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domingo, 14 de mayo de 2017

Escena: Wave's rythm.

Hace unas semanas se me ocurrió hacerme un tablero en Pinterest de temática surfera/veraneo/playa/loqueestainocenteimaginaqueesCalifornia. Está en privado porque de momento es pequeñito y no me siento con ganas de compartirlo al mundo, dado que siento que podría contarme miles de historias. 
De momento, me ha inspirado esta escena, por lo menos la primera mitad de ella. Desde hace días vivían en mi cabeza dos chicos tumbados plácidamente en una casita soleada cercana a la playa, y finalmente los he reflejado en un papel. El resto de la mini-trama vino sola.


Escuchó el sonido errático de las gaviotas alzándose contra el murmullo de las olas al romper en la orilla, audibles desde su casa a pesar de encontrarse varias calles alejada de la playa.
Se habían asentado en el salón y ahora ambos yacían tumbados en el suelo, con las cabezas a escasos centímetros de distancia y los cabellos rubios de ella mezclándose entre el pelo aún más claro de él. La luz de sol se colaba a raudales por las ventanas abiertas, reflectándose en las paredes beige para inundar toda la habitación. El silencio era total, sólo interrumpido por los ruidos de la naturaleza producidos más allá, y Laura respiró hondo, disfrutando de aquella paz.
Miró a Erik y le descubrió haciendo figuras con las manos, totalmente abstraído en su labor. En los momentos siguientes pudo ver cómo su amigo creaba las formas de un gato, un caballo y un enorme ave.
Se dedicó a contemplarle durante un largo rato, sintiendo cómo sus pulmones se llenaban y vaciaban de aire de manera constante y tranquila, sin sufrir ningún estímulo que acelerara su ritmo. Casi sonrió, sencillamente feliz y entonces, de improviso, recordó a Meghan.
Hacía días que ninguno de ellos la veía: desde que su hermano regresara de aquel campamento en Chicago no había vuelto a quedar con ellos y no respondía a las llamadas. Sólo Lily había hablado con ella desde entonces, cuando Meghan le mandó un Whatsapp para decirle que se encontraba bien, que simplemente quería disfrutar de la compañía de su hermano tras haber pasado más de un mes sin verle.
Pero el tiempo seguía corriendo, y su amiga continuaba sin dar señales de vida. Ella no era así: por mucho que hubiera echado de menos a su hermano, amaba surfear y Laura nunca la había visto más de dos semanas sin cabalgar una ola junto a alguno de ellos. Además, se había perdido la última quedada nocturna en la playa, algo que no había hecho jamás.
De pronto, la calma y la paz parecieron ausentarse de la habitación.
- ¿Has sabido hoy algo de Meghan?
Las manos de Erik se detuvieron al instante en el aire y él las posó sobre su vientre.
- No. La verdad, empiezo a estar preocupado.
- ¿Crees… crees que le ha pasado algo? – la voz de Laura se volvió un susurro al formular la pregunta.
- ¡No! No, de algún modo lo habríamos sabido, estoy seguro.
Laura recordó la casa de su amiga, situada en el segundo piso de un edificio de apartamentos adentrado en el centro de la ciudad, pero demasiado lejos de la costa. Sólo había estado en ella un par de veces, pero le resultaba un espacio frío e impersonal únicamente amenizado por el pequeño dormitorio de Meghan, que había logrado gracias a su dueña adquirir un aspecto cálido y acogedor.
La imaginó allí encerrada, sin apenas salir durante semanas, y sintió cómo se le encogía el corazón. Ella estaba allí con Erik, disfrutando de la luz y el sonido del mar en el frescor de su salón y la alegría de encontrarse en compañía de una agradable amistad.
- Vamos a buscarla.
Se levantó resuelta de un salto y, mientras mesaba su cabello para que volviera a su forma natural después de haber permanecido esparcido por el suelo, observó a su amigo que la miraba asombrado, todavía tumbado.
- ¿Ahora?
- ¿Por qué no?
- Bueno, simplemente no me esperaba este plan. ¿Avisamos al resto?
- No hay por qué. Sólo quiero verla, saber cómo está, llamar a todos requerirá mucho tiempo que podemos emplear en ir ya a su casa.
- Relájate, respira un segundo. Si de verdad Meghan se ha aislado todos estos días porque quiere estar con su hermano, será más probable que nos dedique tiempo a nosotros si estamos todo el grupo, o al menos más gente que sólo nosotros dos. Dame un segundo, ¿quieres?, en seguida lo arreglo.
Erik se incorporó sin esfuerzo y, móvil en mano, comenzó a teclear de manera aparentemente descontrolada. Laura se quedó de pie a su lado con los brazos en jarras y, con un hondo suspiro, admitió su derrota.
- Está bien, llevas razón, tú ganas. Pero date prisa.

lunes, 17 de abril de 2017

Atenea.

En un parpadeo, se encontró frente a una pila de dosieres, folios y libros tan alta que ni siquiera le permitía ver los demás escritorios que había esparcidos por la sala.
Se detuvo frente a la mesa en silencio durante unos segundos, con sus superiores aguardando a su espalda. Tras un par de profundas inspiraciones pudo escuchar la suave voz del General, que parecía deslizarse a través del aire como el más fino humo cada vez que hablaba.
- ¿Qué le parece, señorita? - a pesar de que intentaba sonar seguro, Laura pudo percibir la inquietud      en sus palabras -, ¿cree que podrá tener analizada toda esta información para el viernes?
El miércoles entraba en su ocaso, y ella lo sabía. La escena que tenía enfrente le anunciaba largas horas de esfuerzo, bombillas encendidas de madrugada y demasiado cansancio, pero aquello sólo consiguió motivarla aún más. Ningún trabajo había podido nunca con ella, y ese no iba a ser el primero.
Decidida, se volvió hacia el equipo tras ella y estiró la espalda lo máximo posible.
- ¿Tienen té aquí?
- ¿Cómo?
- Té, ¿puedo disponer de él aquí?
- Por... por supuesto - el General titubeó un segundo, sin duda sorprendido por su respuesta.
- Entonces, de por sentado que cumpliré el encargo.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Nyca.

