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viernes, 4 de marzo de 2016

La canción de Inés.

Tan sólo han pasado cuatro meses desde que mi hermana murió, pero ya parece una eternidad.
No sé por qué al resto del mundo no se lo parece, no entiendo por qué a mis padres se les ha pasado el tiempo volando o por qué mi abuela casi podría afirmar que fue ayer. No entiendo por qué yo soy diferente.
Bueno, quizá se por la culpa. La mañana que ocurrió yo debía haber estado con ella: mis pdres salieron y me encargaron vigilarla. Sólo tenía seis años, aún era una cría, pero yo pensé que no ocurriría nada por no pasar todo el día detrás de ella y me quedé dormido. Fueron sólo veinte minutos, lo tenía controlado, creí que todo estaría bien.
Yo tengo la culpa.
Inés salió al jardín mientras dormía, aburrida, y supongo que se puso a jugar cerca de la piscina. Se cayó dentro y, por algún motivo que no comprendo, no logró salir a la superficie. Mi hermana se ahogó mientras yo dormía, seguramente pensando en nuestra canción, en la nana que siempre le cantaba.
Con la que le decía que todo iría bien, con la que le decía que estaría segura.
Soy un ser horrible, sólo yo tengo la culpa.
Debo de estar volviéndome loco, no es posible que esté escuchando en mi cabeza la voz de Inés entonando la nana.
Aunque la otra posibilidad es mucho peor. Prestando atención es obvio que el sonido viene de mi habitación.
No quiero entrar, tengo demasiado miedo para hacerlo, pero mis piernas me dirigen hacia allí sin plantearse obedecer a mis deseos. La puerta cerrada prácticamente se abre sola bajo la débil presión de mis dedos.
El suelo está encharcado, y produzco un leve chapoteo al entrar mientras la voz de la niña dirige mi atención hacia la cama.
Ella está sentada encima, dándome la espalda. Las gotas de agua resbalan por sus rizos empapados y caen sobre las sábanas, creando un charco enorme en el colchón, no para de cantar.

¿Inés?

jueves, 27 de noviembre de 2014

Medium.

Puedo ver a los muertos.
Nunca se lo he dicho a nadie, porque no me creerían, con el paso del tiempo he aprendido que la gente no entiende lo que hago. Los muertos les dan miedo, porque piensan que son crueles y peligrosos.
Pero no es así.
Son agradables, simpáticos, pero la mayoría están muy tristes. Desde que mueren vagan solos, sin otra cosa que hacer más que contemplar el mundo que se desarrolla a su alrededor y soñar con alguien con quien por fin puedan hablar.
Yo soy ese alguien y, cuando me encuentran, se alegran muchísimo. Muchos de ellos llevan siglos solos y tienen cientos de historias interesantes que contarme. A mí no me importa escucharlas, me encanta conocer historias y gente nueva... aunque esté muerta.
La verdad es que no tengo muchos amigos vivos. La gente de mi edad suele pensar que soy rara y a menudo el brillo de mis ojos, que parece de estrellas, les resulta demasiado extraño y se alejan de mí. Pero yo estoy bien, soy feliz en mi universo lleno de cosas que nunca se mantienen igual. Me gustan los cambios, hacen la vida interesante, y me gusta la gente con la que estoy, aunque los demás no puedan verla.

Lo importante es que yo sí, y no me arrepiento de ello.



Siento haber tardado tanto en escribir algo más o menos decente, pero comienzan los exámenes y no tengo otro remedio que montarme intensivos de estudio, lo siento. Os quiero.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Esposa del mar.

