello, tan dulce. Misterioso como el atardecer en el bosque, tan luminoso como el sol de un nuevo día
Y mi mente recuerda tu rostro, y mis ojos lo reflejan en sus lágrimas tratando de mostrarlo al mundo, tratando de atraparlo en sus murallas para atesorarlo por siempre, para nunca perderlo.
Te echo de menos, tanto que mi alma se estremece de dolor cada vez que pienso en ti. Cada vez que rememoro tu cuerpo y tu risa, tus sabios consejos y tu gracilidad. Las he perdido, las he perdido todas ellas, para siempre.
Y no sé cómo podré seguir viviendo sin ellas, no sé si podré sobrevivir. ¿Sabes lo que es sentir todo tu ser herido, tu alma muriendo ante la miseria?, así me siento yo cada segundo, cada hora, cada ínfimo instante que paso lejos de ti; y ya van demasiados, mi princesa.
A veces quiero rendirme, dejarme arrastrar hacia el abismo y dormir por siempre en la oscuridad. Siento que así estaré en paz, sin sentimientos, sin memoria, sin este dolor que me acosa a cada momento. De veras querría hacerlo, dejarme llevar por fin, con el corazón en calma y la sonrisa grabada en mis labios putrefactos, arrebatado el calor por las suaves manos de la muerte.
Pero, si lo hiciera, el último retazo que conservo de ti se alejaría para siempre, evaporándose en el aire, huyendo triunfante de este ser que sólo quiere tenerte entre sus brazos una vez más. No puedo hacerlo, no puedo rendirme, la rendición es el mayor fracaso del guerrero y el lastre del enamorado.
Y yo, guerrero y enamorado, no voy a permitirme tal deshonra.
Por ello seguiré aquí, mi dama. Entre las sombras de mi morada, escondido tras los rincones, derramando lágrimas entre la hierba seca.

Pero en pie, siempre en pie. Tu alma en mi mente, tu rostro por bandera; hasta que mi mirada se congele y mi corazón se detenga. Siempre.

miércoles, 3 de junio de 2015

La risa de Verónica.

La recuerdo pequeña, apenas una niña con la risa cantarina y la inocencia en su mirada. Recuerdo verla correr con el cabello cobrizo al viento, volviendo la vista retándome a alcanzarla; recuerdo su imaginación al jugar al escondite, la manera en que aparecía tras escondrijos en los que casi no entraba; la recuerdo leyendo sus libros de cuentos, jugando con sus cientos de Barbies, montando en esa bicicleta con la bocina rosa.
Pero recuerdo su risa, sobretodo su risa.
La recuerdo más tarde, años después, dejando de ser una niña para convertirse en un proyecto de joven mujer. Los primeros tacones, el primer móvil, cómo confiaba en mí para que sus padres la dejaran llegar un par de horas más tarde; recuerdo cómo se maquillaba en los escaparates, sus dudas, su ilusión por lo que quisiera venir.
Pero recuerdo su risa, sobretodo su risa.
La recuerdo adolescente, una hermosa joven en el mundo abierto. Recuerdo su vitalidad, sus fantasiosas ideas, su energía; recuerdo sus saludos por las mañanas, y las conversaciones sentados en el banco comiendo pipas; la recuerdo llorando por su primer novio, y lanzándose al futuro con la fuerza reflejada en sus ojos oscuros. Me recuerdo fijándome en ella, descubriendo que la amaba.
Pero recuerdo su risa, sobretodo su risa.
La recuerdo en nuestra primera cita. La recuerdo sin saber nada, sospechando en mis silencios lo que no me atrevía a decir; recuerdo su mirada perspicaz y sus labios sonrientes, recuerdo sus indirectas y sus cosquillas; la recuerdo iluminada al atardecer, su cabello brillando como ascuas, la recuerdo besándome por fin.
Pero recuerdo su risa, sobretodo su risa.
La recuerdo en nuestra boda, más bella que nunca; la recuerdo el día que descubrimos su embarazo, y en el día en que trajo a nuestros gemelos al mundo; la recuerdo en cada momento hermoso, y en cada discusión. La recuerdo como es: vital, apasionada, llena de cosas con la que enriquecer el mundo que sería mucho peor sin ella.
Pero recuerdo su risa, sobretodo su risa.


viernes, 22 de mayo de 2015

Criatura.

Me siento enormemente afortunado ahora mismo, bendecido por tu pacífica belleza que aplaca los sentidos.
Adoro contemplarte así, dormida, ajena al mundo cruel que sólo quiere dañarte y sumida en dulces sueños de romance y alegría. Una sonrisa se refleja en tu rostro, iluminando esos finos rasgos que siempre he amado, seguramente estés viendo algo feliz, me alegro mucho.
Pero me alegra más ser yo el único que puede contemplar este momento. Ser yo la única persona que sabe que sonríes en sueños; que no emites esos ronquidos que tanto me molestan, que en vez de eso suspiras suavemente; que sueles moverte dormida en las noches cálidas de verano; que nunca duermes de boca abajo. Sólo yo tengo la fortuna de saber todo esto, aunque ni siquiera tú sepas que lo hago.
Nadie lo sabe, aún nadie es consciente de mis visitas nocturnas a través de tu ventana, de que cada noche entro a tu habitación para ver pasar las horas oscuras contemplando tu piel blanca como el marfil iluminada por la luna, tus suaves labios del color de las rosas, escuchando tu respiración y aspirando el aliento en tus suspiros. Te amo.