Es impresionante cómo una sola persona, tan simple y sencilla, un minúsculo organismo viviendo en el eterno universo, puede cambiarte la vida tan radicalmente.
Yo no era nadie antes de conocer a Nyca, o al menos eso creía. Nunca me había considerado más que una sombra, una mera chica del montón que pasaba totalmente desapercibida: con mi ropa gris, el cabello pálido y los ojos oscuros, me sentía invisible entre el resto de las personas. Pero Nyca no era igual, ella no sabía lo que era la discreción.
Recuerdo el día que la conocí, mientras trabajaba en el bar situado frente a mi universidad. Estaba agotada y enfadada después de las clases, y apenas era capaz de atender a los clientes que se acercaban a la barra. Simplemente tomaba las notas y servía las bebidas, totalmente inconsciente de los comportamientos – e incluso de las caras – de todos ellos.
Pero no fue así con ella, era imposible. Pude escuchar el sonido de sus tacones en el mismo momento en que entró por la puerta, a pesar del volumen de la música, y sus labios rojos me hipnotizaron hasta que se colocó frente a mí.
- ¡Hola! – me sonrió mostrando los dientes, mientras mechones de pelo negro cruzaban por su frente.
- Hola, ¿qué vas a querer?
Ella pareció sorprendida por mi actitud, demasiado fría teniendo en cuenta el modo en que se había presentado. Se le borró la sonrisa, y por un momento llegué a arrepentirme de mi reacción.
- Una cerveza, por favor.
Me acerqué hasta el surtidor y se la serví, intentando que no notara que, a pesar de mi comportamiento, me inspiraba mucha curiosidad. Pensé que se iría a alguna de las mesas, quizá con uno de los grandes grupos que se reunían en torno a ellas, pero se sentó en una esquina de la barra. Al mirarla de reojo, descubrí que ella me observaba con interés.
Procuré no hacerla caso, evitando en lo posible acercarme hacia donde estaba, pero conseguir aquello durante mucho tiempo fue imposible. Me abordó en cuanto pasé por su lado.
- ¿Estás bien? – no me lo preguntó con malicia, sino como si le preocupara de verdad. Actuaba igual que si fuéramos amigas.
- ¿Perdón?
- Lo siento, es que no pareces encontrarte muy bien. ¿Tomamos algo cuándo acabes?, quizá te anime.
Estuve unos segundos sin saber qué contestar y mi primera reacción fue decirle que no, nunca había conocido a nadie que se atreviera a hablar así a una completa desconocida, pero finalmente acepté la oferta.
- Salgo a las seis.
- Perfecto, puedo esperar – Nyca sonrió satisfecha mientras se acomodaba más en su asiento.
Cuando acabé mi turno seguía allí, jugando con su segunda jarra medio vacía.
- Siento la espera.
- No pasa nada, no ha sido tan largo. Yo también debería buscarme un trabajo – estudió la barra, pensativa por un momento.
- Me llamo Laura.
- ¡Oh!, cierto – ella se levantó de golpe, con una sonrisa en la cara –. Yo soy Nyca.
- ¿Nyca?
- Bueno, Mónica – parecía molesta al reconocerlo – pero no me gusta que me llamen así. ¿Quieres quedarte aquí o vamos a otro bar?, a lo mejor ya estás harta de estar aquí.
Normalmente me gustaba quedarme allí, me hacía sentir cómoda y tranquila, sin cambios cuyas consecuencias no podía conocer. Sin embargo, por algún motivo, accedí a irme con ella.
No me llevó muy lejos, entramos en un bar que se encontraba a unas pocas manzanas de distancia. Nyca se dirigió directamente a la barra, con las miradas de todos clavadas en su espalda, y en cuanto nos sentamos pedimos las bebidas.
El sitio era tranquilo, incluso menos bullicioso que el local donde trabajaba. Los clientes se sentaban en las mesas en pequeños grupos, y el murmullo de las conversaciones apenas se escuchaba. Nyca no dejaba de mirarme, curiosa.
- ¿Estás mejor?
- Oh, sí.
- Se te nota un poco, me alegro – recogió nuestras bebidas de la parte superior de la barra, y me acercó la mía – ¿Llevas mucho trabajando?
- Desde que empezó el curso – me encogí de hombros, sin darle importancia –. Quiero empezar a ganarme mi propio dinero.
- Te entiendo. ¿Sigues estudiando aquí?
- Estoy en el último año.
- Yo en el tercero, pero sólo estoy aquí de intercambio. Me iré cuando acabe el curso, aunque la ciudad me gusta.
- ¿Ya la conoces?
- No del todo, por supuesto, pero me esfuerzo en poder decir que sí cuando me vaya. Me gustaría conocerlo todo.
- Llevo toda la vida aquí y creo que aún no he visto ni la mitad, supongo que no le pongo muchas ganas.
Me observó detenidamente, tardó un momento en contestar-
- Bueno, si alguna vez te animas, avísame.
Al final no me hizo falta avisarla, a las dos semanas Nyca empezó a arrastrarme por cualquier lugar que reconociera no haber visto antes: recorrimos las azoteas de la ciudad, disfrutando de paisajes que no sabía que existían aquí; caminamos por cada calle perdida que encontramos, fascinándonos con cualquier pequeño detalle apenas digno de mención; comíamos en los locales que nos llamaban la atención, y descubrí la hamburguesa de mi vida a un par de calles de mi casa.
Comprendí que había pasado la mayor parte de mi vida inmersa en una rutina de la que no salía en ningún momento, y llegado un punto había dejado de notarlo. Me sentía cómoda en ella, sin sentir realmente deseos de salir, conforme con la idea de mantenerme en un segundo plano día a día. Sí, podía ser invisible y una sombra, vale, pero en realidad tampoco pretendía hacer algo al respecto.
Nyca me cambió la vida.
Con el paso del tiempo, me fue despertando, y me transmitió parte de esa energía que la hacía destacar allá donde fuera. Me hizo cambiar, consiguiendo que me diera cuenta de la vida que llevaba, insuflándome fuerzas para empezar a modificar aquellos pequeños aspectos de la misma que no me hacían ser feliz.
No es como los padres a veces piensan, Nyca no me hizo volverme una mala chica, una mala estudiante, una completa irresponsable. Ella no era así, por mucho que su imagen fuera diferente a la de una chica perfectamente correcta, simplemente era auténtica. Me enseñó a no conformarme, a saber quién era en realidad.
Pasamos todo aquel año juntas, y en ese tiempo llegué a sentirla como la hermana que nunca había tenido. Sin embargo, las dos sabíamos que ella no iba a quedarse para siempre. Nos despedimos una semana después de que el curso terminara.
- Te voy a echar de menos – ella estaba sentada frente a mí, con la espalda apoyada en una de las columnas de mi azotea. La luz del atardecer modificaba el color de su piel.
- Y yo a ti. Pero volveremos a vernos, ¿verdad?
- Claro – sonrió alegre, mostrando los dientes entre los labios rojos –. Será como una relación a distancia, siempre habrá un buen momento para visitarnos – se puso seria de pronto, titubeante, con las manos aferradas a la botella de Coca – cola – ¿Tú estarás bien?
A pesar de la preocupación con la que planteó la pregunta, me reí.
- Por supuesto que estaré bien. Ya no puedo volver a estar mal, gracias a ti – me detuve, pensando por un momento si decir lo que tenía en mente –.Te quiero.
Ella se rio, de repente con lágrimas en los ojos. Había conseguido emocionarla.
- Yo también te quiero a ti.
Se marchó aquella madrugada, de manera que no pude acompañarla, pero aun así siento que puedo verla perfectamente: con el sonido de sus pasos caminando por el andén, regalando una mirada amable a cualquiera que se le cruzara, seguramente alegrando el día a algún destinatario de su sonrisa. Nyca nunca pasa desapercibida.
Se equivocó en algo: hace años que no la veo, aunque seguimos en contacto. Ella no se quedó más tiempo del necesario en casa, y en cuanto terminó la carrera decidió irse a trabajar un año a Australia, el lugar más lejano que pudo encontrar. Yo no me he llegado a marchar tanto tiempo, supongo que hay algo en mí que se mantiene enraizado allí donde nací – cosa que aprendí que tampoco es mala – pero vivo determinada a guiar mi propia vida, sin dejar que sea su inercia la que me arrastre a mí.
Soy incapaz de imaginar cómo sería ahora si nunca la hubiera llegado a ver, si hubiera rechazado la oferta de salir con ella aquella tarde. Seguramente seguiría igual que me encontró, viviendo como si lo que hiciera no importara, como si no fuera nadie.
Jamás agradeceré lo suficiente haberla conocido.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Escenario.

Antes de nada: quiero advertir de que este texto estaba destinado a ser un poco gore, y no estoy segura de si lo he conseguido. Por si acaso, quiero advertir a quien no le guste leer cosas de ese tipo que vaya con cuidado.



El olor se podía notar nada más salir del ascensor, en el pasillo del tercer piso del edificio. Uno nunca se acostumbraba a aquel hedor, a la pestilencia de lo podrido, la sangre y la muerte. Era evidente que el escenario que les esperaba no iba a ser agradable.
Se encaminaron hacia la puerta que les habían indicado, y su compañero llamó a la misma. Nadie respondió, lo cual no era sorprendente. Pudo ver la expresión en el rostro de su jefe antes de echar la puerta abajo, la duda mezclada con el arrepentimiento previo, ese era uno de aquellos días en los que uno sólo quería quedarse metido en la cama, esperando que los problemas y los delitos violentos se solucionaran solos.
Al entrar, el mal olor que se percibía en el pasillo se hacía dolorosamente más intenso, y tuvo que esforzarse por controlar las náuseas. Todo estaba en tinieblas, y les costó reparar en el enorme charco de sangre que se extendía por el vestíbulo.
Sin embargo, en el salón todo estaba cubierto de ella: regueros rojos caían en las paredes, ensuciando los cuadros que las decoraban; en el suelo apenas se podía distinguir el parqué, enterrado casi en su totalidad bajo una capa de sangre; una leve luz roja les iluminaba, y descubrieron que la bombilla de una de las lámparas también estaba manchada.
Tras dar un par de pasos, su pie chocó contra algo. Forzando la vista descubrió que había tropezado contra una pierna humana.
No era la única: con ayuda de las linternas, fueron conscientes de que la habitación estaba plagada de miembros amputados. Yacían en las esquinas, bajo los muebles, sobre ellos; varios cuerpos se encontraban en el salón, divididos en pedazos.
Escuchó una fuerte arcada, y se volvió a tiempo para ver a uno de sus compañeros huyendo hacia el pasillo para vomitar. Le entendía.
- Está bien – la voz del inspector jefe era un susurro ronco, tembloroso –. Que un par de vosotros vaya a estudiar el resto de habitaciones, a ver si están igual. Han dicho que aquí vive una niña, tratad de encontrarla, creo que no está aquí.
Dos agentes echaron a correr por el pasillo que comunicaba las estancias, y el hombre empezó a pasearse cuidadosamente por el salón. Se acercó a él.
- Mira – su jefe le invitó a asomarse hacia donde apuntaba con su linterna, el borde por el que había sido amputada una cabeza que reposaba sobre el sofá –. La división es limpia, y el resto de la estancia está en perfecto estado. Alguien se ha dedicado a cortarlos.
- ¿Quién haría algo así?
- No lo sé, nunca he visto nada igual.
- ¡Señor! – uno de los agentes que había partido a explorar la casa volvió a la habitación, agitado –. El resto de las habitaciones parecen encontrarse en buen estado, como si no hubiera pasado nada. La niña estaba escondida en un arcón.
Su compañero apareció también, con la pequeña apretada contra su pecho. No podía tener más de cinco años, y se aferraba temblorosa a la camisa del policía. No podía verla la cara, pero podía imaginarla.
- Que alguien la saque de aquí.
Con todo el cuidado que pudo, se aproximó a su compañero y cogió a la niña. Durante el intercambio, ella permaneció con los ojos cerrados, como si supiera que no debía mirar a su alrededor.
- Ya está, nos vamos a ir de aquí.
Prefirió no sentarla en el pasillo, donde el olor a muerte se unía al del vómito abandonado frente a la puerta. Bajó las escaleras hasta llegar al portal, donde se reunían varias ambulancias y un pequeño grupo de curiosos.
- Ya estás a salvo, cariño – sentó a la niña en la parte trasera de una de las ambulancias, donde un enfermero esperaba para atenderla –. Todo ha pasado, ¿vale?
La pequeña asintió, temblorosa, mirándola afligida con sus enormes ojos grises.
- No nos hemos presentado, yo me llamo Diana – le sonrió mientras le acariciaba levemente las manos, necesitaba su confianza –. ¿Tú cómo te llamas?
- Elisa.
- Un nombre muy bonito. Escucha, ahora este señor tan amable va a comprobar que no te pase nada, yo me quedaré por aquí.
Se hizo a un lado, dejando que el enfermero revisase a la niña. El agente que había sufrido las náuseas se le acercó por detrás.
- ¿La habéis encontrado?
- Sí, al parecer se había escondido – no miró a la niña, intentando que no imaginase que hablaban de ella.
- ¿Y los demás?
Negó con la cabeza.
- Es el peor escenario que he visto jamás. No sé cómo alguien ha podido llevar a cabo un acto así.
- Yo tampoco. Es casi un milagro que la niña haya podido salir viva.
- Desde luego.
Ninguno miraba a la pequeña, inmersos en sus propias elucubraciones. Quizá, si lo hubieran hecho, la astuta y fría sonrisa que esbozaba Elisa en ese momento les hubiera hecho sospechar.

viernes, 19 de agosto de 2016

Noche de fin de año.

