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martes, 8 de diciembre de 2015

La reina de sus pasos.

Mi niña pequeña, mi princesita de los rizos níveos, estoy muy orgulloso de ti.
Desde que te pusiste en pie, quisiste hacernos entender que no estabas hecha para este lugar. Tus preguntas eran las más extrañas, mucho más curiosas y sencillamente sabias que a las que no tienen acostumbrados los niños en general; siempre estabas explorando, descubriendo el porqué del mundo mucho antes de que nosotros te lo pudiéramos enseñar, de haberlo sabido; ese brillo de inteligencia y paz nunca abandonaba tu mirada, como espero que no lo haga ahora. Tú siempre sabías lo que ocurría, siempre fuiste consciente de todo; nunca he conocido a nadie tan inteligente, tan realista y reflexivo, tan calmado, siempre podrás sentirte confiada ante lo externo, ya que este jamás te pillará desprevenida.
Siempre te he admirado, aun cuando solamente eras una bebé que sonriente me ponía flores ante el rostro para que yo también pudiera captar su olor. Me habría gustado ser como tú: siempre querré parecerme un poco más a ti cada día que pase, cada segundo, con el fin de ser un poco mejor persona, mejor humano, mejor hombre, mejor al igual que tú.
Quiero decir, aunque suene egoísta, que yo siempre supe quién eras, lo que valías. Me habría gustado poder haberte criado yo, haber guiado tus pasos en lugar de tus padres. Te habría demostrado que de veras apreciaba tu forma de ser, que eras la mejor de todos ellos, que no necesitabas cambiar un ápice, me habría gustado haber podido decirte lo bella que eres, lo pura, lo cristalina, confesarte que el mundo jamás se permitirá estar por encima de ti.
Pienso que si lo hubieras sabido, si no hubieras tenido que averiguarlo por ti misma entre reproches e insultos, quizá te habrías quedado aquí. Pienso mal, lo sé – tú estabas destinada a volar libre lejos de todo – pero es el consuelo de tontos que me queda en las tardes más nostálgicas, en las que echo de menos poder verte crecer.
Supongo que ya pasó mi turno, que ya disfruté bastante de ver cómo mi pequeña sobrina se convertía en la joven mujer fuerte y segura que prometía ser. Ahora les toca a otros poder caminar junto a ti, cogiéndote de la mano y viéndote triunfar peldaño a peldaño.
Sólo espero que sean buenas personas, que sepan estar a tu altura, que no te hagan mal. Juro que, si lo hacen, te encontraré para poder apoyarte, para seguir protegiéndote aunque ya no lo necesites. Te encontraré, de algún modo, aun sin saber dónde estás.
Nadie lo sabe, me temo. Un día, simplemente, no estabas allí, y nadie sabía dónde habías ido. Sólo teníamos una nota para saber que, por lo menos, te habías ido por tu voluntad y estabas bien. Nada de despedidas, nada de abrazos y llantos.
Miento si digo que me sorprendí. Siempre supe que, algún día, protagonizarías una escena así. Simplemente a veces la nostalgia supera lo feliz que me siento por ti.
Sé que estás bien, aunque no me lo digas. Y sé que mirarás al mundo con ilusión y seguridad, sabiendo lo que haces en la certeza de que todo va como tiene que ir. Sé que marcarás personas y sueños, que todo lo sufrido ha quedado atrás, sé que tu vida será maravillosa y que lo mejor está por llegar.
Confío en ti, Adele. Tú haz lo mismo.

De todos modos, yo siempre estaré ahí.

sábado, 31 de octubre de 2015

Mi jaula abierta.

Antes de nada, pido disculpas por no haber actualizado en tanto tiempo, pero he estado liadisima con la universidad y tal. Llevo bastante tiempo hasta arriba de cosas, y cuando podía escribir no tenía ganas. He llegado a pensar en dejar el blog, pero al final no me he atrevido, así que a partir de ahora intentaré recuperarme y seguir actualizando, aunque sea una vez a la semana.
Eso sí, casi que pondré fin a la sección de Just Smile, porque no quiero que se convierta en lo único que suba en el blog.
Hoy os traigo un relatito muy muy corto, lo que he conseguido hacer para volver empezar (mi inpiración también se ha ido de vacaciones, pero no podía seguir sin escribir) espero que os guste :)
Un beso, mis niños <3