El sonido del mar le saluda mientras se acerca. Parece haberla deseado, parece haberla echado de menos con la nostalgia propia de los enamorados. A ella no sólo se lo parece, sabe que es así.
Desde hace años, comparten una relación prohibida. Nadie lo sabe, porque nadie lo comprendería. ¿Quién volvería a mirarla igual tras descubrir su secreto?, ¿quién querría hablar con ella, darle un trabajo?, ¿quién volvería a bañarse en el mar, sabiendo cómo la había conquistado?, la vida sería terrible para los dos, nadie debe enterarse.
Pero eso no les ha impedido nunca estar juntos. Su amor fue intenso, instantáneo, un flechazo a primera vista. Aún recuerda el día en que, recién llegada al pueblo, bajó a la arena de la playa  y cayó rendida ante el sonido y el brillante color del mar y supo, inmediatamente, que se había enamorado. Nunca había sentido nada igual por ningún ser humano, y durante esos dos años jamás lo ha vuelto a sentir. Siempre han estado destinados a ser el uno para el otro.
Eso mismo piensa ahora mientras, amparada en la oscuridad de la noche, se acerca a la orilla envuelta en un elegante vestido blanco. Su maquillaje es perfecto, lleva puesto el collar que su madre le ha prestado y unos discretos pendientes azules decoran sus orejas.
Parece una novia.

Sus pies tocan el agua helada, aunque ella la percibe tibia y acogedora, y avanza poco a poco hacia el horizonte, como si caminara por un pasillo nupcial. Su expresión es serena, segura, sabe perfectamente lo que está haciendo y no se arrepiente en absoluto. Dentro de poco, podrán estar juntos por toda la eternidad: sus almas quedarán unidas para siempre, y su cuerpo inerte descansará en la profundidad de las aguas, formando parte de él. No puede esperar ni un segundo más.
Cuando no puede seguir andando, empieza a nadar. El vestido empapado le pesa cada vez más, y moverse le cuesta mucho, pero no le importa, sólo es un último momento de esfuerzo antes de abandonarse por fin. Después de unos minutos, deja de bracear; debe de haber cientos de metros bajo ella y, con una sonrisa, se deja arrastrar hacia ellos. Mientras se hunde y el oxígeno abandona su cuerpo no siente miedo, ni inquietud; solamente paz y un inmenso amor… hasta que todo a su alrededor se oscurece.
Un instante después, se encuentra flotando sobre el océano. Libre y etérea, contempla cómo las olas llegan hasta la arena, cómo la espuma blanca decora el lecho azul, cómo las pequeñas gotas saltan rebeldes con cada embestida… nunca ha visto a su amado tan hermoso. Feliz, corre a abrazarlo, y deja maravillada que su espíritu se funda en él, le parece estar en un sueño.
Sabe que no volverá a ver a su familia, que lo pasarán mal, que seguramente jamás encontrarán su cuerpo, pero todo eso le da igual. Nada le importa, si el precio es estar por siempre con su enamorado.

Si es convertirse en la esposa del mar.

viernes, 23 de mayo de 2014

Amor veneciano.

Sentado en el puente, espera a su amada.
Lleva esperando a su bella Stella años, decenas de años, cientos de ellos. Pacientemente aguarda ver su blanca piel, su cabello cobrizo, sus ojos claros cruzando la esquina en una góndola, pero tarda en aparecer.
A él no le importa, sin embargo, y desde que acudió al puente no se ha movido jamás, ni una sola vez. Ni cuando la gente intentaba arrastrarle bajo un techo, ni cuando le rogaban para que se fuera con ellos a comer algo, ni cuando intentaban convencerle de que la muchacha no
iba a aparecer. Nunca.
Y entonces, un día cualquiera, dejaron de molestarle.
Desde entonces, está mucho mejor. No siente hambre, ni frío, ni cansancio, y puede dedicarse por completo a su amor por Stella para que la distancia no lo destruya. Y, cuando ella aparezca, podrán casarse y estar juntos por siempre, como planearon hace tantos años, enfrentándose así al padre cruel y el prometido posesivo de ella.
La noche ha caído en Venecia, el agua del canal se torna oscura y amenazante. Sus ánimos decaen un poco, como cada atardecer. A Stella no le gusta viajar de noche, hay demasiados bandidos y malhechores rondando en las esquinas, así que seguramente su espera no merezca la pena hasta mañana.
Decepcionado, da media vuelta y empieza a pasear por el puente, no quiere ver el agua, se le hace demasiado insoportable. Sin embargo, algo le hace cambiar de idea. Un sonido se extiende por el callejón: Parece una góndola, pero el ruido es demasiado ligero, mucho más suave de lo normal. Le llama mucho la atención, y se vuelve hacia el objeto que lo está causando.
Y entonces, la ve. Es ella, avanzando lentamente en una góndola conducida por su más fiel trabajador. Ambos presentan un aspecto horrible, moratones y algunas heridas decoran sus rostros, pero él la sigue viendo hermosa y una luminosa sonrisa llena de alegría ilumina sus rostros.
El hombre frena al tiempo que el muchacho baja corriendo las escaleras y se sienta con Stella, sorprendiéndola con un largo beso que ambos llevaban esperando demasiado tiempo.
La góndola pasa por debajo del puente y se aleja transportando a la pareja. Ríen, son felices, les ha  costado mucho, pero al fin están juntos.