Se detuvo en su habitación, observando detenidamente las paredes pintadas de un desgastado rosa y todas aquellas cajitas apiladas ordenadamente sobre el escritorio.
Se sentó en su cama y examinó el bajo de su vestido, cuyo tejido de un llamativo azul eléctrico se ajustaba perfectamente a sus curvas. Levantó levemente las piernas, estudiando sus zapatos: jamás había llevado unos tacones tan altos.
Había pasado muchísimo tiempo arreglándose, pero en realidad no le apetecía salir.
Unos tímidos golpes sonaron contra la puerta, y la cabecita rubia de su hermano asomó por la rendija. Todavía llevaba puesta la diadema con el número del nuevo año que su tía le había colocado al llegar.
- Han llamado al telefonillo. Dicen que te esperan abajo.
Le dedicó una sonrisa triste.
- Gracias, ya voy.
En el salón, los platos y las copas seguían puestos sobre la mesa, arropados por tiras de confeti. Sus padres bailaban frente a la tele, animados por la canción de una de esas aburridas galas que se emitían cada Nochevieja después de tocar las doce.
- Me voy.
Su prima fue la única que se levantó del sofá para despedirla, intentando abrazarse a sus piernas a pesar de no tener todavía los brazos lo suficientemente largos. Su madre se acercó a ella.
- Diviértete, y no bebas demasiado.
Leire sonrió, consciente de que se había forzado a emitir esa advertencia. A su madre no le gustaba prohibirle cosas de las que ella misma había disfrutado antes.
- Claro.
- No lo pienses demasiado, ¿vale? – ella le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja, con ternura.
No respondió, limitándose a asentir. Antes de marcharse le dio un beso a su prima y se despidió de los demás con un gesto de la mano.
Abajo, parecía que la fiesta había empezado sin ella. Sus amigos reían y bailaban, bebiendo las cervezas que alguien había conseguido sacar de casa.
- ¿Por qué has tardado tanto? – su mejor amiga la abrazó, con una voz más aguda de lo normal. Al separarse pudo notar la rojez en sus ojos y los discretos tambaleos que sufría al andar.
- Me he entretenido un poco, lo siento.
- Bah, no pasa nada – su amiga se volvió hacia el grupo, desperdigado por buena parte de la acera –. Chicos, nos vamos. ¡Ya estamos todos!
Mientras saludaba a los demás, Leire no pudo evitar pensar que su amiga estaba muy equivocada. Aparentemente no faltaba nadie, cierto, pero él ya no estaba en la ciudad para acudir a los planes, para verla. Y aquella ausencia pesaba más que cualquier otra cosa.
No tardaron demasiado en llegar al club, caminando todo lo rápido que podían entre tragos y bromas. Ella se esforzaba en enfundarse en su abrigo mientras trataba de escuchar la charla intranscendente de sus amigos, pero por algún motivo nada de eso parecía tener ningún sentido.
Por un gran golpe de suerte, el local no estaba lleno, o al menos no tanto como debería estar. Dentro olía a licor y a ese ambiente cerrado característico de tantas discotecas; las luces oscuras y el elevado volumen de la música la molestaron al principio, pero no tardó en acostumbrarse.
De camino a la barra pudo notar decenas de vestidos elegantes y trajes entallados, que combinaban estrafalariamente con las mismas diademas que su hermano había llevado toda la noche. La gente charlaba y bailaba, creando con su energía la mejor tarjeta de visita posible.
Normalmente, a Leire le divertía ver aquello; le fascinaba, le encantaba formar parte de ese fenómeno. Sin embargo, esa noche se sentía como la extraña que intenta detener con su presencia la corriente, sin que nadie se lo haya pedido.
Se sentó en la barra, acariciando distraída la superficie brillante. A pesar del alcohol, su amiga entendió que algo no iba bien.
- Ey – le acarició la mano, Leire alzó la mirada –. Le echas de menos, ¿verdad?
Su breve silencio quedó disimulado por la música de los altavoces.
- Sí.
- Lo siento.
- Gracias.
La chica sonrió, sorprendentemente despejada de pronto. Le alcanzó su bebida mientras que con la otra mano seguí infundiéndole ánimos.
- Nos tomamos esta y vamos a bailar, ¿vale?
Los intentos de su amiga por animarla la enternecieron.
- Claro.
Comenzó a beber, ajena a los gritos de alegría que sus amigos empezaron a emitir algunos metros más allá y después, cuando por fin logró distinguirlos, pensó que su causa seguramente no tendría importancia para ella.
Pero entonces una mano se posó sobre su hombro y, al girarse, pudo reconocer los brazos largos, el lunar en el cuello y, sobretodo, aquellos ojos azules ocultos tras gruesos mechones de pelo negro.
Se lanzó a sus brazos antes de hablar siquiera, y entonces creyó que podría llorar de felicidad.
- ¿Qué haces aquí?
Él se encogió de hombros con una sonrisa, como si realmente no importara.
- Me apetecía pasarme.
- Me alegro de que lo hayas hecho.
- Yo también.
Se miraron durante unos segundos, sonriendo en silencio. Una pequeña parte de su mente fue consciente de cómo las manos del chico acariciaban su espalda.
- Ven, siéntate – se apresuró a acercar un taburete a los asientos de sus amigas –. Va a ser una gran noche.

viernes, 12 de agosto de 2016

636

Este es un relato random. De echo, es tan random que el título que lleva no tiene ningún sentido evidente, es simplemente el nombre rápido que le puse a la nota en la que apunté la idea de este escrito que os traigo (aunque la verdad es que lo de tener un número por título me gusta bastante).
Os digo esto porque, aunque al final me ha quedado algo bastante más decente de lo que esperaba, no tiene una historia ni contexto demasiado desarrollado detrás, así que es lógico que parezca precipitado o desconectado.
Espero que os guste.


El olor a humo la molestaba, pero tras varios minutos de espera comenzaba a tolerarlo.
Echó un vistazo al bar que Diana había escogido para encontrarse: el lugar era oscuro y desagradable y, aunque por lo menos aliviaba el frío que hacía en la calle, Molly no recordaba haber estado jamás en un local tan sucio.
Con las manos apoyadas sobre la mesa, estudió las mangas de su jersey: era de punto blanco, cosido años atrás. Pasó la mano por la tela admirando su suavidad, y entonces se hizo visible la correa floreada de su reloj.
Suspiró. Con sólo verla resultaba evidente que no concordaba con aquel sitio, y quizá tampoco lo hiciera con la nueva Diana.
Ella apareció por la puerta en el mismo instante en el que comenzaba a sonar una nueva canción. Al principio le costó un poco reconocerla pero aquel largo cabello cobrizo, que brillaba como ascuas bajo la luz, era inconfundible.
Pero esa mujer no se parecía a la niña que solía jugar con ella en el parque: el sonido de sus pasos seguros retumbaba en el local gracias a los tacones de sus botas, tan negras como la cazadora de cuero que hacía aún más notable el color de su pelo; Molly percibió el largo de sus piernas, envueltas en unos ajustados pantalones vaqueros que la hacían ver formal en aquel tugurio.
Diana se detuvo frente a ella y, aunque finalmente esbozó una agradable sonrisa, Molly observó la reserva en su mirada.
- Me alegro de verte después de tanto tiempo – se sentó en el asiento frente a ella –. No has cambiado demasiado.
- Tú, en cambio, estás muy diferente.
- Ya, bueno, es lo que hay – Diana rascó distraídamente una mancha reseca de la mesa –. ¿Cuál es ese asunto por el que me has llamado?
A Molly le sorprendió aquella actitud tan directa, y apenada entendió que su compañera no se encontraba allí para recuperar viejas amistades.
- Es por un amigo.
- ¿Un amigo?
Se revolvió incómoda en su asiento, dudando sobre cómo continuar.
- Sí, un vecino mío. Se ha metido en un lío.
- ¿De qué tipo?
- Está encarcelado, pero es inocente.
- ¿De qué delito?
Molly calló, acobardada de pronto. Trató de reunir valor para contestar, pero todavía tardó un rato en volver a hablar, con la mirada fija en sus manos.
- Violación.
Se produjo un tenso silencio después, pero fue incapaz de levantar la vista hacia Diana.
- Absolver a alguien de un delito así es tan grave como acusarle de ello – la voz de la mujer sonó grave de pronto y Molly la miró a los ojos, cuya mirada se había vuelto seria y dura –. ¿Tiene pruebas?
- Yo… no. Pero él es bueno, jamás haría algo parecido.
Diana se acercó a ella de improviso, las finas manos firmemente apoyadas sobre la mesa.
- Escúchame. En todos estos años he conocido lo peor del ser humano: los peores sueños, los peores actos, escenas tan horribles que parecen mentira. No existen hombres buenos, eso es una ilusión creada por aquellos ciegos ante la realidad, y no deberías confiar en cualquiera que diga ser encantador. No voy a ayudarte, Molly, al menos que hayas conseguido alguna prueba que me convenza de que tu vecino no merece estar donde está.
- Pero, Diana.
- No tengo más que hablar – el tono de su voz reflejaba una velada advertencia, pero Molly no podía hacerla caso.
- Por favor…
- He dicho que no – Diana se levantó con agilidad, ni siquiera había llegado a quitarse la chaqueta –. Me voy. Si consigues alguna prueba decente, vuelve a llamarme.
Sin decir nada más, se volvió y se dirigió hacia la puerta, que al abrirse dejó pasar a local parte del frío y la extraña humedad de la niebla del exterior.