Iros a la mierda todos.
Estoy harta, harta de todos los que me habéis rodeado durante años, harta de esta muchedumbre que me ahoga y me aprieta allá donde voy, harta del aliento a muerte y el perfume exagerado. No quiero veros más.
Ni siquiera quiero teneros cerca. Con vuestras sonrisas falsas, vuestras miradas amistosas que se transforman en cuanto os dais la vuelta. No merecéis la pena, no se la merecéis a nadie.
¿Quién querría teneros al lado?, me parece increíble que exista alguien. Yo no lo desearía, no me fiaría. No me fío de las dobles palabras, de ese camuflaje del que tanto hacéis gala, de los bailes de máscaras y las frías garras que afilan el cristal traslúcido que os cubren. Os he visto insultar a vuestros propios amigos, clavar puñales en las espaldas de aquellas almas gemelas que tanto queréis. Sois como esas fieras que se comen unas a otras dentro de su propia jaula, sin apenas darse cuenta del peligro que corren. Por suerte, yo soy una mujer libre, me largo de aquí.
Por fin, adiós a todos. He soñado meses con este momento, años, esperando el momento en el que os dejaría a todos atrás, encerrados en vuestra propia bola de humo.
Soy un ave libre, magia e inspiración encerrados en esta envoltura de carne y huesos. Hasta ahora han estado atrapadas aquí, sufriendo y doliendo dentro de mí. Todos estos años he sido una cárcel, víctima y carcelera en mi propia prisión. Me odiaba y me entristecía, lloraba y me atacaba a mí misma. Es duro estar así, terriblemente más angustioso de lo que podréis comprender jamás.
Pero ahora soy libre, y podré abrirme como la flor naciente que sentó que soy hoy. No volveré a encerrarme, no volveré a sufrir. Volad, todos los que vivís en mí, todo aquello que se ha ido gestando en mi interior. Volad y dadme la vuelta, convertidme en parte de vosotros, sed mi guía y mi futuro, mi nueva verdad.
Sed mi todo, somos libres.
Como las golondrinas, como la bella mariposa azul.

Adiós.

viernes, 9 de octubre de 2015

A la espera del príncipe.

Dormida, esperaba a su príncipe azul.
Llevaba años aguardándole, paciente, encerrada en su pequeño rincón. Sentada en su trono de roca débil, contaba pétalos de rosa soñando con su mirada, con sus abrazos, con sus halagos; aunque jamás los hubiera visto, aunque jamás los hubiera experimentado.
Aunque jamás hubiera visto a su fiel caballero.
Pero existía, ¿no? Tenía que existir, estaba segura.
Porque era lo que siempre le habían dicho, su príncipe vendría a buscarla, a rescatarla. ¿Por qué habrían de mentirle?, ¿por qué no tendría que aparecer?
Era su destino, ella sólo tenía que esperar.
Pero lo que la princesa no sabía, es que el príncipe no iba a venir.
Porque ella ya no era una princesa, él ya no era un caballero andante en busca de una dama en apuros a la que salvar. Las princesas murieron hace mucho, víctimas de sus cárceles y sedas, y los valerosos nobles decidieron que no merecía la pena jugarse la vida por ellas. Los cuentos de hadas desaparecieron, los dragones no volvieron, los besos de amor a medianoche y las manzanas envenenadas quedaron en el recuerdo.
Nadie vendría a rescatarla, tendría que rescatarse ella. Como nunca ha ocurrido, como siempre debió ser. Usando su inteligencia y su valor, aquellos entes escondidos en su ser; olvidando las rosas, olvidando las manos de pálida piel.
La princesa dormía, ignorante de todo eso. Y esperará, día y noche, al pretendiente que debe ser el de sus sueños, al padre de sus hijos, al hombre de su vida.
Y esperará y aguardará, hasta el final que no será feliz.
Pero quizá, sólo quizá, la princesa se canse de estar allí. Quizá, sólo quizá, decida que ya ha esperado bastante y se aleje de allí, en busca de una vida mejor. Quizá, sólo quizá, emprenda su propio camino, como la guerrera fuerte que en realidad es.
Y entonces, probablemente, encontrará no a su príncipe, sino a su compañero. Al padre de sus hijos, al hombre de su vida, a aquel con el que compartir una vida. Allí, en el cruce de caminos, se encontrarán.
Y serán iguales, y recorrerán su senda como ha de ser.
Como hombre y mujer.

No como príncipe y princesa.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Tenerla a mi lado.

Jamás podré agradecer bastante tenerla en mi vida.
Yo sólo me habría perdido hace mucho, lo sé. Mi visión del mundo se encuentra en esa fina línea entre el realismo y el pesimismo, y a veces vivo demasiado obcecado en mis obligaciones. Mi padre dice que debería sonreír más; mi abuela que hablo muy poco; mis amigos a menudo comentan mi cabeza gacha, mi expresión hundida. Quizá lleven razón, todos ellos, seguramente la lleven. Por eso la necesito a ella.
Sé que la necesito. Desde hace mucho, casi desde que la conocí.
Ella no es como yo, apenas nos parecemos. Siempre ha vivido en su mundo, su extraño universo lleno de magia y color; su optimismo la domina, dice que a veces demasiado, y que su manía de perderse observando las pequeñas cosas algún día le pasará factura.
Es curioso, cree que yo la he ayudado a mejorar. Pensaba que no, que la única que podía mejorar a alguien era ella, a mí.
Desde que somos amigos, todo es mucho mejor. El mundo cada vez tiene más color, y poco a poco lo muestra con más fuerza; hablo más, me río, sobre todo a su lado, y ella se encarga de sostener mi cabeza cada vez que no aguanta su peso. Siempre es así, sosteniendo mis problemas; ella es mi pedestal.
La columna que me mantiene en pie.
Jamás podré agradecer bastante tenerla en mi vida. Sin ella estaría suelto, sin una parte de mí, vagando como un “yo” que no termina nunca de construirse.
Porque ella me está ayudando a eso. A crecer, a convertirme en quien soy. Ella es mi energía de cada mañana, la vitalidad y las ganas de saltar aún más alto; ella es mi fuerza, mi valor. Dime, si me faltara, ¿qué restaría?