Y tú me amarás a mí, aunque todavía no seas consciente de ello. Sé que algún día te rendirás a mí, a mis halagos, a mis miradas furtivas y mis sonrisas al servirte la comida en el salón. Sé que algún día existiré para ti, y significaré tanto en tu vida que enfrentarás viento y marea con tal de tenerme a tu lado. Un día te casarás con este humilde plebeyo que tanto te admira, y entonces podré contemplarte cada noche con la tranquilidad de quien conserva un tesoro de manera legítima.
Sin embargo, mientras espero la llegada de ese momento, me conformo con esto.
Una ligera brisa atraviesa las cortinas y agita levemente las sábanas que cubren tu cuerpo, provocando que te acurruques más en ellas entre muecas de fastidio. Pobrecita, es cierto que está haciendo algo de frío últimamente... pero no te preocupes, cerraré la ventana al salir, no deseo que enfermes.
Me marcharé con el canto del primer pájaro, y descansaré en mi humilde jergón hasta que llegue la hora de servirte el desayuno. Con una gran sonrisa, con la luz que reflejas en mi rostro, con mi mejor saludo tras velar tu sueño.
Esta noche, como tantas otras. Para siempre.


Imagen sacada del cartel de El Perfume, película en la que 
me he inspirado para escribir este relato.

sábado, 25 de abril de 2015

Lo que necesitaba.

Yo soy la de la eterna tristeza.
La que no dice nada, la que no confía en nadie. La que se guarda sus penas para sí misma.
La que ya se ha acostumbrado a llorar, y hace mucho que dejó de hacerlo con la cara descubierta.
La que es de acero, porque todas sus desgracias la han obligado a serlo.
La que nunca puede más, hasta que un nuevo golpe la convence de lo contrario.
La que tiñe de sombras su mundo, la que ya no puede sonreír.
Yo soy aquella que vive en la oscuridad.
Y por eso me enamoré de ti.
Porque tú eres el único que consiguió atravesar el muro que me guarda.
Porque contigo cada vez lloro menos, porque ya no oculto mis penas.
Porque me demostraste que no tengo que soportar más, que ya he tenido suficiente, que puedo dejar de forzar mis límites.
Porque eres refugio, eres amor, eres la paz y serenidad que tanto he buscado siempre, y que nunca había encontrado.
Eres la luz en mi mundo, las palabras alegres, las sonrisas que oculto al mundo.
Eres todo lo que necesito, encerrado en una persona.
Eres mi salvación.
El color que devolvió la vida a la hija de las sombras.

Te amo.

sábado, 28 de febrero de 2015

Te quiero, Nija.