Molly observó apesadumbrada el lugar por el que había desaparecido su antigua amiga, jugueteando con los puños de su jersey. Tras unos minutos, reparó en el aroma silvestre que Diana había dejado tras de sí, ocultando por completo el olor a humo.

viernes, 22 de julio de 2016

Ophelia's collection: Ruth

Ophelia forma parte de la obra de Shakespeare "Hamlet". Para no hacer demasiados spoilers, me limitaré a decir que este personaje me ha inspirado para iniciar esta serie de relatos, Ophelia's colection, que tendrán una protagonista cada vez.
Cualquier comentario sobre el pequeño proyecto será bienvenido, siempre que sea respetuoso.
Muchas gracias, espero que os guste.


Nunca creyó que se podía vivir muriendo.
Durante toda su vida, Ruth se había sentido la mujer más afortunada del mundo: no conocía el miedo o la desdicha; nunca se había sentido débil o a punto de caer; siempre había tenido la fuerza para no rendirse, porque nunca se había sentido sola.
La fortuna de Ruth giraba en torno a Celia, su hermana, que, idéntica a ella, representaba el núcleo de su vida hasta el punto en que a veces apenas podía distinguirla de su propia persona. Ruth no estaba sola porque no era una única muchacha, era dos, y nunca pensó que aquello pudiera cambiar.
A finales del pasado invierno Celia empezó a enfermar. Al principio no quisieron darle más importancia de la habitual, ya que la joven tendía a debilitarse a menudo, pero la fiebre y el malestar no desaparecieron cuando debían.
El médico visitaba su casa cada día desde entonces, tratando de extirpar el mal que sufría su hermana, pero ni los baños ni las sanguijuelas lograban devolverle la salud.
Por el contrario, el lozano cuerpo de Celia se fue demacrando rápidamente, mientras su piel empalidecía y los vómitos y temblores la atenazaban cada vez más.
Un día, Ruth se acercó a su lecho y descubrió, con horror, que aquella chica que tanto se le había parecido en el pasado ahora se asemejaba más a la propia muerte. Le cogió la mano, Celia se despertó.
- Prométeme – Ruth no podía ocultar la desesperación en su voz, así que intentó que las lágrimas no se escaparan de sus ojos – que no te rendirás. Prométeme que te pondrás bien.
La voz de su hermana fue tan débil como su sonrisa.
- Te lo prometo.
Pero no era verdad.
El día que enterraron a Celia la tormenta asoló la aldea, pero Ruth no fue consciente de ello. Pasó aquella mañana sola y ausente, contemplando sin poder pensar las gotas de lluvia en la ventana.
Sólo vio a su hermana momentos antes de ir a darle sepultura y entonces, como si se tratara de una obvia realidad, comprendió que ella misma también había muerto junto a la muchacha.
Con el tiempo la paz regresó al hogar, pero era gris y pesarosa en vez de esperanzadora: Ruth dejó de hablar, de reír, su mirada estaba siempre ausente aunque se dirigiera a los ojos del otro. La familia se vio obligada a convivir con aquella alma en pena y, poco a poco, esa condena la destrozó. Un día, víctima de la presión, su padre recogió sus cosas y se marchó lejos.
“Ruth, por favor, no puedes seguir así” su madre le habló días después de aquello, intentando transmitirle con sus manos una calidez que ya no sentía. “Celia no querría esto, hija. Tienes que volver a vivir, a ser feliz. Haz un esfuerzo, ¿vale?”
Prometió que lo haría y por eso se encontraba allí, frente al lago. A ellas les encantaba aquel lugar de niñas.
Se aproximó lentamente a la orilla, casi sintiendo cómo la hierba la acariciaba a través de sus zapatos. Se sentó sobre la roca que había sido testigo de sus siestas bajo el sol.
El agua brillaba cristalina a la luz del día, los pájaros piaban juguetones entre las miles de flores silvestres que se mecían impulsadas por la brisa. Era un hermoso día de primavera y Ruth sonrió.
Pero entonces, como en una respuesta instantánea, el rostro de Celia apareció en su mente y toda la luz se apagó. El paisaje desapareció y se transformó en cientos de recuerdos teñidos de dolor. El vacío que sentí en su corazón la golpeó con fuerza.
Echaba mucho de menos a su hermana, se sentía terriblemente sola. Había dejado de ser dos muchachas para convertirse en apenas una.
Pero podían volver a ser dos.
Serena, se descalzó y dejó los zapatos junto a la roca para, tranquila, acercarse al agua. Apenas pudo distinguir su rostro, pero el espeso cabello moreno y los ojos azules eran visibles.
Aquel no era sólo su aspecto, también el de Celia, y pronto podría verlo de nuevo.
Se internó poco a poco en el agua, tratando de ignorar el frío que se extendía por su cuerpo; dejó que sus dedos jugaran unos segundos bajo la superficie; por un momento le llamó la atención la manera en que el vestido blanco se pegaba a su cuerpo.
Cuando hubo avanzado unos metros ni siquiera dudó, sumergió la cabeza.
Y nunca salió.
Fuera, los pájaros seguían piando a la luz del sol.

viernes, 24 de junio de 2016

La caída.

De pronto, Harry se vio rodeado. En unos segundos, todo lo que alcanzaba a observar eran personas corriendo, abrazándose unas a otras, gritando de felicidad y empujando sin querer a aquellos que se interponían frente a sus seres queridos.
Durante unos momentos no logró ser consciente de nada más: ya no recordaba por qué estaba allí, ni a qué se debía su emoción de unas horas antes, llegó a preguntarse qué era el polvo blanco que cubría las túnicas de algunas personas a su alrededor.
Entonces, en su mente apareció Michaela.
Volvió a la realidad, casi pudo sentirlo, y se esforzó por divisar las ruinas del muro recién derrumbado, aquel que durante años había mantenido dividida en mitades su hermosa ciudad. Sin embargo, sólo pudo ver una gran nube de polvo blanco extendiéndose en su lugar, como un volátil intento de mantener la pasiva tortura que había hostigado a Harry y su pueblo durante tanto tiempo. Se les había prohibido ver a sus seres queridos del otro lado, fueron obligados a separarse de ellos sin ni siquiera decirles adiós.
A Harry le arrebataron la oportunidad de crecer junto a Michaela. La última vez que la vio apenas eran unos niños.
Se dio cuenta de que quizá ya no podría reconocerla, pero no le importó.
Echó a correr por la calle, avanzando a duras penas entre la multitud. De pronto desesperado, no se detuvo a explorar los rostros que le rodeaban, no se dignó a tratar de llamar a su amiga. Sólo era capaz de correr, luchando por alcanzar las ruinas del muro, como si ese fuera el lugar donde debía estar.
La polvareda le recibió a su llegada, obligándole a cerrar los ojos. Sin parar de toser, intentó avanzar a tientas, golpeando a quienes tenía cerca. Se sintió perdido, ya no podía ver, pero necesitaba encontrarla.
- ¡Michaela! – pudo notar la desesperación en su voz, el asomo de un sollozo.
Nadie respondió, pudo notar un silencio sordo a pesar de los constantes murmullos que le rodeaban.
- ¡Michaela!
- ¡Harry!
Sintió cómo se le detenía el corazón. Siguió su voz como guiado por un radar, esquivando los obstáculos junto a él. Cuando la vio, ni siquiera podía recordar haber llegado hasta allí.
Pero era ella.
Estudió su rostro antes de acercarse: conservaba el cabello largo rubio y los ojos azules de mirada dulce, a pesar del paso del tiempo. Pudo notar las manchas que el polvo había dejado en su piel y su ropa.
Estaba cerca del muro cuando fue derrumbado, había esperado allí por él.
Feliz como nunca, la abrazó riendo y ella respondió a su abrazo. Permanecieron así un tiempo, contentos de poder tocarse por fin. Cuando se separaron, vio que Michaela sostenía una gran flor roja.
- ¿Recuerdas cuando las veíamos crecer en mi jardín?
- Por supuesto.
Ella sonrió, él había echado mucho de menos esa sonrisa.
- Estoy muy feliz de verte, Harry,
- Yo también.

viernes, 29 de abril de 2016

Perdida.