La quiero.

jueves, 17 de septiembre de 2015

No la conocerás.

Yo que tú miraría más allá: más allá de sus ropas, más allá de su piel desnuda, más allá de su cuerpo. Si no lo haces, no la conocerás.
Y ella es una chica maravillosa: es dulce y amable, pero no se deja amedrentar; siempre sonríe a la gente, aunque no la conozca, y deja en su estela una inmensa alegría; tiene un profundo mundo interior, tan grande que tardaría horas en explicarlo, y es rico e inteligente como ningún otro. Ella es única, con todo un universo en su mirada.
Pero tú no lo sabrás.
No lo sabrás porque tampoco te importa, me temo, pero tú te lo pierdes. Te lo perderás todo, su compañía, sus charlas de madrugada, su dulce sonrisa y su mirada astuta cuando sabe que mientes.
No experimentarás nada de eso, porque no te interesa: sólo deseas sus labios y el calor de su cuerpo; su hermoso rostro y sus manos, tan delicadas como parecen. Las querrás una vez, quizá dos, y después te olvidarás de ellas… una pena.
Pero no estoy preocupada por ella, qué va. Es lo bastante fuerte como para no necesitar a nadie que lo haga por ella, se basta y se sobra a sí misma. Aunque no lo creas, sabe lo que hay, desde hace mucho tiempo, desde el momento en que te conoció. Seguramente no quieras oír esto, pero ella eligió, no tú.
Desde todos los puntos de vista, incluso el tuyo, has salido perdiendo. Por no querer conocerla, por no querer ver más de lo que se pone frente a ti.

Vaya, quizá al final deba sentir pena por ti.

martes, 8 de septiembre de 2015

Soñaba con las estrellas.

Tenía muy claro qué quería ser de mayor. Quería poner las estrellas en el cielo.
Le fascinaban las estrellas, aquellos puntos de luz diminutos que se dejaban ver cuando el cielo estaba oscuro. Nunca apartaba los ojos de ellas, ni cuando dormía, y su madre a menudo la descubría desvelada de madrugada, asomada a la ventana con los ojos y la sonrisa iluminadas de ilusión.
Nunca terminó de aprender los nombres de las constelaciones, o de las principales estrellas. Ella tenía sus propios nombres e ignoraba los de los demás, por ser aburridos e impersonales para cosas tan bellas. Las tuteaba, y solía referirse a ellas con motes cariñosos normalmente destinados a las amistades.
Hablaba con ellas en el parque, en las terrazas, en cualquier lugar donde pudiera verlas, y los demás miraban extrañados a sus padres, preguntando sin palabras cómo una niña de cinco años seguía haciendo tales cosas. Ellos, sin embargo, nunca respondían: habían aprendido con los años a ignorar los dedos acusadores y las miradas descaradas, los comentarios educados escudos de burlas y cotilleos. Ya no les afectaban, ya no eran importantes; ahora sólo podían ver cómo su niña, su pequeña hecha de estrellas, era feliz.
Un par de años más tarde, comenzó a crear sus propias constelaciones, a descubrir sus propias estrellas, y disfrutaba diseñando y poniendo nombre a aquellos habitantes del cielo que ella misma había sacado a la luz. De ese modo decidió que quería ser ponedora de estrellas, su único deseo en la vida era poblar aquel firmamento oscuro de tantas estrellas como les fuera posible: todas diferentes, todas especiales, creadas una a una por ella, hasta que ya no cupieran más.
Sin embargo no fue posible, y su entorno le enseñó que los suyos eran sueños, y que debía vivir en la realidad. Que debía buscar un trabajo, que poner estrellas en el cielo no era posible, y por tanto no una opción real. De este modo, la niña hecha de estrellas se convirtió en abogada, poniendo los pies en una tierra que la obligaban a adorar.
Pero la niña no era feliz y cada noche, al acostarse, miraba al cielo y recordaba con añoranza aquellos tiempos en los que podía hablar y jugar con sus amigos luminosos sin que nada importarse, en los que podía ser ella misma, real o no, daba lo mismo. Estaba triste, muy triste, y las lágrimas solían rodar sobre sus mejillas cuando cerraba los ojos para dormir.
Un día, no pudo soportarlo más, y llorando rogó poder subir al cielo, para vivir allí por siempre y alejarse de aquel mundo que la tenía atada con sus obligaciones y sus deudas, sus apariencias y sus normas.
Y entonces, la niña se convirtió en luz.
Nunca se asustó, en ningún momento se preocupó, y riendo corrió hacia el firmamento, donde hasta hoy vive alegre y contenta, hablando con sus amigas las estrellas, visitando las constelaciones y creando nuevos astros con un toque de su magia, de aquella magia hecha de luz que posee desde entonces.
Y sus padres, desde la tierra, encuentran y contemplan cada nueva estrella que ven nacer. Y les ponen nombres, y les hablan, y les preguntas felices por su niña, orgullosos de que su pequeña haya cumplido por fin ese sueño que siempre tuvo en su interior.
Crear estrellas, ponerlas en el cielo, para siempre.




domingo, 23 de agosto de 2015

Te lo daré todo.