No sabes lo que tienes, hasta que lo pierdes.
Yo no creía en esas cosas, nunca pensé que fueran ciertas. Vivía sumida en la convicción de que no eran más que cuentos con los que asustar a los niños que se portan mal, amenazándoles con futuros de pérdida y dolor para lograr que dejaran de llorar o increpar a sus padres. Estaba convencida de que todo era mentira.
Pero ya no.
Nija me amaba, y yo a él, pero era complicado. Nos conocimos hace un par de años, durante una de las recepciones de mi madre. Recuerdo lo que pensé al verle, cómo me sorprendió que un simple camarero, vestido como todos los demás, pudiera destacar tanto ya no sólo entre el servicio, sino entre todos los demás caballeros elegantemente vestidos del salón de baile. Era tan frívola entonces... pero él me ayudó a cambiar.
Esa noche empezamos a hablar, aún no entiendo cómo tuvo el valor de acercarse a mí, dada su condición, pero me hablaba en cada esquina, en cada momento ciego en el que nadie podría reparar en nosotros. En ese momento debería haberme callado, haberle rechazado, pero quedé prendida en sus ojos negros, y ya no pude escapar de ellos.
Aquel día todo empezó. Al terminar la velada, conseguimos escaparnos al jardín y nos declaramos amor eterno bajo la luz de la luna. Supimos que sería difícil, no éramos tontos, pero decidimos intentarlo con la convicción de quien ha encontrado al amor de su vida, y no piensa dejarlo marchar.
Fueron pasando los meses, y nuestra relación creció entre fugas, mentiras y encuentros furtivos en medio de los servicios que obligaba a mis padres a solicitar. Salir adelante no parecía tan complicado, al fin y al cabo, y en nuestras mentes comenzaron a surgir planes de futuro, en los que nos casábamos junto al acantilado para formar una familia llena de bellos niños que llevaban sus ojos y sus labios. Ser pobre ya me daba igual, tan llena de amor y de felicidad como estaba, convencida de que ningún lujo del mundo podría compararse jamás con Nija. Ojalá hubiera estado tan segura como creía, nada de esto habría sucedido.
Me pidió matrimonio una tarde de tormenta, sentados en mi habitación. La cajita no estaba vacía, dentro se encontraba el anillo de pedida que su padre le había regalado a su madre el día que se le declaró. No era nada del otro mundo, un pequeño diamante engarzado en una fina línea dorada, pero me encantó. Entre lágrimas le dije que sí, y le besé.
Jamás le había besado así, sus labios se volvieron mágicos, hechizantes y despertaron un deseo en mi interior que se deslizó hacia todos los lugares de mi cuerpo, reclamando su presencia. Recuerdo perfectamente cada beso, cada suspiro, cada caricia que ardía en mi piel en un vago intento por calmar su necesidad.
Hicimos el amor iluminados por los rayos; suspirando gemidos acallados por el sonido de la lluvia contra la ventana; besándonos con la locura de los fugitivos y el cariño de los enamorados; suave y tímido al principio, apasionado después; cuando llegamos al clímax, juntos, no pudimos hacer más que abrazarnos, contemplando la sortija que brillaba orgullosa en mi dedo.
Ni siquiera nos dimos cuenta de que la puerta principal se abría, no nos percatamos de los pasos que subían por las escaleras y, para cuando mi padre abrió la puerta, continuábamos abrazados en la cama.
Entró en cólera, y cada palabra que pronunciábamos defendiendo nuestro amor le enfurecía más. No nos pegó, a ninguno de los dos, pero tenía un plan más frío y cruel. Antes de echar a Nija de mi habitación y de mi hogar me dio a elegir: tenía total libertad para casarme con mi amado, y vivir una larga vida a su lado, pero a cambio debía renunciar a todo lo que tenía, todos mis bienes, mis posesiones, mis lujos y comodidades.
Ante la cercanía de la decisión final, toda la convicción que había creído tener durante esos meses se desvaneció. Sin poder mirar a Nija a los ojos, finalmente decidí renunciar a él.
Apenas puedo recordar con claridad lo que sucedió entonces, y hoy en mi memoria sólo puedo retener la expresión de malvado placer de mi padre al quitarme el anillo, la larga noche que pasé llorando y las últimas palabras que Nija me dedicó.
“Te quiero, Mada, te echaré de menos”.
A la mañana siguiente, supe que se había suicidado.
Casi dos meses después, me arrodillo frente a su tumba, con el corazón marchito y la mirada anegada de lágrimas amargas que no dejan de brotar, recordándome que soy la única responsable de esta situación. Echándome la culpa por mi egoísta decisión, repitiendo en mi mente mis pecados, aquellos que trajeron el desastre.
Cómo pude ser tan tonta... jamás lo merecí, jamás fui digna de Nija, por mucho que intentara convencerme de lo contrario, no merezco vivir.
Ante el pensamiento, algo en mi mente me devuelve a la realidad, haciendo que note a la pequeña criatura que es mi bebé dentro de mí. Puede que a su padre no me lo mereciera, pero lucharé por redimir mis pecados cuidando de mi pequeña.
Es una niña, lo sé, siempre supimos que nuestro primer bebé sería una hermosa mujercita. Y yo sé que tendrá sus ojos, y sus labios, y toda la valentía que poseía y de la que yo carezco. Sé que será digna de su padre, y que se llamará Weronikia, como él quería.
Es una noche de tormenta, como el día en que la concebimos, y las primeras gotas comienzan a notarse en la lápida de mi amado, que recta e impasible contempla el mundo sin temor, llena de orgullo y dignidad.
Recojo mi hatillo y me lo echo al hombro mientras salgo del cementerio. Mi padre me ha echado de casa, pues no pienso renunciar a mi bebé, pero ya no me importa. Esto es lo que debí haber hecho hace dos meses, pero para lo que no tuve el valor; el paso que debí haber dado junto a mi verdadero amor; la solución que habría esfumado mi pena.
Estoy sola, pero lo llevaré conmigo. Que mi llanto recuerde su rostro, que en mi mente viva siempre él.

Te quiero, Nija, te echaré de menos.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Te quiero.

Te quiero, sólo a ti.
Te quiero desde el primer momento, princesa, aunque entonces no lo supiera. Te quiero por lo que eres, por lo que haces, por toda tú.
Te quiero por tu risa, por tu suave pelo azabache que cae si control por tu espalda; por tus ojos negros y por las largas pestañas que lo enmarcan.
Te quiero por tu sonrisa, por tus labios limpios de maquillaje; por tu agilidad y tus piernas fuertes capaces de correr kilómetros; por tu habilidad y tu inteligencia capaz de todo.
Te quiero incluso cuando me superas y pasas horas celebrando tu victoria; cuando te enfadas conmigo y no me lo quieres decir, aunque lo sepa perfectamente; cuando mientes o cuando me hablas mal. Te quiero tanto que todo eso me da lo mismo.
Y me da lo mismo porque nada de eso supera lo maravillosa que eres. Nada de eso supera tus besos siempre llenos de cariño, tu alegría al verme, tu locura, tu bondad o tus ganas de vivir. Todas las cosas malas son minúsculas comparadas con tu ilusión, con tu imagen leyendo de cara al sol, con tu vitalidad, con tu ingenio, tu dulzura y tu humor. Eres perfecta, cariño, perfecta para mí.
Te quiero, te quiero con locura, con pasión; con cada centímetro de mi cuerpo y cada esencia de mi alma.
Te quiero ahora, y te querré siempre. Te quiero como la mujer que eres y como la niña que fuiste y que a día de hoy no se ha llegado a marchar del todo. Quiero al fuego que hay en ti, y también la magia y la paz que reinan en tu interior.
Y no quiero que lo olvides, nunca; ni cuando estés triste, ni cuando te sientas sola, ni cuando discutamos y pienses que todo se acaba.
Porque, si tú no quieres, esto nunca terminará.
Fui, soy y seré tuyo, para siempre.