Una llamada les despertó de madrugada. Él fue quien descolgó el teléfono, aún ausente a causa del sueño, y la mujer sólo fue consciente de los débiles murmuros que su marido emitía como respuesta a las largas palabras de su interlocutor. Al cabo de unos minutos, algo dicho desde el otro lado de la línea le dejó finalmente sin habla, pero más despierto que nunca.
- ¿Qué? Pero, ¿están seguros de eso?, ¿de verdad? – una pausa – Sí, por supuesto, iremos en seguida. Muchas gracias, sí, hasta luego.
Colgó con fuerza y se volvió hacia ella, le sorprendió la rapidez con la que se movió.
- ¡Sarah! Despierta. Sarah, ¿estás despierta?
- Sí, ¿qué pasa?
- Sarah, es Juliet. Es increíble – las lágrimas asomaron a los ojos del hombre –. La han encontrado.

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Circularon por la autopista en silencio, contemplando excitados y ausentes los escasos coches que corrían a su lado y las pequeñas zonas iluminadas por los focos. Sarah supuso que deberían decir algo, cualquier cosa, dada la situación, pero simplemente nada resultaba adecuado. Sin embargo, aquel silencio la devolvía al día en que la perdieron; al momento en el que se vieron en el coche de vuelta a casa, dejando cada vez más lejos a su pequeña, como abandonándola a su suerte.
- ¿Dónde la han encontrado?
- En la linde del bosque donde desapareció. En realidad, se podría decir que fue ella quien les encontró. Me han contado que unos cazadores la vieron salir entre los árboles, sola.
- Dios mío, mi pequeña…
- No me han dicho mucho más. No han querido hablarme de su comportamiento, ni cuánto recuerda, cosas así, pero le han hecho pruebas y está sana – una sonrisa aliviada cruzó el rostro del hombre –. Al parecer está bien, ¿no es un milagro?
- Sí – ella sonrió también, pero en seguida se puso seria de nuevo –. Todos estos años… ¿los ha pasado metida en el bosque?
- No lo sé.
- Han pasado once años… mi niña… ¿qué habrá vivido en todo ese tiempo?
El silencio volvió a instalarse entre los dos.
- No lo sé.

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Un hombre nervudo, elegantemente vestido, les recibió en la puerta del complejo. Su gabardina estaba mal abrochada, y bajo su mirada cansada se adivinaban incluso en la oscuridad unas marcadas ojeras. No acababa de llegar.
- Señores Anderson, es un placer conocerles. Soy el doctor Richards, psicólogo; el centro ha trabajado en anteriores ocasiones conmigo y me ha llamado para que le realizara un examen inicial a Juliet. Acompáñenme dentro.
Siguieron al doctor a través de las puertas, atravesando unas paredes grises que, de algún modo, no parecían presagiar nada bueno. Ninguno de los dos dijo nada, aunque sentían la necesidad de realizar más preguntas de las que podían contar. El hombre pareció percibir esto, y empezó a relatar las respuestas.
- Tienen que saber que no responde a nuestras preguntas – hablaba en susurros, sin mirarles, como si pidiera perdón por el estado de la muchacha –. Responde a estímulos, pero parece incapaz de usar nuestro idioma. Trata de crear símbolos, de comunicarse mediante ellos, pero parece haber olvidado el lenguaje que antes utilizaba.
Un silencio incómodo se estableció entre los tres, mientras el matrimonio trataba de asimiliar las declaraciones del psicólogo. De pronto, la esperanza que habían sentido de camino se esfumó, su hija se volvió a perder aun a escasos metros de distancia, una persona diferente les esperaba tras una de aquellas puertas. Él sintió deseos de marcharse, aunque nunca lo reconocería; a ella su hija se le antojó una completa desconocida.
- No sabemos si les recuerda, porque no nos puede decir nada – el docto siguió hablando como si nada hubiera pasado –. Sólo podemos hacer conjeturas, pero no estamos seguros de nada.
- Tenía cuatro años cuando pasó – la mujer comenzó a hablar, tímida y lentamente, como si supiera que pronunciar esas palabras era un error –. Ahora tiene quince. Honestamente, ¿cree que nos recuerda?
- No puedo estar seguro.
- Doctor, por favor…
- Probablemente no.
Sarah se detuvo bruscamente, abrazada a sí misma. Los dos hombres se volvieron a mirarla, pero ninguno sabía cómo actuar. Su marido se acercó a ella, abrazándola y compartiendo su dolor, pero el otro se quedó donde estaba, sin poder reaccionar.
Nadie merecía algo así, ni debería merecerlo; el olvido es la mayor desgracia para el hombre, que sin recuerdos deja de significar. Pero Juliet seguía existiendo, simplemente como una pobre niña que ahora más que nunca necesitaba a sus padres; debía hacerles entender eso, no podía permitir que convirtieran a su hija en el ser ajeno que ellos, lo sabía demasiado bien, ya estaban empezando a formar en sus mentes.
- Señores Anderson – tocó el brazo de la mujer en un intento de captar su atención, ella le miró asustada –. Puede que a Juliet le cueste reconocerlos, no voy a mentirles, quizá no les recuerde, pero lo hará con el tiempo. Lo importante es que no se rindan ahora, que la ayuden en todo lo que sea posible. Su hija ha estado perdida por once años, les necesita para volver al mundo al que pertenece.
Lentamente, el matrimonio se deshizo del abrazo, siendo conscientes poco a poco de la realidad que se cernía frente a ellos. Tras las dudas, el doctor pudo ver en sus miradas a un buen padre, a una madre entregada, y supo que sabrían hacer lo correcto.
- ¿Podemos verla?
- Por supuesto.
Caminaron unos pocos metros más, y se situaron frente a una puerta cerrada. No escucharon nada al otro lado, tan sólo el silencio, como si detrás de aquella pared no se encontrara la hija que tanto tiempo habían estado buscando.
- ¿Están preparados?
- Sí.
La puerta se abrió, y los tres entraron en la habitación. Ella se encontraba sentada al fondo, rodeada de personas que parecían mantenerla vigilada. La chica se levantó y se dirigió a ellos, mirándoles como un animal curioso que observa a sus nuevos vecinos. Sin embargo, el padre pudo ver la mirada cristalina de su hija bajo aquella expresión salvaje; el brillante cabello negro tras aquella melena que crecía descuidada y enmarañada; el pequeño cuerpecito que solía recordar convertido en una esbelta y alta silueta.
Vio a su pequeña escondida en la piel de aquella joven mujer. Pudo sentir que por fin la había encontrado.
- Hola, cariño – lentamente le alargó la mano –. Soy papá.
Juliet sonrió.



viernes, 22 de abril de 2016

Apunta.

Supongo que podríamos considerar esto un experimento.
Tenía ganas de escribir, pero no sabía qué, así que busqué en mi carpeta de imágenes inspiradoras de relatos y encontré una que, digamos, me movía algo por dentro.
Pero al empezar a escribir me di cuenta de que estaba comenzando el relato con un diálogo así que se me ocurrió lanzarme a la piscina y experimentar. Decidí escribir toda la historia usando sólo un diálogo.
Vosotros sois los encargados de decidir si me ha quedado algo decente, o si ha resultado todo un desastre.
Un beso.



- ¿La ves?
- Eso creo.
- ¿Eso crees? No me vale una duda, tenemos que estar seguros.
- Eso creo. ¡No te puedo decir más! En ese vídeo la imagen no es tan nítida, en realidad, y ahora lleva la cara un poco tapada… no puedo estar seguro.
- A ver, déjame mirar.


- ¿Y bien?
- No sé.
- Te lo dije.
- Cállate. Lo siento, ¿vale?
- Entonces, ¿qué hacemos?
- No estoy seguro. Puede que sea ella, pero también puede que no. ¿Qué opinas?
- ¿Qué opino? Yo no opino nada. Tú eres el responsable de la misión, tú tienes que decidir.
- No me jodas. Yo no pedí esto.
- Ya sé que no lo pediste, pero eres el superior. Se supone que decidir es tu deber, así que ahora no te puedes echar atrás.
- Lo sé, ¿vale? Lo sé.


- Entonces, ¿qué?
- ¿Cuántas posibilidades hay de que no sea ella?
- ¿Cómo?
- Según nuestros informadores, ella iba a estar aquí hoy. A esta hora, en este lugar. Puede que ahora no podamos distinguir todos los rasgos de esa chica, pero desde luego se parece mucho. ¿Cuántas posibilidades hay de que no sea ella?
- Supongo… que pocas.
- Bien.
- ¿Qué hacemos?
- ¿Qué hacemos, dices?
- Sí.


- Apunta.
- Que… ¿apunto?
- Sí, apunta. ¿Qué haces aún parado?
- Yo…
- Escucha, no me toques los cojones ahora. Has dicho que decidiese, ¿no? Pues ya he decidido. No sé si piensas que esto está siendo fácil para mí, pero es lo más complicado que he tenido que hacer nunca y no termino de estar seguro de ello, pero tenemos que reaccionar. Así que déjate de gilipolleces y apunta de una vez, antes de que me lo piense de nuevo y terminemos dejando pasar la oportunidad, ¿de acuerdo?
-
- ¿De acuerdo?
- Sí.
- Bien.


- ¿Ya?, ¿la tienes a tiro?
- … sí.
- Bien.