Te lo daré todo, todo lo que existe en mi interior.
Mis sueños, mis frustraciones; mis esperanzas y deseos. Todo lo que tengo, todo lo que soy y lo que alguna vez fui.
Todo eso te lo doy, te lo regalo, así qué cógelo si algún día quieres.
¿Para qué lo quiero yo? Ya no lo necesito, ya no me sirve de nada. Todo se ha ido, todo por lo que un día llegué a vivir, así que aquello que construí en relación a ello no tiene ninguna utilidad... quizá la tenga para ti, quién sabe.
Por favor, acéptalo, no me digas que no. Quiero dártelo, sólo tú sabes valorarlo como creo que se merece: porque tú siempre lo has hecho; siempre has guardado los recuerdos, siempre has amado el viento del pasado y la marca de la experiencia, la dulzura del primer amor y la memoria de los grandes momentos. Te admiro por ello, de veras, pero yo no puedo hacerlo.
Yo sólo quiero seguir adelante, esfumarme y regresar lejos de aquí. Ligera como el aire, sin peso a mis espaldas, sin la carga de todo lo que tuve dentro, de todo lo que he sido. Por eso te lo doy a ti, para que lo guardes porque, aunque ya no lo quiero, tampoco deseo que se pierda en el camino.
Cógelo, te lo ofrezco hoy: con las manos llenas, el ser vacío, llena de paz y de nada, los ojos cerrados y la sonrisa en el rostro, exactamente como quiero estar. Sólo espero que algún día puedas perdonarme, que algún día sepas vivir con el peso que te cargo, sé que podrás.
Si no lo supiera, si no estuviera segura de ello, no lo estaría haciendo. Pero aquí estoy, con el corazón abierto, sólo para ti. Sólo a ti te lo daré: todo, todo lo que tengo, todo lo que soy y alguna vez fui.
Puede que nos volvamos a ver, quizá.

jueves, 13 de agosto de 2015

Los brazos que me sujetan.

Y sólo queda darte las gracias.
Gracias por todo lo que hiciste por mí, por lo que hicisteis; por no abandonarme jamás mientras iba dando tumbos a la deriva, sin más guía que vuestros brazos, esos que nunca dejaron que me alejara demasiado de la orilla.
No los merecía, lo sé, pero aún estaban allí cuando fui consciente de dónde me había metido. Hasta entonces sólo los rechacé, con palabras duras y discusiones que no venían a cuento, con llamadas sin respuesta y sonrisas de desdén. Cualquiera me habría abandonado, dado el panorama – de hecho, todos lo hicieron – pero vosotros no, y todavía no consigo comprender el por qué.
Supongo que soy lo suficientemente importante para vosotros, lo bastante valioso como para no desprenderos de mí ante la primera dificultad – o la segunda, o la tercera, o la sexta –. Resulta extraño, en realidad, y a la vez siento que este pensamiento me supera: ¿cómo puedo ser más importante para otros que para mí mismo? Maldita sea, ¡yo me habría ido hacía ya meses!
Ahora mismo, pienso que todo aquello era cierto: no soy particularmente guapo, y estas piernas esqueléticas no me abandonarán jamás; no soy el tipo más listo de la tierra, jamás conseguiré terminar un cubo de Rubik, ni hacer un regate medio decente; no creo que llegue a escribir un libro, ni un guion, ni nada que se le parezca; no me tiraré a Meghan Fox y, muy probablemente, mis ahorros no sobrepasarán nunca los 3000.
Pero soy un gran afortunado, lo sé. Porque soy un ser tremendamente querido, hasta tal punto que esa gente que me quiere haría grandes sacrificios por mí. Ese amor me abruma, me supera, creo que ni siquiera soy capaz de comprenderlo por completo. Estoy seguro de que no todos tienen lo mismo, pero yo sí.
Y por eso tengo que daros las gracias, a los dos. Por hacerme un hombre tremendamente afortunado; por protegerme las espaldas desde tiempos inmemoriales en los que jugábamos con pistolas de agua y espadas de madera; por ser mi apoyo ante todo y cuidarme pase lo que pase; por hacerme hablar como si os estuviera pidiendo matrimonio, cabrones.
Yo también os quiero, más que a nadie, en serio. Esto es correspondido.
Ahora sé lo que es tener hermanos, pero tenerlos de verdad: ahora sé lo que es estar unido a alguien por encima de todo, esa sensación de camaradería que siempre deseé experimentar. Es triste que haya tenido que descubrirlo tras lo que hice, tras mi adicción, pero al menos lo he hecho, aunque sea un consuelo muy pobre.
Ahora sé que es posible el perdón, ese que jamás creí poder conseguir. Y de nuevo, aquí, toca otro agradecimiento, por aceptar mis pobres consuelos y mis disculpas de una manera tan sincera – todos sabemos que el perdón falso no sirve de nada, no elimina el rencor –. Nadie ha podido dármelo, menos vosotros, y eso es algo que aún no puedo creer, no entiendo cómo podéis quererme tanto, no creía que algo así fuera posible.
Y, quizá esto lo más importante, ahora sé que no estoy solo. Sé que jamás lo estaré, y prometo que vosotros nunca sufriréis la soledad en la que yo temí haberme hundido. Os lo juro por lo que queráis: por el tiempo, por el valor, por la amistad. Aquí frente al mar os lo prometo: nunca os dejaré solos.