Te quiero.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Illena.

Illena.
Mi princesa, mi hermosa hija del océano.
Quiero  que sepas que no te he olvidado, que mi mente no me ha permitido ocultar la mágica noche que pasé a tu lado, que la imagen de tu cuerpo resplandeciente a la luz del atardecer sigue vívida en mi interior.
Te encontré en la playa, a la orilla del mar, apenas cubierta por el agua y la espuma que llegaban a alcanzarte. No me viste al principio, y yo estaba demasiado sorprendido como para hablar, contemplando asombrado cómo balanceabas tranquila la cola de pez que sustituía a tus piernas.
Aún recuerdo la expresión de tu rostro cuando reparaste en mí. Me apenó reconocer el sobresalto en una faz tan hermosa, me entristeció vislumbrar el miedo en tus ojos azules y, por encima de todo, me derrumbó verte dar la vuelta y hundirte entre las olas, escapando de mí.
Grité, te llamé, corrí desesperado mar adentro hasta que mis pies dejaron de tocar la arena. No quería dejarte, no quería perderte, y ni siquiera te conocía. Durante el tiempo que estuve en el mar me imaginé nuestra boda, nuestra casa frente a la costa, nuestros hijos... ni siquiera reparé en tu cola de pez, eso me daba igual. Jamás me había sentido así, ni jamás lo he vuelto a experimentar.
Regresé desanimado y muerto de frío a la arena, y allí me quedé. Sencillamente, me negaba a darte por perdida, a convertirte en un fortuito instante más. Me senté en la orilla con la vista fija en el horizonte, hasta que me quedé dormido.
Me despertaron las gotas de agua cayendo de tu pelo, y lo primero que vi fue tu rostro sobre el mío, observándome curioso. Lo siguiente que recuerdo fue tu mano acariciando mi mejilla y, justo después, el roce de tus labios en los míos... creo que fue entonces cuando escuché tu nombre: Illena, mi hermosa ninfa del mar.
Puede que pasaran minutos, quizá horas... ¿quién sabe? Sólo puedo recordarte a ti, tendida sobre la espuma, con el cabello pegado a tu piel, sonriéndome entre beso y beso. Disfrutando del romance fugaz aquella noche de verano, iluminados por la luna y las estrellas.
Te marchaste al amanecer. Te fuiste sin una mirada, sin un adiós, sólo regalándome la vista de tu aleta ocultándose bajo el océano. Esa vez sabía que no volverías; que sólo habías vuelto para reglarme tu amor, pero que jamás volvería a verte.
Me marché a casa, a mi familia, a mi mundo que ahora me parecía vacío, pero prometí que no te olvidaría. Que jamás dejaría que mi mente te borrara, que mis labios nunca abandonarían el sabor de los tuyos, que siempre recordaría el tacto de tu piel en las noches solitarias.
Espero que tú también pienses en mí, Illena; a cada segundo, de vez en cuando, en realidad me da igual. Sólo deseo ocupar un rincón de tu mente, de tu corazón, mientras atraviesas nadando cada océano existente, mientras te abrazas a las rocas empapadas, mientras te recuestas en las playas mirando las horas pasar... Sólo deseo que me quieras, aunque sea un poco.

Que me quieras como yo te quiero a ti.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Primera cita.

Ya lleva quince minutos esperando, la gente le mira al pasar, seguramente preguntándose qué hará un adolescente encamisado apoyado a solas contra la barandilla del embarcadero.
Él también se lo pregunta, exactamente cada tres minutos, justo el tiempo que tarda en volver a mirar el reloj y darse cuenta de que no es Claudia la que llega tarde, sino que es él el que ha aparecido demasiado pronto.
Aún no entiende cómo ha conseguido esa cita con ella, ni siquiera recuerda dónde encontró el valor necesario para pedírsela. Sólo sabe que fue hace una semana, cuando sus amigos, hartos de escuchar hablar de ella a todas horas y no ver ninguna acción, le empujaron a sus brazos aprovechando que caminaba sola por el pasillo. Entonces las palabras surgieron de golpe, sin planearlas si quiera, y la sorpresa hizo que al principio Claudia no supiera ni qué responder.
Fueron los segundos más largos de la historia.
Al final, con una deslumbrante sonrisa, le dijo que sí, que encantada, que le dijera dónde y cuándo y estaría allí. Ella, con su color en las mejillas, con sus ojos color chocolate, con ese lunar tan gracioso en la nariz, con aquellos labios tan suaves… ella le dijo que sí. ¿Cómo lo ha logrado?, ¿cómo es posible que se haya fijado en él?, joder… aún no se lo cree, y eso que hoy es el día.
Ya van veinte minutos, en diez será la hora acordada. Ha venido demasiado pronto, sobre todo teniendo en cuenta lo impuntual que suele ser, pero los nervios han podido con él y no ha podido evitar salir volando de casa. El estómago se le cierra completamente, ahora mismo no podría comer nada y, de hecho, siente que va a vomitar. Jamás ha estado tan nervioso, es una sensación horrible, no sabe si moverse o quedarse quieto, sólo quiere que Claudia llegue y pase lo que tenga que pasar.
A los cinco minutos, su deseo se hace realidad, aunque su estómago no afloja el nudo. Está preciosa, con un sencillo vestido blanco de tirantes y sandalias en los pies; se ha dejado el pelo suelto, iluminado con cientos de reflejos arrancados por el sol de la tarde; mientras se acerca, le mira tímida, con una sonrisa en el rostro y la cabeza un poco baja. Al llegar a su altura le abraza y le da dos besos… madre, qué bien huele.
-          Hola, lo siento, ¿has esperado mucho?
-          No, no te preocupes – de pronto, su mente se queda en blanco, está demasiado ocupado mirándola como para pensar en qué decir, y los atronadores latidos de su corazón tampoco ayudan – esto…, yo…
-          ¿Quieres… quieres dar una vuelta? – ella también parece cortada, pero por lo menos le salen las palabras.
-          ¡Sí!, sí claro.
-          ¡Bien! ¿vamos?
Comienza a caminar a su lado, notando cómo la tensión le abandona poco a poco. Al final del embarcadero, una gaviota trata de cazar en la orilla, aunque no lo consigue, y los dos ríen. Ella le mira, con dulzura, como nunca pensó que le miraría, y todos los nervios que quedaban en su cuerpo se evaporan. Entonces vuelve a encontrar el valor: ese que le empujó a hablarla, a pedirle una cita, el mismo que ahora le impulsa a cogerle de la mano.
Ella se la aprieta, seguro que eso es buena señal.