- ¿Capitán?, espero tus órdenes.
- Lo sé, lo sé.
- Se mueve, la estoy perdiendo.
- Lo sé.


- Que la suerte me dirija.
- ¿Cómo?
- Nada… Dispara.


viernes, 8 de abril de 2016

Guardia.

Este texto está sacado de una "propuesta", que encontré en Pinterest. A veces, en uno de esos ratos muertos que paso cotilleando en la aplicación, encuentro imágenes que ofrecen propuestas para crear escenas o relatos: puede ser un comienzo, un resumen, un simple ejercicio de creatividad... 
He ido guardando esas imágenes, aunque al final no suelo usarlas. Sin embargo, esta me ha gustado bastante así que he decidido empezar las "prácticas" con ella.





Sentado en la mesa, contempló cómo las luces del pasillo se apagaban tras un molesto parpadeo. Eso significaba que ya no quedaba nadie ahí, que una noche más se encontraba sólo junto a los pacientes, encerrado entre esas paredes blancas y frías cuya suavidad era más tenebrosa que dulce. Sentía verdadera repulsión por aquel edificio, pero tras años de oficio casi había aprendido a ignorarlo.
Un golpe sordo se escuchó metros por delante suyo, escondido en las profundidades oscuras del pasillo que se extendía ante él. Cualquiera se habría asustado ante esto, dado el lugar en el que se encontraba, como si se esperara que las personas que se hallaban allí encerradas se transformaran en piedra al caer la noche, sin hacer ningún ruido hasta el amanecer.
La gente no entendía que quienes se encontraban en el hospital psiquiátrico, a pesar de estar presos en sus habitaciones, seguían siendo humanos. Humanos que se movían, que respiraban, que hablaban, que a veces no podían dormir.
Lucas estaba acostumbrado a que sus conocidos le miraran raro cuando defendía esta postura. En el fondo de sus mentes, no podían ver a los pobres trastornados como iguales, y a menudo les sorprendía la extraña empatía que él les profesaba. La teoría más común era que el tiempo que llevaba realizando guardias nocturnas en el hospital había terminado modificando las ideas, que sus padres le habían educado muy bien, que era un hombre realmente bueno.
En fin, no podía saber si algo de todo eso había ayudado, pero lo que sí era cierto es que el poder leer los pensamientos de los pacientes había cambiado su modo de verlos.
Con el tiempo, había logrado comprender que aquella desgraciada gente no era más que pobres desquiciados que no tenían la culpa de estar allí. Necesitaban ayuda –  por mucho que él cada vez se preguntara más si aquel sitio era el adecuado para ofrecerla –  y tenían la obligación de permanecer ingresados hasta que alguna excepcional técnica pudiera curarles por fin. Lo mínimo que podía hacer Lucas era escucharlos mientras los vigilaba, actuar como el receptor sobre el que descargaran sus problemas.
Comenzó a caminar por el largo pasillo, y el ocupante de la primera celda se abalanzó sobre él al verle, presa de una rabia cuyo origen nadie había podido explicar aún. Sin embargo, Lucas sabía que noche tras noche el hombre le confundía con su hermano mayor, aquel que le había traicionado años atrás y le había quitado todo lo que tenía. A pesar de que prefería no pensar en lo que aquella mole podría hacerle si no les separara una pared, en el fondo podía comprender su enfado.
Siguió caminando y saludó a Judith, que le dio la bienvenida a través del cristal con una mirada cortés y educada que invitaba a acercársele. Él no avanzó hacia ella; aquella noche contemplaba asesinarle con un oxidado cuchillo de cocina, y no quería darle esperanzas de poder conseguirlo.
Mientras seguía estudiando los inteligentes y extraños ojos de la mujer, un ansioso llanto emergió en un susurro desde las profundidades del pasillo. Se volvió hacia el sonido, sabiendo quién se encontraba detrás del mismo. Casi corrió hacia su celda, situada casi al final del corredor, y se colocó frente a ella, buscando su oculta silueta tras el cristal.
Le encontró encogido en el centro de la habitación, abrazándose las piernas de espaldas a él. Aquel muchacho le apenaba desde el día en que lo conoció, hasta el punto en que se había convertido en el paciente a quien más visitaba durante las largas noches de vigilancia. Sentía muchísima lástima por él, no podía comprender cómo sería creer a cada segundo que alguien quería hacerte daño, que estabas en peligro. Kevin sólo tenía 19 años, y desde que era un niño vivía con esa continua sensación; a pesar del tiempo que había pasado, Lucas aún no sabía cómo había logrado sencillamente sobrevivir.
Dio unos golpes con las uñas en la puerta, tratando de llamar su atención. El joven se volvió sobresaltado hacia él y, al ver quién era, se levantó lentamente. Pudo ver en sus ojos miedo, una horrible ansiedad, y se concentró una vez más en sus terribles temores.
Quiere matarme, ella quiere matarme.
Ella, ¿quién?
Ella quiere matarme. La chica de la 83. No tenía que estar aquí, por algo la han traído. ¿Por qué si no iban a hacerlo? No hay otra explicación. Ella quiere matarme, puedo sentirlo. ¡Va a matarme!
Kevin se abalanzó sobre él y golpeó la pared. En su mirada notó un horror insuperable, el rostro del miedo, una desesperada búsqueda desesperada de ayuda. Pero la verdad era que no podía hacer nada por él, no podía defenderle de una amenaza que no era real, por mucho que esa evidencia le doliera.
Ella quiere matarme.
¿Ella?, ¿quién era ella? La celda 83 estaba vacía, al menos hasta la noche pasada. En otras circunstancias habría ignorado los pensamientos del muchacho, cuyas paranoias solían basarse en elementos salidos de sus fantasías, pero su intuición le hizo volverse hasta la supuesta celda de la misteriosa mujer. Dejó al chico asomado al cristal y, lentamente, se acercó a la habitación.
La pálida piel de la muchacha resplandecía en la oscuridad de la celda, haciendo imposible ignorarla. Su cabello descolorido y raído le tapaba el rostro, pero Lucas pudo fijarse en sus enormes ojos azules en el momento en que ella se volvió hacia él. Estaban enrojecidos y llorosos, y las lágrimas brillaban en sus mejillas.
¿Quién eres tú?
La joven le miró a los ojos. Un aura de serenidad la rodeaba, parecía la paciente más cuerda que había visto jamás allí. Por algún motivo, resultaba evidente que aquella habitación no era el lugar donde debía estar.
¿Qué estás haciendo aquí?

Socorro.

viernes, 29 de enero de 2016

Alone.

El escenario está oscuro y frío, oculto tras el pesado telón que escupe motas de polvo por todo el espacio. Con los pies descalzos, noto la brillante madera del suelo congelada bajo mi piel, pero no me importa.
Hoy es el día del estreno, nada puede salir mal.
Me siento tentada a apartar un poco la cortina, a llevar a cabo esa tonta costumbre de ver cuánta gente está esperando a que salgas, deseando verte, dispuestos a dejarse sorprender o a sufrir una decepción. Sin embargo, me detengo a tiempo. Ya estoy bastante nerviosa.
De hecho, siento como si fuera a vomitar. Se me está retorciendo el estómago y me empiezan a temblar las piernas, los retortijones llevan minutos molestándome y un aire frío, que no tiene nada que ver con la tela abierta de mi vestido, me recorre toda la espalda. Odio esta sensación, siempre la he odiado.
Me estoy olvidando de los pasos, seguro que de caminar también. No va a salir bien, no me voy a acordar de mis bailes, con lo que me gustan… ¿Qué pasa si lo hago mal?, ¿qué pasa si me tropiezo, o me equivoco, o no salto a tiempo? Todos lo verán… hay tanta gente al otro lado… se reirán de mí si la fastidio; ay, la voy a liar.
Noto una leve brisa en mi hombro. Sólo es porque Jeremy ha pasado corriendo por mi lado, pero de todos modos me sobresalto. Vuelvo la cabeza hacia atrás, no alcanzo a verle, pero reparo en el rizo castaño que me acaricia la mejilla, se ha salido del recogido que me han hecho para la función.
La función… Sonrío levemente al recordar todo lo que nos ha costado prepararla. Meses de ensayos, de nervios y de ilusión, han sido maravillosos, nunca he sido tan feliz. Me he sentido realizada, apreciada, maravillada; nunca he estado tan enamorada de una obra, nunca he estado tan enamorada de bailar.
Bailar, por eso estoy aquí. Por mi pasión, por mi objetivo en la vida, por mi razón de ser. El aire fluyendo entre mi cuerpo, mis movimientos fundiéndose en sincronía con la música, tan liviana como el viento, tan estable como el junco. Así me siento al bailar, así me he sentido siempre, y lo daría todo por poder ser siempre el espíritu que acompaña con su ser al dulce encantamiento de la melodía, es la vida.
Es el amor.
Y lo voy a demostrar.
Para eso he venido, para eso estoy en este helado escenario, detrás del telón. Para poder compartir con el público del otro lado lo que llevo dentro, el arte que fluye por nuestras venas, la humilde muestra de lo que hay en nuestros corazones. Ojalá les hagamos felices.
No voy a ponerme nerviosa.
Ahora me siento feliz, y me levanto de un salto para adoptar mi posición. El nudo del estómago se ha deshecho, todos los pasos vuelven nítidos a mi mente. Saldrá bien, tiene que salir bien, porque la magia nunca permite el mal. Una paz intensa me invade mientras se levanta el telón.
Sin embargo, sólo el aire frío sale a recibirme. Las butacas están vacías, no hay ni un alma en la oscuridad del teatro. Me pongo recta y, anonadada, me miro los pies rodeados de una espesa capa de polvo que cubre el entarimado: nadie lo ha limpiado, nadie ha preparado esa función junto a mí.
El silencio en mis oídos confirma las sospechas. Estoy sola.