Para siempre.

lunes, 17 de marzo de 2014

La condenada del lago.

El lago es manipulador, cruel y mentiroso.
Parece luminoso y apacible; el ganado pasta a su alrededor; su superficie es tranquila y plana, igual que el cristal.
Pero bajo ella esconde secretos terribles, historias oscuras que nadie quiere saber ni recordar: monstruos, navíos enteros y profundas grietas en las que te adentras para no volver.
Bajo su superficie, la esconde a ella.
Está atrapada por barro, maderas y algas. Vive en el fondo, con la vista siempre hacia arriba, tratando de volver a ver su adorada tierra firme.
Pero no le gustan los que habitan en él, odia a la gente, a toda. Lleva mucho tiempo enterrada en su tumba acuática y nadie ha venido a buscarla aún; nadie se ha preocupado por ella; nadie la quiere allí.
Y si ellos no la quieren, ella no les quiere a ellos.
Cuando se sumerjan en su agua, les arrastrará hacia el fondo, para que queden atrapados igual que ella.
Se lo merecen, ellos se lo han buscado.
Pero nadie aparece, ninguna víctima asoma a su vista. Y ella está cansada, muy cansada.
A cada día que pasa, se enfada más. No puede soportar la espera. Cada vez que piensa en toda esa gente, con sus vidas y su felicidad ajena a su existencia, les odia más, les odia a todos, por igual, nadie merece su misericordia ni su comprensión.
Quien pague, pagará por todos.
Aunque le moleste, continuará a la espera y en guardia, para que su venganza llegue lo antes posible.
Y cuando llegue, será terrible.
Sonríe, con sus dientes carcomidos y verdes como las algas. Sus ojos brillan maliciosos mientras se esconde en la oscuridad.

Protegida por la superficie del lago, su mejor amigo, que manipula y miente, que oculta su existencia a los ojos de los demás.



jueves, 29 de agosto de 2013

Mireya.