miércoles, 10 de septiembre de 2014

Esposa del mar.

El sonido del mar le saluda mientras se acerca. Parece haberla deseado, parece haberla echado de menos con la nostalgia propia de los enamorados. A ella no sólo se lo parece, sabe que es así.
Desde hace años, comparten una relación prohibida. Nadie lo sabe, porque nadie lo comprendería. ¿Quién volvería a mirarla igual tras descubrir su secreto?, ¿quién querría hablar con ella, darle un trabajo?, ¿quién volvería a bañarse en el mar, sabiendo cómo la había conquistado?, la vida sería terrible para los dos, nadie debe enterarse.
Pero eso no les ha impedido nunca estar juntos. Su amor fue intenso, instantáneo, un flechazo a primera vista. Aún recuerda el día en que, recién llegada al pueblo, bajó a la arena de la playa  y cayó rendida ante el sonido y el brillante color del mar y supo, inmediatamente, que se había enamorado. Nunca había sentido nada igual por ningún ser humano, y durante esos dos años jamás lo ha vuelto a sentir. Siempre han estado destinados a ser el uno para el otro.
Eso mismo piensa ahora mientras, amparada en la oscuridad de la noche, se acerca a la orilla envuelta en un elegante vestido blanco. Su maquillaje es perfecto, lleva puesto el collar que su madre le ha prestado y unos discretos pendientes azules decoran sus orejas.
Parece una novia.

Sus pies tocan el agua helada, aunque ella la percibe tibia y acogedora, y avanza poco a poco hacia el horizonte, como si caminara por un pasillo nupcial. Su expresión es serena, segura, sabe perfectamente lo que está haciendo y no se arrepiente en absoluto. Dentro de poco, podrán estar juntos por toda la eternidad: sus almas quedarán unidas para siempre, y su cuerpo inerte descansará en la profundidad de las aguas, formando parte de él. No puede esperar ni un segundo más.
Cuando no puede seguir andando, empieza a nadar. El vestido empapado le pesa cada vez más, y moverse le cuesta mucho, pero no le importa, sólo es un último momento de esfuerzo antes de abandonarse por fin. Después de unos minutos, deja de bracear; debe de haber cientos de metros bajo ella y, con una sonrisa, se deja arrastrar hacia ellos. Mientras se hunde y el oxígeno abandona su cuerpo no siente miedo, ni inquietud; solamente paz y un inmenso amor… hasta que todo a su alrededor se oscurece.
Un instante después, se encuentra flotando sobre el océano. Libre y etérea, contempla cómo las olas llegan hasta la arena, cómo la espuma blanca decora el lecho azul, cómo las pequeñas gotas saltan rebeldes con cada embestida… nunca ha visto a su amado tan hermoso. Feliz, corre a abrazarlo, y deja maravillada que su espíritu se funda en él, le parece estar en un sueño.
Sabe que no volverá a ver a su familia, que lo pasarán mal, que seguramente jamás encontrarán su cuerpo, pero todo eso le da igual. Nada le importa, si el precio es estar por siempre con su enamorado.

Si es convertirse en la esposa del mar.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Bajo el cielo de París.