Gracias.

jueves, 23 de julio de 2015

Lo hermoso del cementerio.

El anciano notó cómo su pequeño nieto, que apenas le llegaba a la cintura, se estremecía junto a él. Bajó la mirada y le sorprendió observando la lápida con expresión triste, un poco pálido.
- Tom, ¿qué te ocurre?
- Esa gente está triste – el niño señaló la timba, con ojos llorosos – Están encerrados ahí abajo y no pueden salir, nunca podrán. Los muertos son tristes, este lugar es triste.
- Ey, Tommy, no llores – se acuclilló junto a él, y trató de secar las lágrimas que resbalaban por sus mejillas – No estés apenado, el cementerio no es un lugar triste, sino hermoso. Ven, te lo enseñaré.
Le cogió de la mano y logró que, tras unos segundos, caminara a su lado. Una ligera brisa revolvía su pelo y agitaba las flores yacientes ante las lápidas; lo cierto es que comprendía la visión lúgubre que tenía mucha gente sobre los cementerios – la piedra gris, el silencio, la certeza de estar caminando entre cuerpos sin vida – pero él lo encontraba hermoso, a su manera. Se detuvo junto a una de las tumbas, decorada con la foto de una anciana mujer.
- Mira Tom, esta es Judith, ¿ves cómo sonríe?
- Sí...
- Sonríe porque fue feliz en la vida, estoy seguro. Y mira cuántas flores, cada ramo es una persona querida, y aquí hay muchos. Todas esas personas quieren a Judith y, si ella los está viendo, debe de ser muy feliz sabiendo lo amada que es, ¿no crees?
- Ahá – un leve esbozo de sonrisa apareció en el rostro del niño – Pero abuelo, ¿y ese chico de ahí?
Tom señaló una lápida situada unos metros a la derecha. Grabada con el nombre de Matthew, mostraba la foto de un chico joven de gran sonrisa, apenas había llegado a cumplir veintitrés años.
- ¿Ese chico?
- Sí, él no es un viejito, es tan mayor como la prima. ¿No estará triste?, no va a poder ir a la universidad, ni casarse, ¡ni conducir un camión!; ¿no estará triste por haberse perdido tantas cosas?
- A lo mejor sí, hijo mío – no podía engañar a su nieto, una muerte a tan temprana edad nunca debería ocurrir – quizá sí esté triste por haberse perdido todo eso, es cierto, pero por eso mismo atesorará mucho más todos los recuerdos que sí pudo conservar. Y aprenderá a estar bien con ello, al igual que su familia, y todos terminarán siendo felices con los momentos que vivieron juntos, lo sé. No estés triste tampoco por él, aprenderá a reír de nuevo.
Durante un momento de silencio, Tom contempló todas las tumbas que le rodeaban: los nichos, las lápidas, las cientos de fotografías y flores, los ángeles y cruces cubriendo los huecos vacíos. Las lágrimas que antes habían ensuciado sus mejillas redondas habían desaparecido.
- ¿Toda esta gente aprenderá a reír?
- Claro. Judith y Matthew, y todos los demás. Es cierto que a algunos les costará más que a otros, pero el amor siempre perdura, y eso les ayudará. Por ello este es un lugar hermoso: porque, a pesar de todo, el cariño, los recuerdos, las historias felices, no desaparecen. Nunca desaparecerán, y sitios así nos lo recuerdan.
El niño sonrió ampliamente, esta vez convencido, y cogió de nuevo la mano a su abuelo. Juntos caminaron hacia la salida del cementerio, pero con el recuerdo perenne de aquel momento, de aquel día. Con la certeza de que el amor nunca muere.

martes, 30 de junio de 2015

Tal como soy.