Llegó a casa, otra tarde más, sin ganas de nada.
Con los ojos teñidos de rojo y las mejillas empapadas por las lágrimas arrojó la mochila sobre la cama con todo el odio del que fue capaz, como si ella tuviera la culpa de su pesar.
Ella no tenía la culpa de nada. Su mochila no le había hecho daño nunca -cosa de la que podían enorgullecerse muy pocos- pero recibía todos los golpes que el pobre Raúl deseaba dar para defenderse aunque nunca lograba asestar.
Era pequeño para su edad y bastante flacucho. Frente a los niños de su clase, que le sacaban una cabeza y cuyos brazos comenzaba a adquirir un grosor considerable él, con su baja estatura y sus bracitos delgados, se sentía débil y pequeño. Los chavales lo sabían y se aprovechaban de ello para divertirse en los descansos y recreos mediante todo tipo de procedimientos crueles que desgastaban a Raúl cada vez un poco más.
Desde el curso pasado cada día era igual: llegaba al colegio y sus compañeros, sin perder un minuto, comenzaban a poner en práctica su arsenal, cada día más variado, de burlas y golpes que "por lo menos" nunca dejaban marca. Después de siete horas intentando pasar lo más desapercibido posible volvía a su casa donde nunca había nadie. Comía solo y por la tarde pasaba el tiempo estudiando, viendo la tele o jugando con sus videojuegos, pero siempre en solitario. Sus padres pasaban el día trabajando y regresaban tarde a casa, entrada la noche. Durante las pocas horas que pasaban juntos no solían hablar de cosas importantes y Raúl nunca se había atrevido a contarles su problema no por falta de confianza, sino por vergüenza ante el hecho de que sus padres supieran que su hijo era el "pringado" con el que todos podían en clase.
Sin embargo existía un pequeño pero gran detalle que en los últimos meses había marcado la diferencia en su rutina. Ese acontecimiento, desde que sucedió por primera vez, se había convertido en prácticamente lo único bueno que le sucedía a Raúl cada día. El pequeño no era consciente de ello, pero se había estado acercando cada día un poco más al límite en el que las personas pasan a cometer las denominadas "locuras" hasta que ese buen día se encerró en el baño.
Era Septiembre y el nuevo curso acababa de empezar. Ese día Raúl regresó, llorando y abatido, tras descubrir que las malas intenciones y la crueldad de sus compañeros no se habían derretido con el calor del verano al igual que los helados que constantemente veía venderse en las calles.
Cuando cruzó el umbral del vestíbulo esperaba encontrarse la casa vacía como de costumbre pero no era así: su madre llevaba encontrándose mal toda la mañana y al mediodía había tomado la decisión de pasar el resto del día en cama. Nada mas oír su voz se sintió acorralado. No quería que su madre le viera en ese estado, con lágrimas en los ojos y cara triste, porque entonces se preocuparía y le preguntaría que le pasaba y el tendría que confesarle que su hijo o era más que un pobre pardillo sin fuerzas para enfrentarse a sus compañeros de clase.
De modo que corrió al baño con la intención de llorar las últimas las últimas lágrimas y limpiarse la cara para poder encontrarse con su madre. Delante del espejo lloró desconsolado algunos minutos miró el cristal para examinar su reflejo.
Pero no lo encontró.
Quien le devolvía la mirada no era él, sino una niña que jamás había visto.
Paralizado, no fue capaz de moverse para huir ni de emitir algún sonido para gritar. Sencillamente se quedó allí, de pie frente al espejo, moviendo los brazos para ver si ella imitaba sus movimientos obteniendo como respuesta solamente una expresión extrañada y un saludo con la mano por parte de la pequeña.
Parecía dulce, demasiado como para ser una de esas niñas fantasmas que movían cuchillos, gritaban sin motivo y aparecían en la mayoría de historias de miedo que Raúl conocía así que probó a hablar con ella. Le preguntó su nombre y por qué estaba allí y ella le respondió. No hablaba, sólo movía el dedo frente a ella, como si escribiera en el aire, y la respuesta aparecía clara en el espejo antes de desvanecerse.
Se llamaba Mireya, y estaba allí para ser su amiga.
A pesar de todo, a Raúl le gustó la respuesta. No sabía qué estaba pasando ni cómo había llegado aquella extraña niña allí pero la parte de él que le aconsejaba asustarse se vio superada por la palabra "amiga" escrita en el espejo.
Desde entonces hasta aquel día habían transcurrido ya cerca de dos meses. Dos meses durante los cuales había visitado tantas veces a Mireya que era incapaz de contar cuantas, y ese día era perfecto para engrosar la lista un poco más.
Después de arrojar la mochila se quitó el uniforme -no podía esperar a ver a su amiga, pero su madre se ponía histérica si le veía aún con el uniforme cuando llegaba a casa- y se puso su chándal favorito. Corriendo, se metió en el baño y tras asegurarse de que el cerrojo estaba bien echado se volvió al espejo y susurró su nombre.
- Mireya...
Pasaron un segundo, dos, tres y entonces la silueta de la niña comenzó a dibujarse. Lo último que se hizo visible fue su rostro, en el que lucía una amable sonrisa.
Él se la devolvió, feliz de verla de nuevo.




sábado, 3 de agosto de 2013

Eternamente.