Es tarde, y las nubes se imponen amenazando tormenta. Casi todo el mundo está ya bajo techo, por la calle desierta sólo se ve a una pareja que camina abrazada. Ríen y juegan, empujándose hacia los lados, avanzando a trompicones, lentamente, pero no parece importarles.
Ella es la más risueña. Su vestido amarillo hondea mientras camina, bailando alrededor de sus piernas que se mueven ágilmente, a pesar de los altos tacones blancos a los que va subida. Lleva el pelo recogido en un moño desordenado, liberando algunos mechones negros que rozan traviesos su cuello. Los labios, entre los que asoman permanente sus dientes, brillan casi tanto como sus ojos. Esta noche está preciosa.
La sonrisa de él no es tan grande, pero sus ojos muestran tanta dulzura que ni siquiera se nota. Va muy arreglado, vestido de traje, con la camisa blanca por dentro de los pantalones y la corbata perfectamente anudada al cuello; no lleva puesta la americana, sin embargo, hace ya rato que se la ha prestado a ella. A pesar de todo, no parece tener frío, se le ve muy cómodo sin apartar la mirada de la muchacha, con el brazo rodeando sus hombros.
Han llegado a la Torre Eiffel, y se paran junto a ella. Es majestuosa, completamente iluminada para alzarse frente a la oscuridad de la noche, luciendo como una nueva estrella en la madrugada francesa. Mientras la contemplan, él la abraza por detrás y ella olvida por un instante el monumento para cerrar los ojos y disfrutar de la sensación de sus brazos rodeándola. De pronto, la amenaza de las nubes se cumple y comienza a llover, ella ríe y se quita la americana para colocarla sobre sus cabezas, provocando en él una carcajada.
Entonces, todo se para. Él deja de reír, ella le mira extrañada, pero la preocupación se esfuma en cuanto se inclina para besarla. Un beso suave, largo, sonriente, rebosante de amor; la chaqueta resguardándoles todavía de la lluvia y las manos del joven bajo la barbilla de ella. Es un momento único, irrepetible, que ninguno olvidará nunca. Un instante mágico bajo el cielo del amor.


jueves, 28 de agosto de 2014

Mi querido Gregory.

Querido Gregory:
Te escribo desde mi fortaleza, en medio de esta eterna oscuridad que me envuelve. Tú eres el culpable, el motivo de mi desgracia, pero también eres lo único que puede apaciguar mi desdicha.
Te echo de menos, con una intensidad que amenaza con empujarme a la locura. Cada golpe de viento, cada crujido en los árboles me trae tu nombre; veo tu rostro en cada rayo de luz que se cuela por mis ventanas, en cada llama en la chimenea, en cada espejo sumido en el letargo del eterno observador.
Eso es lo peor, recordarte frente al espejo. Cuando lo hago, este me devuelve una imagen horrible, la de mi propia culpabilidad. Me recuerda que soy la responsable de mi soledad, de mi tristeza, de que ya no estés aquí para abrazarme por las noches… me recuerda que yo soy el demonio que te alejó de mí.
Debí haberte entendido, debí haberte respetado. No podía soportar que te encerraras en tu estudio a trabajar, o que salieras sólo por los jardines intentando inspirarte. No quería compartirte con tus obras, te deseaba sólo para mí: tu sonrisa, tu atención, tus manos, tus ojos negros que parecen observarlo todo… no estaba dispuesta a compartirlos con nadie, aunque no fueran más que unas inocentes formas plasmadas sobre el lienzo.
Lo siento muchísimo, fui cruel y entiendo que te fueras. Comprendo que un aciago día te marcharas con tus cosas a la ciudad, escapando de las garras en las que se habían convertido estas manos, huyendo de mis cadenas que te hacían daño y se clavaban en tu piel. Lo siento mucho; me duele, pero lo entiendo.
He escuchado que has encontrado la fama y un nuevo amor, que ahora hay otra mujer en tu vida. Seguro que es más hermosa; que sus abrazos son más dulces; que su pelo es más suave que el mío, ahora crespo; seguro que ella es mejor.
Espero que seas feliz, mi amor. Espero que vuestra casa sea luminosa, que en ella no reine la oscuridad; que vuestro jardín sea verde y lleno de vida, no como el mío, seco y triste; espero que vuestros hijos crezcan bellos y fuertes, no como los fantasmas de nuestros niños, que vivirán por siempre en mi imaginación.
Disfruta tu vida. Vive, crece y cumple tus sueños. Yo estaré aquí, recordándote mientras el polvo invade las ventanas y el suelo cruje bajo mis pies; mientras contemplo tus pinturas olvidadas, que se burlan sin piedad de mí; mientras escribo esta carta que jamás recibirás.
Te quiero, Gregory.
Siempre tuya.
Jeannette.




miércoles, 27 de agosto de 2014

La chica del corte.

El siguiente escrito es una "precuela" de "Su rincón" (podéis leerlo aquí ). En él, cuento cómo se conocen los protagonistas de dicho relato.