Otra vez vuelvo tarde... lo siento mucho. Aún no estoy hasta arriba con la uni, pero Lovely Complex me ha vuelto a atrapar en sus garras, perdón  >_<


LOVELYCOMPLEXLOVELYCOMPLEXLOVELYCOMPLEX <3

viernes, 15 de enero de 2016

La princesa herida.

Nunca conoció el amor. Todos lo sabíamos, menos ella misma.
La pobre muchacha creía conocerlo, creía saber todo de él, pero no era cierto. Siempre sonreía al pasar, mostrando sus dientes blancos entre el rojo de sus labios. Sonreía con ilusión, con una inocencia que cada vez daba más lástima y menos ternura: sabíamos que aquel rostro radiante terminaría roto por el dolor, pero ella no se daba cuenta.
Siempre pensaba que el próximo chico sería el definitivo, pero nunca lo era.
Recuerdo la última vez que pasó, ella tenía 26 años. La encontré sentada en la acera, con el pelo empapado por la lluvia pegado al rostro y el maquillaje corrido. Nunca la había visto tan perdida, parecía una muñeca rota en medio de aquella gris ciudad.
La cogí de la mano y conseguí llevarla a mi casa. Caminando, no pude evitar fijarme en la falda arrugada y el botón roto de su camisa, que ella intentaba inútilmente ocultar. Habría querido preguntar por el desgraciado que le había hecho eso, aunque sólo fuera para conocer al hombre que ya odiaba, pero sabía que no debía hacerlo.
En la calidez de mi hogar traté de consolarla, de volver a sacar a la luz a aquella niña que dejó de ser hacia demasiado tiempo. La traté como un padre a su hija y le hablé como a una mujer, pero nada consiguió que la tristeza y el pesar abandonaran su rostro.
Durante el tiempo que estuvo conmigo se mostró ausente y reflexiva, con la mirada apesadumbrada de una virgen suicida. No entiendo por qué aquello no me preocupó más.
No habló durante las horas que permaneció allí, se limitó a mirar la ventana, a observar las luces de la ciudad envuelta en una manta que no le daba calor y sosteniendo una taza de chocolate que no había probado. Sólo abrió la boca una vez, justo antes de levantarse para irse. Recuerdo su sonrisa triste, la autocompasión en su mirada, recuerdo perfectamente sus palabras:
- Supongo que nunca tendré mi cuento de hadas, quizá debería dejarlo pasar, ¿no?
No atendió a mi respuesta de ánimo, ni a mi ofrecimiento de pasar esa noche en mi casa, hizo caso omiso a mis súplicas. Me prometió, me juró que estaría bien. No sé por qué tardé tan poco en creerla.
Antes de irse dudó, pero se despidió besándome en la comisura de los labios. Mi sorpresa aún me permitió escuchar un “gracias” antes de que se cerrara la puerta.
No volví a verla.
Me dijeron que lo hizo esa misma noche, horas después de marcharse. Al parecer una pobre chica la encontró allí, de madrugada.
Me contaron que dijo que estaba serena, sin lágrimas, con la misma triste sonrisa que me había dedicado antes de salir de mi casa. Se había vuelto a pintar los labios, dijo que eso le llamó la atención, e iba descalza, con los dedos de los pies aferrados a la barandilla del puente.
También dijo que ni siquiera la miró cuando intentó que bajara de allí y pisara tierra, que siguió con la mirada fija en el río mientras ella se ponía cada vez más nerviosa, casi sin saber qué hacer. Dijo que cuando por fin se dirigió hacia ella sintió un rayo de esperanza que se esfumó muy pronto:
- Diles que lo siento – le pidió, y saltó.
Así desapareció nuestra desdichada princesa, comida por las aguas de un río que sentía tan poco por ella como todos los amantes que había tenido.
Yo no pude seguir viviendo en mi casa, atormentado por la idea de lo que pude hacer y no hice. Me marché y ahora estoy aquí, contando la historia de la pobre mujer que nunca conoció el amor.
Espero no ser el único, quiero pensar que los que la conocieron hacen como yo. Ojalá su memoria, al menos, no sea olvidada.

miércoles, 13 de enero de 2016

Microrrelato: Remordimientos.


Este es un microrrelato que se me ocurrió cuando encontré la imagen que os muestro en, como siempre, Pinterest. Sé que no es muy largo, pero hasta cerca del día 20 no tendré tiempo para escribir nada de la longitud a la que os tengo acostumbrados así que, hasta entonces, menos da una piedra, o eso creo.

Giró la cabeza hacia ella, sentada en el asiento del copiloto. Le frustró observar sus expresión severa y los brazos cruzados bajo el pecho.
- ¿Se puede saber qué te ocurre?
- ¿Acaso no lo sabes? No hemos debido abandonarla allí.
- Por favor, no sigas con el tema - emitió un hondo suspiro antes de continuar con voz cansada -. No teníamos otra opción.
Ella no contestó, y él no intentó hacerla hablar. Volvió a concentrar la vista en la carretera, tratando de relajar las manos aferradas al volante, les esperaba una larga huida.

sábado, 9 de enero de 2016

Remora 1.

Los sonidos intermitentes de las máquinas retumbaban en la pequeña sala, haciéndose costumbre en los oídos de quienes estaban allí. Sólo tres personas, dos hombres y una mujer, se encontraban dentro, ataviados con largas batas blancas y moviéndose nerviosos por el recinto. Ninguno parecía querer mirar la cama que se adivinaba en el centro de la habitación, en la que descansaba aquello a lo que habían dedicado sus más esmerados esfuerzos desde hacía meses: El nuevo milagro de la ciencia, el mayor logro tecnológico de la historia.
El ser humano artificial.
Ella descansaba plácidamente, con los ojos cerrados y la expresión serena. Parecía humana, pensó Simón mientras observaba por la cristalera, si no fuera por la reflectante piel blanca que cubría su cuerpo y las placas que se adivinaban bajo su torso. Sin embargo, no podía ignorar la evidencia: en su interior no corría sangre, no necesitaba oxígeno para respirar, nunca sentirí sueño o hambre. Sólo era un robot, no estaba viva, pero aquella gente pretendía que actuara como tal.
Era una locura, hasta ellos lo sabían: Sólo hacía falta ver cómo evitaban mirarla, escurriendo sus miradas al llegar a la cama; evitaban acercarse demasiado, contemplaban nerviosos las máquinas que indicaban el inminente despertar de aquello que habían creado. No sabían lo que iba a pasar, nunca lo habían sabido, pero lo hicieron de todas formas… ahora ya no lo podían parar.
Remora 1 abriría los ojos de un momento a otro, y entonces ningún humano podría detenerla: era más fuerte, más rápida, más inteligente que cualquier ser humano, era invencible. Ojalá fuera utilizada para hacer el bien, ojalá no se rebelara como tantos otros antes que ella, si lo hacía estaban perdidos.
Simón  vio cómo uno de los hombres se armaba de valor, separándose de sus compañeros entre hondas respiraciones y acercándose poco a poco al lecho. Colocó una mano sobre el rostro de Remora 1 y pareció estremecerse, un suspiro se escapó de sus labios.
- ¿Qué hemos hecho…?
Como respuesta a sus preguntas, el sonido de las máquinas se detuvo y, ante la mirada tensa de todos los presentes, el androide se incorporó en la cama. Los ojos de Remora 1, de un intenso azul brillante, se dirigieron asombrados hacia el ingeniero jefe. Una leve sonrisa se dibujó forzadamente en su rostro.
- Buenos días, señor…

martes, 5 de enero de 2016

Lo que no ves.

- No hay nada más de lo que veo aquí – dijo el niño, recorriendo con la mirada el vasto parque.
- ¿Quién dice eso?
- Mi papá.
- Tu papá no sabe nada – la niña rio, dando vueltas sobre sí misma - ¡El mundo es mucho más de lo que ves aquí!
Una mujer pasó a su lado, y la niña se detuvo para observarla: Aletargada, arrastraba tras de sí a un energético perro que inútilmente trataba de vencer la fuerza de la correa.
- ¿Ves a esa mujer? Su perro quiere jugar, pero ella no. Quizá esté triste, o muy ocupada, tal vez sólo tiene sueño. Desde aquí, ¿puedes ver lo que le ocurre?
- No…
- Ah, pero no puedes negar que algo le pasa.
El niño, pensativo, bajó la cabeza. La niña se alejó unos pasos, vigilando sonriente a su alrededor. No pasó mucho tiempo antes de que mirara al cielo y volviera a hablar.
- No puedes ver el universo.
- ¿Cómo?
- No puedes ver el universo – repitió con calma la niña –. No puedes ver todas las estrellas, ni los planetas, ni todas las cosas que el hombre ha puesto en él. Pero sabes que existen.
Contempló al muchacho, cuya expresión abatida reflejaba el reconocimiento de su propio error. Se acercó a él y le apoyó la mano en el pecho.
- No puedes ver tus sentimientos, pero sabes que son lo más real que tendrás jamás – rio de nuevo, y el sonido cristalino de su voz retumbó en cada rincón del parque vacío. Se acercó a su oído –. Las cosas que ves son sólo aquellas realidades que se acercan a saludar, lo invisible se esconde detrás.
Antes de que el niño reaccionara, la niña le dio un beso en la mejilla y, con una sonrisa, se marchó.

martes, 29 de diciembre de 2015

El regalo.