El parque lleva cerrado años, se cae a pedazos y se oxida mientras la gente del pequeño pueblo junto a la costa se olvida de él. Ni siquiera los padres de los niños que hoy juegan en el paseo marítimo y en las calles protegidas por pintorescas casitas blancas pueden decir que alguna vez hayan subido y bajado en su montaña rusa, gritado en la casa del terror o devorado algodón de azúcar y manzanas de caramelo en su tienda de golosinas. Sólo algunos ancianos de la zona pueden rememorar estas cosas, y no son muchos, tanto tiempo hace que el sitio se cerró.
Nadie sabe porqué el pequeño parque de atracciones echó la llave a sus puertas un buen día de otoño, los que lo sabían ya no están y se llevaron con ellos el secreto: tal vez ya no daba rentabilidad; tal vez los ingresos no crecían lo suficiente en verano y se esfumaban muy rápido en invierno. Que importa ya.  Cuando la noticia se difundió unos niños ni se inmutaron, otros se resignaron a perder su entretenimiento de los Domingos y otros, unos pocos, cogieron pataletas y enfados monumentales que duraron semanas. Pero todo eso está olvidado y los pueblerinos ya no es que no quieran hablar de él, es que ni piensan en ello.
Mientras, en el interior del pequeño parque todo está abandonado y luce en extraño color óxido en cada  rincón: a la montaña se le han caído tablones; la la casa del terror se le ha caído la "t" y la "c" se ha soltado por arriba y ahora parece un luna creciente; las ventanas de la tienda están sucias y a la noria le crujen los asientos cuando sopla el viento.
Sin embargo, por encima de todo esto, de la tristeza y el abandono, flota un ambiente especial. Un aire de alegría y felicidad que parecen sentir todas las desvencijadas atracciones y que se dirige y se hace más fuerte en el centro del recinto. El mismo tiovivo que en su día fue el símbolo del parque y que, a pesar del paso de los años y de sus eternos inviernos que desgastan y oprimen sigue hoy luciendo todo su color, todo el brillo y la misma elegancia de la que hizo gala tantos años atrás, un buen día de otoño en el que las enormes puertas de hierro que lo guardan se cerraron con llave tras un último pequeño.
Ese tiovivo contrasta con todo lo demás: con la montaña oxidada y la noria crujiente; con la "t" errante y los cristales sucios. Y es ese tiovivo el que cada noche, cuando el pueblo se ha ido a dormir y nadie pasa cerca, se pone en marcha e ilumina con sus cientos de luces de colores los rostros de los espíritus infantiles de aquellos que tanto quisieron al parque y que tanto le adoraron a él, los mismos que rabietas tan fuertes cogieron en su momento y que hoy suben y bajan felices y risueños en sus caballos multicolor mientras saludan con la mano a los amigos que esperan abajo, a la montaña rusa, la tienda de chucherías y todas las atracciones que jamás se cansan de contemplarles sonrientes e inocentes como antaño, felices de encontrarse allí.
Por que, para ellos, su querido parque no cerró por siempre.


lunes, 8 de julio de 2013

Amiga imaginaria.