Unas nubes grises cubrían el cielo, tiñendo de un triste tono apagado cada espacio en la tierra y envolviendo la atmósfera con el olor que presagia la tormenta. Los árboles del pequeño bosquecito situado al sur se agitaban con la brisa fría de la mañana, un deje del invierno volvía soñador y melancólico antes de dejar paso definitivamente a la primavera.
Lianne caminaba sin prisa, bajando por la ladera que separaba el palacio del río que cruzaba los jardines. Dejó que su cabello, de un descolorido dorado, bailase al viento y cerró por un momento los ojos, para sentir cómo el frío azotaba cada rincón de piel que su largo vestido rosado no llegaba a cubrir. Le habría gustado poder salir descalza, pero su madre no se lo había permitido.
Le gustaba aquel ambiente, ese tiempo invernal que inspira a los artistas a crear sus obras más profundas. Le gustaba cruzar los brazos y sentir cómo las mangas que envolvían sus brazos le proporcionaban calor, experimentando ese extraño placer que implica disfrutar del frío penetrante mientras al mismo tiempo intentamos protegernos de él. Le gustaba el agua, ver circular el río del jardín durante horas, sintiéndose en paz, deseando ser cualquiera de esas gotas que viaja tranquila y despreocupada hasta el mar que es su destino. Realmente le habría gustado ser agua: clara, hermosa y necesitada.
Por fin alcanzó la orilla, y se acurrucó sobre el césped, encogida sobre sí misma. Sí, de verdad le gustaría ser hermosa. No se consideraba bella, nunca lo había hecho: comparada con sus amigas, de ojos intensos y cabellos brillantes bajo la luz del sol, siempre se había visto empequeñecida, atormentada por su melena pálida y sus ojos que, aunque de un agradable azul, parecían opacos y herméticos al igual que el cielo encapotado, como tratando de esconder un alma que se escapaba por las miradas de las demás jóvenes.
Sin embargo, sabía que no estaba sola. Obviamente tenia amigas, y su familia y sus sirvientes estaban siempre a su lado; incluso, con sus quince años, ya había conocido a algún que otro pretendiente. Pero Lianne no podía olvidar quién era: la hija de un influyente duque, toda una figura de la nobleza.
Y como tal, tenía mucho que podía ser utilizado: las demás jóvenes tenían la oportunidad de mejorar su estatus gracias a su relación, y casarse con ella significaba una ventajosa alianza. No sería la primera vez que descubría que una amiga en realidad nunca la había querido, y que aparentaba ser un gran apoyo mientras hablaba mal de ella cuando no podía escuchar. Tampoco le resultaba extraña la sensación de ver cómo una dama de compañía en principio amigable se quejaba con su tía de su carácter tímido y sus pocas palabras. Lianne ya sabía lo que era ser traicionada, y en el fondo de su ser temía que cualquiera pudiera hacerlo.
Si sólo supiera que era querida por ser simplemente ella... con sus defectos y sus fallos, con todas aquellas cosas que la hacían diferente y especial a la vez. Ojalá supiera que alguien a su alrededor la apreciaba así, quizá se sentiría más segura, quizá no viviría permanentemente en la duda de preguntarse quién será el próximo en traicionar, quizá pudiera brillar.
Un leve chapoteo interrumpió sus pensamientos, sobresaltándola. Alarmada, alzó la mirada para contemplar cómo un pequeño cisne recorría las aguas grises del río, sin molestarse en mirarla. Sonrío al verle: aquellos animales siempre le habían recordado a su cuento favorito, El Patito Feo – de hecho, por ello su padre había encargado poblar sus aguas con dichos especímenes años atrás – haciéndole soñar sobre futuros acogedores y aquellos finales felices que tanto adoraba.
Siempre había pensado que su amor por aquel sencillo relato se debía a eso, al merecido final feliz del pobre cisne, pero con el paso de los años descubrió que aquello no era cierto: si había un motivo por el que el cuento se había alojado en su corazón, una única razón, esa era por la vida del cisne, por cómo había pasado de ser un animal triste y marginado por quienes no lo entendían a ser alguien querido, cuando encontró a aquellos que le valoraban.
Y eso mismo le ocurriría a ella, entendió de pronto. ¿Qué más daba si, por ahora, nadie la apreciaba tal y como era?, llegaría el momento, se prometió, en el que sería querida por ser ella misma, y no por representar un beneficio o por pura obligación. Llegaría un momento, si no lo había alcanzado ya, en el que pasaría de ser un patito feo a un bello cisne.
Las nubes parecían haber liberado en cierta medida el cielo, el frío se echaba para atrás, tímido ante el sol. Lianne recogió un mechón de su cabello tras la oreja y, sonriendo, subió por la ladera hacia el palacio.
Mientras tanto, el cisne continuó su camino. Sin inmutarse, tan majestuoso como siempre había sido.




martes, 19 de mayo de 2015

El día en que te pierda.

Sé que algún te perderé.
Sé que algún día te irás lejos, y volarás alto. Y sé que, en tu camino a las estrellas, olvidarás todo lo que te retiene aquí. No te lo reprocho, te lo mereces.
Pero antes de que te marches, tengo que decirte algo.
Quiero que seas fuerte, pequeña, más fuerte de lo que eres ahora, más fuerte de lo que yo seré jamás. No quiero que sufras, no quiero que tengas miedo, y quiero que sepas mirar hacia delante con la fuerza y la determinación de quien sabe que nada puede vencerle. Sé que lo lograrás, sé que serás así, porque todo lo que te ha intentado derrumbar no ha hecho más que convertirte en una persona más valiente, más grande. Tú eres como las rocas del acantilado, siempre firmes aunque el oleaje ataque con la fuerza de un titán, impasible ante el temporal, fuerte a pesar de todo... no sabes lo orgulloso que estoy de ti.
Creo que nunca te lo he dicho, quizá debí haberlo hecho antes. Cada día que te veo el orgullo me invade el pecho: eres lo mejor que he hecho en toda mi vida, el ser más bello que he hecho jamás. Cada vez que te veo, cada segundo en que mi vista abarca tu imagen, puedo ver tu inteligencia y tu humor, tu mirada observadora y tu amplia sonrisa. Eres idéntica a tu madre, y en tu rostro puede verse un pedacito de mí, creo que tu vida es lo mejor que me ha pasado, gracias por existir.
Quiero que sepas que te quiero, que te quiero mucho, que te quiero de verdad. Eres mi niña, y por eso siempre te voy a amar; me da igual dónde estés, o dónde esté yo. Nada podrá cambiar que eres parte de mí, sangre de mi sangre, ni la distancia más larga podrá cambiar que eres mi hija, lo que más quiero en este mundo.
Por eso sé que algún día te perderé, porque sé que querrás libre.
Por eso sé que te irás. Para volar libre, para ser tú.
Pero no siento pena. No estoy triste, no tengo miedo. Porque siempre te querré, siempre te llevaré conmigo aunque nos separen millones de kilómetros, siempre estarás en mi corazón al igual que yo espero estar contigo, el día en que te pierda.
El día en que te vayas lejos, el día en que vueles alto.