Zyra observó al hombre, tan alto que se vio obligada a levantar de manera incómoda la cabeza para poder mirarle a los ojos.
- Mamá dice que no debo hablar con desconocidos.
- ¿Yo soy un desconocido, pequeña?
- Sí.
- Lo desconocido da miedo, ¿te doy miedo?
La niña lo pensó: las ropas negras del hombre parecían extenderse a su alrededor, creando una atmósfera oscura que se balanceaba en torno a él; su piel pálida parecía sucia, como el mármol que no se ha lavado jamás; su rostro no reflejaba simpatía ni dulzura, sino la insinuación de una verdad que nadie quiere conocer, Sin embargo, no tenía miedo.
- No.
- Entonces, no soy un desconocido – se acuclilló junto a ella y su sonrisa mostró unos dientes sucios y demacrados.
Zyra, ajena a eso, sonrió a su vez, pero el sonido de la risa de su madre en la lejanía le hizo mirar hacia atrás.
- Tengo que volver, antes de que mi mamá se asuste.
La sonrisa del señor desapareció y, mientras se levantaba de nuevo, el abatimiento se asentó en sus rasgos.
- Está bien – dijo sin embargo – pero, ¿querrías llevarte esta rosa como recuerdo? – por arte de magia, hizo aparecer una hermosa rosa roja entre sus largas manos.
- ¡Sí, claro! – el rostro de Zyra se iluminó de emoción y, en su entusiasmo, estuvo a punto de arrebatarle la flor – Muchas gracias.
Se dio la vuelta y, brincando, empezó a alejarse del porche. En un momento, se giró para despedirse por última vez y, asombrada, vio cómo el rostro del caballero se suavizaba notablemente, transformando su apariencia tenebrosa en otra más serena.
- ¿Por qué antes parecías un monstruo y ahora un ser feliz?
El hombre sonrió dulcemente.
- Quizá, porque nadie nunca antes había aceptado mi flor.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Castigada.

Aquí hace frío, demasiado frío.
Está muy oscuro, tengo miedo. No sé dónde está mamá, ni mi hermana, no hay nadie aquí y no quiero estar sola. Mamá siempre me abraza cuando estoy asustada, pero la he llamado y no viene. ¿Es qué he hecho algo mal?, lo siento, sea lo que sea no lo volveré a repetir, lo prometo.
A lo mejor ha sido por salir a jugar al jardín sin su permiso. Sé que no tenía permiso, a mamá no le gusta que esté fuera cuando llueve, pero tenía tantas ganas de trepar… Al final he salido, pero me he debido de quedar dormida mientras subía por el árbol, porque al despertarme aquí no he conseguido recordar cómo he vuelto a entrar en casa.
¿Es por eso, verdad?, ¿por eso estoy castigada? Lo siento mami, lo siento mucho… ¿puedo volver ya?
¿Mamá, Amanda…? He aprendido la lección, no volveré a hacerlo… dejadme salir, por favor. No me gusta este silencio, me da miedo...
Espera, creo que he oído algo. Amanda, ¿eres tú…? ¡Sí eres tú! ¡Estoy aquí!, ¿dónde estás? Espera, no te preocupes, voy a buscarte, ya voy… Gracias por venir, hermanita, tenía mucho miedo.
Por fin te encuentro. Oye, ¿cuándo han venido los abuelos?, ¿han llegado cuando estaba castigada?, ¡hola, abuelito!
¿Abuelo…? ¡Abuelo!, ¡hola!, ¡escúchame!, ¿qué está pasando, no me oyes? ¡Abuela!, ¡Amanda!, ¡mamá! Dejad de ignorarme, por favor, ya sé que no tenía que haber salido a jugar sin permiso, estoy muy arrepentida… perdonadme, me portaré bien… Mami, ¿por qué estás llorando?
No llores mamá… mira, ya no tengo miedo, ya estoy bien, ¿ves? Espera, voy a darte un abrazo, de esos de oso que siempre me das, ¿te apetece?. Vaya, qué sensación más rara… creo que me he chocado contra algo.
Amanda, ¿por qué me miras así?, ¿me pasa algo? ¡No grites!, ¿qué ocurre?
¿Por qué tenéis esa cara de miedo?, ¿qué pasa? Por favor, ¡me estáis asustando mucho! ¿Qué me pasa, qué ocurre? ¡MAMÁ, RESPÓNDEME! Mamá, ¿qué…?

Mami, ¿por qué estoy saliendo del espejo?

domingo, 13 de diciembre de 2015

Después de tanto tiempo.

Cuando se la encontró allí, sentada en una mesa de la cafetería, no supo qué decir.
- Hola…
- Hola – ella le sonrió con timidez, colocando un mechón de su pelo negro detrás de la oreja. Había cambiado mucho después de tantos años, y la niña que fue parecía haberse esfumado de su rostro, aunque pudo descubrirla escondida en sus ojos.
- Ha pasado mucho tiempo.
- Lo sé. Es increíble, ¿verdad?
- Cierto, sí – se removió, incómodo, en realidad no sabía de qué hablar. De no haber sido por la fuerte amistad que les unió de niños, por todo lo que vivieron, habría considerado que esa mujer ante sus ojos era poco más que una extraña – ¿Cuándo has vuelto?
- Volví hace unos cuantos meses, cuando me independicé. Mis padres aún siguen en la casa donde nos mudamos, pero yo hace años que echaba de menos la ciudad. – de pronto interrumpió su discurso, bajando la cabeza, buscando las palabras para continuar – Yo… siento mucho no haberte localizado antes. Necesitaba tiempo para instalarme, y después de tanto tiempo sin hablar no encontraba las palabras para saludarte de nuevo.
- Lo sé, no te preocupes.
Volvió a sonreír, visiblemente aliviada. Hugo no sabía si lo que decía era cierto, si de verdad había querido contactar con él en algún momento, pero tuvo que creerla, viéndola delante suyo de nuevo.
Los recuerdos le inundaron de pronto: memorias de una niñez juntos, de risas y de sueños, de secretos contados entre las calles, de un inocente primer beso escondidos en el parque. Lo pasó realmente mal cuando ella tuvo que mudarse lejos de allí pero, a pesar de lo que se querían, de algún modo terminaron perdiendo el contacto. Hacía años que no sabía nada de ella, absolutamente nada… tenerla ahí al lado le hacía sentir que podía volver a empezar.
- Quizá…
- ¿Quizá?
- Bueno, ya que por fin me has localizado, quizá podríamos tomar un café algún día. Ya sabes, para hablar, ponernos al día… Seguro que hay muchas cosas que contar.
- ¡Claro, por supuesto! – los ojos se le iluminaron, y su sonrisa se ensanchó hasta abarcar todo su rostro. Parecía entusiasmada, realmente era verdad lo que le había contado – Eh… bueno, ahora mismo no estoy sola pero…
- Oh. – se fijó por primera vez en la mesa que la chica ocupaba, en la que podían verse dos tazas vacías – Bueno, otro día entonces.
- Me encantaría. Te escribo mi número, espera – le cogió la mano y un extraño sentimiento se extendió por todo su cuerpo. De pronto estaba en paz, como envuelto en un acogedor hogar, le gustó la sensación.
- Ya está.
- Genial.
Se separaron, y la sensación que acababa de invadirle se esfumó en el aire. Pero ella seguía allí, al lado, transmitiéndole todos esos recuerdos que creía enterrados. El número escrito en su mano parecía quemarle la piel y supo que no tardaría en usarlo.
- ¡Cariño! – un chico de su edad apareció de la nada y abrazó los hombros de Lara, rompiendo en un instante aquel momento. Ella pareció encogerse, sonrojada – ¿nos vamos?..., ¿quién eres tú? – el joven pareció reparar de pronto en la presencia de Hugo.
- Es un viejo amigo, de cuando vivía aquí. Nos acabamos de encontrar.
- ¡Oh! Hola, soy Mateo, encantado.
- Igualmente.
Él sonrió, aunque brevemente. Antes de que se diera cuenta estaba abrazando más fuerte a su amiga, como agarrándola, y su posición corporal reflejaba unas ganas de marcharse de allí que habría resultado maleducado expresar en voz alta. Sin embargo, volvió a insistir:
- Cielo, ¿nos vamos?
- Sí, claro – mientras se ponía la cazadora, Lara le dedicó una sonrisa de disculpa. Apenas le rozó el brazo al despedirse. – adiós, Hugo, me ha gustado volver a verte.
- Y a mí. Hasta luego.
Se volvió justo a tiempo para verles desaparecer por la puerta, abrazados. Una atmósfera de malestar y preocupación se asentó junto a él, ahogándole en un sentimiento de impotencia que sabía que no podía vencer.
Sin embargo, no todo estaba perdido: tenía su número, su vuelta y su presencia en la ciudad. Volvería a verla, se aseguraría de ello.