Contempló un nuevo amanecer desde la ventana de su vieja habitación. La que había sido su habitación, en realidad, porque desde que chocó con aquel coche y su cuerpo cerró los ojos para siempre hace quince años ese cuarto había sido de muchos niños... aunque eso a Alicia no le importaba, le gustaba compartir.
Le gustaba mucho que viniesen nuevas familias a casa, de repente un día una nueva familia llegaba y se quedaba a vivir. El hogar se llenaba de vida y ya no estaba tan silencioso y oscuro... le asusta mucho la oscuridad.
Pero lo mejor de todo, más que la vitalidad que adquiría la casa, la novedad de una nueva familia y lo entretenido que resultaba observarla y conocerla (los días en los que la casa estaba vacía se le antojaban eternos sin hacer nada) era conocer a nuevos niños: cada familia traía nuevos niños, nuevos amigos con los que jugar y nuevas cosas que hacer y aprender... a Alicia le encantaba conocerlos, pero a veces ellos no se alegraban de verla.
Ya le había pasado muchas veces, nada más verla los chicos se asustaban, se ponían blancos y corrían llorando a buscar a sus padres sin dar tiempo a la niña a presentarse. Más tarde, volvían acompañados de los adultos y, aunque ellos no podían ni verla ni oírla, se asustaban igual que sus hijos, salían de allí y al día siguiente ya se habían marchado a otro lugar.
También había otros niños, mucho más simpáticos que los anteriores, que cuando la veían por primera vez, a pesar de asustarse un poquito, la dejaban presentarse y no salían corriendo a buscar a sus padres. En lugar de eso se quedaban hablando con ella y así pasaban los días siguientes: jugaban; se hacían amigos y se contaban historias, cada amigo tenía historias y cuentos diferentes que enseñarla y a todos les interesaban mucho las historias que Alicia les contaba.
Todo iba bien hasta que un día los padres descubrían a sus nuevos amigos hablando con ella y, como nunca podían verla, se creían que sus hijos hablaban solos y se pasaban semanas castigándolos, llevándoles a señores raros que les hacían preguntas extrañas sobre sus amigos y sus padres y trayendo a casa a otros señores aún más curiosos que entraban en su cuarto y comenzaban a llamarla con los ojos en blanco aunque al igual que los padres eran incapaces de notar su presencia, una vez vino uno vestido de negro que se pasó dos horas diciendo palabras raras y echando agua por todo el suelo, pero Alicia nunca llegó a saber de qué le sirvió regar su habitación.
El caso era que, después de todas estas cosas que a ella le hacían tanta gracia (especialmente los señores que empezaban a llamarla como tontos), una noche sus amigos venían con lágrimas en los ojos y le decían que se iban a marchar a otra casa. Efectivamente, a los dos días la pobre niña se había quedado sin nadie con quien jugar.
Aunque nunca lo ha entendido, así ha sido una y otra vez desde que chocó contra el coche y sus padres vendieron la casa tras un año de llantos y tristeza sin poder verla ni sentirla, a pesar de que Alicia nunca se cansó de contactar de nuevo con ellos, de hacerles ver que seguía allí sentándose con ellos cada mañana a desayunar y acostándose a su lado cuando tenía miedo o les veía tristes.
Se abrió la puerta de la casa y escuchó cómo una nueva familia volvía a entrar, se le iluminó la cara esperando nerviosa escuchar las voces de nuevos niños que no se hicieron esperar: una, dos... y tres, ¡tres voces diferentes! ¡tres nuevos amigos! pero a lo mejor estos eran de los antipáticos...
No se atrevió a salir de su habitación, nunca lo hacía, le daba mucha vergüenza salir a buscar a los nuevos inquilinos, mejor esperar a que vinieran ellos. De todos modos nadie, ya fuera simpático o borde, tardaba en venir y Alicia pronto escuchó cómo los tres niños subían las escaleras y se paraban frente a la puerta. Más nerviosa aún si cabe, se sentó en el borde de la cama y, sin darse cuenta, empezó a balancear los pies mientras aguardaba a que abrieran la puerta.
Los tres niños: una chica un poco mayor que ella, una niña de su edad y un pqueño que no pasaba de los tres años se quedaron helados por un momento en el umbral de la puerta. Sin embargo, cuando la mayor iba a echar a correr como hacían los antipáticos su hermana la cogió de la mano y con una tímida sonrisa dio un paso al frente:
- Hola...
- Hola... me llamo Alicia.