El sonido de las olas es el mejor del mundo.
Sentado en las rocas acumuladas junto al acantilado, cerró los ojos y se dejó llevar por esa extraña melodía; era envolvente, relajante y, sobre todo, especial. No existía nada igual en el planeta, de eso estaba convencido, nada podía compararse al mar. Una ligera brisa le traía el olor a sal y humedad del océano, aunque también le colocaba sobre el rostro los largos mechones castaños que ya le llegaban a la barbilla.
Tenía que cortarse el pelo, algún día.
En la pequeña playa no había nadie, nunca lo había, por eso le gustaba tanto. La entrada estaba tan escondida y era tan complicada que, si alguien llegaba a encontrarla, nunca se animaba a bajar. Él la había descubierto una tarde de hacía años cuando, aburrido, salió con sus viejas zapatillas a buscar un lugar que no hubiera visto antes. Desde entonces se lo había contado a algunos amigos, pero nunca llegaban a bajar. No le importaba, en realidad, le gustaba que fuera su rincón.
El sonido de una piedra resbalando por la pendiente le hizo volverse, sobresaltado. Allí, al otro lado de la cala, descubrió a una chica bajando por el montículo de rocas que conducían a la arena. Caminaba despacio, de lado, cuidando dónde ponía los pies, pero las chanclas que llevaba no le ayudaban en absoluto. Con esos zapatos, se iba a matar.
Justo en ese momento, como si lo hubiera invocado, ella resbaló y cayó al suelo a pocos centímetros del suelo. La caída no parecía grave, pero su expresión de dolor le hizo reaccionar; bajó las rocas tan rápido como pudo y se le acercó corriendo.
-          ¿Estás bien?
Durante el segundo en que le miró, pudo ver la sorpresa en sus ojos.
-          Me he cortado – una fina herida, que nacía en su talón para terminar sobre su tobillo, brillaba sobre su piel – y me duele un poco el cuerpo, pero creo que estoy bien.
-          Está sangrando, aunque no parece profunda. El agua frenará la hemorragia, ¿puedes caminar?
Ella se levantó y dio un paso, pero no llegó más allá. El dolor reflejado en su rostro respondió su pregunta.
-          Creo que me he torcido el tobillo.
-          Espera – pese a su determinación, dudó un poco al colocar el brazo junto a sus rodillas, le preguntó con la mirada y ella asintió – te llevaré hasta ahí.
La cargó hasta la orilla y el posó con cuidado en el agua. Apoyándose en él, la chica se las ingenió para sumergir toda la herida.
-          Gracias. Me llamo Beatriz.
-          Soy Roberto.
-          Encantada – su sonrisa le pareció encantadora - ¿y mi chancla? – se volvió como pudo, ligeramente preocupada.
-          No te preocupes, aquí nunca viene nadie. De hecho, tú eres la primera persona que veo aquí, y menos en sandalias.
-          Lo sé, no es lo mejor para bajar por unas rocas resbaladizas– bajó la mirada – es que tenía muchas ganas de explorar.
-          ¿Siempre exploras así?
-          No pensaba caminar mucho, ¿vale? - el comentario podría haber parecido cortante, pero su risa le dio el efecto contrario.
-          Comprendo.
Centraron su atención en la herida, mejorada bajo la influencia del mar; cuando consiguieron que dejara de sangrar comprobaron que, efectivamente, era de todo menos profunda.
-          Me ha sorprendido encontrarte, pensaba que esto estaba desierto.
-          Ya, suele estarlo.
-          Es una pena, este sitio es precioso.
-          Lo cierto es que no me importa, es parte de su encanto.
-          Un chico solitario, ¿eh?
-          No demasiado, en realidad – aclaró, con la sombra de una risa en los labios – simplemente, me gusta ser una de las pocas personas que conocen esta playa. Es… como si fuera un tesoro, no sé si me explico – se miró las manos, sin palabras.
-          Te explicas, es precioso.
-          Gracias.
Pasaron una hora allí, dejando que la orilla bañara sus pies. Beatriz era hija de unos de los concejales, y vivía en la mejor zona del pueblo; él no solía ir por allí, ni conocía a mucha gente que lo hiciera. Sin embargo, le sorprendió descubrir la cantidad de cosas que tenían en común.
-          Me caes bien – reconoció, recostándose sobre la arena.
-          Gracias – respondió riendo, como si le hiciera gracia la observación – y tú a mí – de pronto, pareció recordar algo y se volvió hacia su reloj - ¡madre mía!, ¡se me ha hecho tarde! Lo siento mucho… tengo que irme.
-          Claro, no pasa nada – le tendió una mano - ¿cómo está el tobillo?, ¿ ya puedes caminar?
Apoyó el pie y dio un par de pasos antes de responder.
-          Sí, está perfecto.
Al llegar a las rocas, ella se descalzó.
-          Muy inteligente.
-          La próxima vez que venga, me pondré botas de montaña.
-          Menuda exagerada, yo creo que con unos tacones vas sobrada.
-          Calla, no me gustan los tacones.
A pesar de estar en medio de la escalada, frenó en seco y se volvió hacia ella, exagerando la sorpresa en su rostro.
-          No puede ser, ¿de qué planeta vienes tú?
-          ¡Es verdad! No se me da bien andar con ellos, me parecen incómodos, suelo evitarlos siempre que es posible.
-          ¿Alguna vez es imposible?
-          Créeme, sí – lo dijo suspirando, con la voz cargada de resignación, le hizo reír.
Cuando pisaron la calle, no les quedó más remedio que despedirse.
-          Bueno, encantada de nuevo, Roberto.
-          Igualmente, ¿piensas volver?
-          Por supuesto, pero sin nada con lo que pueda despeñarme. Nos veremos, entonces, ¿no?
-          Claro.
Sonriendo, se despidió con la mano y le dio la espalda. Antes de girarse, se entretuvo un momento contemplando cómo su pelo se balanceaba al caminar, la verdad es que era guapísima.

Sólo cuando abrió la puerta de su casa, se dio cuenta de que no le había pedido su teléfono. Resignado, se encogió de hombros, esperando que de verdad volviera a aparecer.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Fuego y agua, ellos.