Sé feliz.

sábado, 9 de mayo de 2015

La última creyente.

El templo estaba lejos, pero eso no implicaba ningún impedimento. Con el paso del tiempo, Atenea había aprendido que adorar a sus dioses implicaba sacrificios y sufrimiento, y tener que caminar largos minutos hacia el monumento era el menor de todos ellos.
Por fin llegó hasta él. Procurando no tropezar en la cuesta que lo levantaba de los mortales – el último tramo de aquel pesado camino – alcanzó el pie del templo y se sentó a su lado, acariciando la piedra como si de un viejo amigo se tratara. Quizá no debería estar haciendo aquello, quizá la religión dictaba que era una ofensa... ¿pero qué importaba ya?
Nadie creía ya en los dioses. Nadie creía en la soberanía de Zeus, los marineros ya no temían a Poseidón cuando el mar se embravecía, las mujeres no se confiaban a Artemisa cuando traían al mundo a los frutos de su vientre, ya no se celebraba la llegada de Deméter en la primavera.
Estaba sola.
Ella siempre había creído en ellos, en cada uno de ellos. Durante toda su vida los estudió y les dedicó su devoción. Durante toda su vida acudió a los sacrificios que se celebraban; realizaba las ofrendas necesarias sin saltarse jamás ninguna; oraba a los dioses cada vez que algo disturbaba su calma, o incluso a veces sólo buscaba contactar con ellos; participaba en la medida de sus posibilidades en todas las fiestas y se las ingeniaba para siempre acudir a ver las obras teatrales dedicadas a Dionisio.
Había dedicado su vida, su espíritu, a ellos porque creía de verdad, de veras pensaba que sus amados dioses residían en el Olimpo, observando todos sus pasos y pendientes de lo que sucediera en la Tierra. Nunca lo había dudado, incluso viendo cómo la más antigua creencia griega se iba derrumbando, incluso presenciando cómo cada vez menos gente realizaba ofrendas, cómo las conversaciones sobre las deidades escaseaban cada día más, cómo, poco a poco, ella se iba convirtiendo en la última creyente.
Desde que el último resquicio de su religión se esfumó para siempre en el viento del olvido, habían pasado muchos años. Ante la presión, Aretha se había obligado a esconder sus verdaderas creencias, orando escondida entre las sombras, llorando lágrimas amargas cada vez que sentía la mirada reprobatoria de sus dioses. No podía recordar cuantas veces había soñado despierta, en cuantos momentos había deseado que todo volviera a ser como antes, que todos creyeran como ella, que todos la comprendieran.
Pero ya no le importaba.
Recostada contra la columna del templo, sintiendo cómo el frío de la piedra alcanzaba su piel, supo que le daba igual. Le daba igual estar sola, le daba igual ver cómo todos a su al rededor ignoraban a sus dioses, el hecho de tener que profesar su relación a escondidas ya no le afectaba.
Ella era la última creyente, eso era mucho más importante y grande que todos los demás.

En el horizonte, el Sol comenzó a esconderse, iluminando el ocaso el grandioso monumento, bañando su cuerpo en su luz. Cerró los ojos, sonriendo, una pequeña lágrima resbaló por su mejilla.

sábado, 25 de abril de 2015

Lo que necesitaba.

Yo soy la de la eterna tristeza.
La que no dice nada, la que no confía en nadie. La que se guarda sus penas para sí misma.
La que ya se ha acostumbrado a llorar, y hace mucho que dejó de hacerlo con la cara descubierta.
La que es de acero, porque todas sus desgracias la han obligado a serlo.
La que nunca puede más, hasta que un nuevo golpe la convence de lo contrario.
La que tiñe de sombras su mundo, la que ya no puede sonreír.
Yo soy aquella que vive en la oscuridad.
Y por eso me enamoré de ti.
Porque tú eres el único que consiguió atravesar el muro que me guarda.
Porque contigo cada vez lloro menos, porque ya no oculto mis penas.
Porque me demostraste que no tengo que soportar más, que ya he tenido suficiente, que puedo dejar de forzar mis límites.
Porque eres refugio, eres amor, eres la paz y serenidad que tanto he buscado siempre, y que nunca había encontrado.
Eres la luz en mi mundo, las palabras alegres, las sonrisas que oculto al mundo.
Eres todo lo que necesito, encerrado en una persona.
Eres mi salvación.
El color que devolvió la vida a la hija de las sombras.

Te amo.

sábado, 18 de abril de 2015

Saldrás adelante.