Ellos, dos almas enamoradas.
Ellos, dos fuerzas enfrentadas.
Ellos, que no pueden dejar de quererse, pero tampoco de atacarse.
Las dos caras de una moneda, que se complementan aunque no puedan mirarse a la cara. Imanes de cargas opuestas, que se atraen a pesar de todo.
Fuego y agua, día y noche, luz y oscuridad.
El uno sin el otro no son nada, pero juntos forman un arma que sólo se hace daño a sí misma.
Sólo ellos saben lo que duele, sólo ellos entienden cuánto se quieren.
Nadie comprende su amor. Nadie ve el cariño que esconden las discusiones, los portazos y las lágrimas.
A menudo, ellos tampoco.
Pero se miran a los ojos, y todo lo demás se esfuma.
Estar juntos duele, marchita y agota. Estar separados no es mejor.
Entonces, ¿son felices? Quién sabe, quizá la felicidad no exista para ellos.
Quizá si existe, pero no es como la del resto.
Se necesitan, se hacen sufrir.
Se desean, se repelen.
Fuego y agua, día y noche, luz y oscuridad.
Ellos.



viernes, 1 de agosto de 2014

Bailando.

La música surge de los altavoces y juega en el espacio antes de venir a fundirse en mis oídos. Es extraño porque, aunque soy capaz de percibir eso, no sé cómo se llama la canción, ni qué estilo es, ni cuánto tiempo lleva sonando. Lo único que mi mente es capaz de procesar es la mano de Bruno apoyada en mi espalda y su respiración acariciando mi hombro mientras bailamos sin parar.
Le he conocido hoy, antes no sabía ni que existía, y no sé cómo he podido estar tanto tiempo sin saberlo. En cuanto ha llegado me ha pedido bailar y sólo me he dado cuenta de haber aceptado cuando ya estaba entre sus brazos, es un hombre realmente hipnótico, no creo que nadie le haya dicho nunca que no.
Aleja el rostro para mirarme, pero me mantiene pegada a él, sin mover su mano de mi espalda. Sus ojos son oscuros, profundos y cálidos, y examinan mi rostro antes de sonreír y darme una vuelta. Es increíble cómo se mueve, me lleva por la pista con seguridad y yo sólo tengo que dejarme llevar, como el agua que discurre por el cauce. De hecho, ahora me siento así, totalmente ligera, casi no puedo creer que tenga algo tan ortopédico como unas piernas.
Me abraza de nuevo y vuelvo a notar cómo su barba incipiente acaricia mi mandíbula. Me encuentro segura en la pequeña jaula que forma su cuerpo, sintiendo el calor que atraviesa su camisa y su mano firme sosteniendo la mía. Todo él es magia y pasión que me envuelven y me encierran con delicadeza en una pequeña burbuja en la que sólo estamos nosotros. Jamás en mi vida me he sentido así.
-        - Estás cansada? ¿Quieres sentarte un poco? – la canción ha terminado y se ha separado un poco de mí, dejándome a merced del exterior que me ataca sin piedad.
-         - No, para nada.
Se acerca sonriendo y sus labios, que saben a canela y café, rozan los míos provocando un contacto que aplaca todos mis sentidos. Cuando los recupero él me mira a los ojos y nuestras respiraciones se mezclan en el estrecho espacio que dejan nuestras bocas.
Una nueva canción empieza, completando el hechizo. Volvemos a bailar.


martes, 29 de julio de 2014

Ciudad de gatos.

Como cada noche, la veo pasar bajo mi ventana. Fría y misteriosa, se desliza por las calles infestadas de la luz leve de las farolas que parpadean humildes a su paso y que, día tras día, iluminan el barrio de esta ciudad, esta ciudad de gatos.
Ella, la gata más bella de este lugar, se llama Alexia.
Y a pesar de que estoy loco por ella, ya es mucho que sepa su nombre.


domingo, 8 de junio de 2014

Entonces, llegó él.

Y entonces, llegó él.
Justo donde no estabas mirando, precisamente cuando habías olvidado esa apremiante necesidad de volverte a enamorar. De pronto, un día, notaste que algo no estaba igual, que esa aparente neutralidad en la que vivías se había resquebrajado y, poco a poco, se hacía tan evidente que ya no podías negarlo a nadie.
Justo en el momento en que pensabas que en tu vida sólo había amigos o enemigos, él se alzó sobre todos, diferenciándose de los demás en tantos aspectos que ni siquiera podías identificarlos. Nadie te soportaba como él, a nadie le contabas tantas cosas sobre ti, hacía mucho que no confiabas tanto en una persona, quizá nunca habías estado tan tranquila y en paz con nadie, podías afirmar con certeza que a su lado eras feliz.
Y por eso, supiste que te habías enamorado.
Por si fuera poco, no tardaste mucho en avanzar y en poder demostrarle tu amor todos los días, a todas horas. Así pasaron días, semanas y meses. Sí, meses, eso que jamás pensaste en cumplir con un chico. Y entonces fue cuando descubriste que él se alzaba, además, sobre todos los que habían estado en tu vida antes que él. Todos. Desde esa anécdota insignificante hasta aquel que tantos problemas había causado.
Ninguno te había demostrado tanto como él; ninguno te había querido tanto; ninguno había sido tu compañero; ninguno había estado todos los días a tu lado, intentando sacarte una sonrisa por muy insoportable que estuvieras; ninguno te merecía tanto; nunca habías querido a ninguno tanto como a él.
Justo cuando no te lo esperabas, cuando habías decidido ignorar a los hombres, cuando habías renunciado, cuando pensabas que nunca volverías a amar.

Justo entonces, llegó él.