Deja de llorar, límpiate las lágrimas.
Ellos no merecen tus llantos, no merecen tu sufrimiento, no merecen tener el placer de destruirte mediante sus estúpidas pullas. Tú eres más fuerte que todos ellos.
Sí, lo eres, aunque ya no te lo creas. Yo sé que puedes con todo esto y con más, sé que te alzarás sobre todos ellos humillándoles en la sorpresa de verte volar. Sé que eres fuerte, resistente, y que todo esto no va a terminar con tu seguridad.
Confío en ti, cariño, y créeme cuando te digo que tú no serás una de esas personas débiles, una de esas que salen de aquí incapaces de saber quiénes son, de actuar conforme a ello, de valerse por sí mismas. Tú no perderás tu integridad, tu independencia, tú seguirás tu camino consciente de la realidad, consciente de que lo mejor no es lo que siempre te han hecho creer, aquello que todos ellos te han enseñado a admirar, sabiendo que nunca te lo van a conceder.
Serás más sabia, más valiente de lo que jamás has sido, y no te temblará la mano a la hora de despedirte de aquello que no te haga bien, a la hora de saber lo que te conviene y lo que no, a la hora de decidir conforme a la realidad, porque ya la has sufrido. Y sabrás valerte por ti misa, y serás independiente, sabiendo que hacer cosas sola no es ser una pringada, y serás fuerte, y no te hará falta la compañía de nadie para vivir, ni la aceptación del mundo entero para poder dormir por las noches, ni tendrás que seguir la corriente para sentirte bien.
Tú eres grande, tú eres fuerte, tú eres única e increíblemente especial; tú sobrevivirás y volarás, escaparás y pasarás por encima de todos los demás, saldrás de aquí, y serás mejor que nunca.
Eres fuerte, eres valiente, eres mejor que todos ellos.
Nunca lo dudes, aunque hoy no te lo creas. Yo sí lo sé, y con eso por ahora basta. Tú lo descubrirás, dentro de poco, y yo seguiré aquí para decirte lo orgullosa que estoy de ti.
Así que no llores, princesa, sécate esas lágrimas y levántate. Alza la cabeza, mira al frente, con esa seguridad que sé que tienes, con la fiereza de quien sabe defenderse.
Tú serás fuerte, tú serás la mejor, tú serás el ejemplo a seguir por quienes vienen detrás.
Sé que vales, lo sabrás.
Sigue adelante, princesa, ya falta poco. Y cuando esto acabe, todo será mucho mejor.

Te lo prometo.

sábado, 14 de marzo de 2015

Un nuevo comienzo.

De pronto, se encontró rodeado de luces y ruido. Los vehículos parecían volar sobre el asfalto a su lado y la gente recorría apresurada la calle, hablando entre sí mientras trataban inútilmente de avanzar a la par. Había gente que detestaba aquello, incluso puede que algunos de aquellos ciudadanos odiasen vivir así.
Pero él acababa de entrar en un sueño.
Desde pequeño había soñado con encontrarse allí, en medio de la gran ciudad rodeado de aquello por lo que tanto había luchado. Su vida hasta entonces giraba en torno al leve recuerdo de la silueta de la ciudad, las luces que parecían no apagarse nunca, los edificios de cristal tan altos como torres y aquel caos en el que interpretaba la más pura energía.
Había luchado muchísimo, había sacrificado libertad y comodidad con el único objetivo de llegar a convertirse en un ciudadano. Noches de estudio, horas de biblioteca y cientos de planes cancelados para, finalmente, poder ser admitido en una de las universidades de la ciudad y así salir del pequeño pueblo en el que había crecido, que tenía mucho menos que ofrecerle.
Sintió la libertad crecer en su alma e impidiéndole respirar, mientras devoraba con la mirada todos lo que encontraba a su paso: las plazas, los parques, los museos, las tiendas de todo tipo. No estaba acostumbrado a tanta opulencia; a las promesas de un territorio que insinuaba misterios en cada esquina; a tantas oportunidades y opciones al alcance de su mano.
Tanta cultura, tantas historias, tantos momentos, tanta vida... Nunca sentirse abrumado había sido tan placentero.
-          ¿Qué haces ahí parado? Vamos, ven, es ese edificio de allí – Alex era su nuevo compañero de piso, se habían conocido hacía dos horas, cuando maletas en mano había llegado a su nuevo hogar cerca de la universidad. Al notar su entusiasmo, éste le había propuesto enseñarle el lugar con las mejores vistas del lugar.
Esquivando a los últimos rezagados que corrían a comprar antes de que las tiendas terminasen su jornada, llegaron a las puertas de un hotel cuya opulencia intentaba demostrar que las cinco estrellas de las que gozaba eran justificadas. Cogieron el ascensor, donde el intento de pasar desapercibido de Alex contrastaba fuertemente su emoción papable, y llegaron a la última planta, a una altura inconcebible y fantasiosa a los ojos de los habitantes de su pueblo.
No se atrevió a mirar al horizonte mientras caminaban hacia la barrera de cristal. Todas las ilusiones resonaban con fuerza en su interior, y el temor a quedar decepcionado le atenazaba de tal manera que se sentía incapaz de retirar los ojos del asfalto. Sólo cuando su cuerpo golpeó la barandilla, cuando no le quedó otro remedio, elevó la mirada.
Supo que jamás podría olvidar aquella imagen. Un mar de calles y caminos se extendían bajo sus pies, como un laberíntico firmamento iluminado por los cientos de brillantes puntos luminosos que las recorrían; podía ver los coches, las personas, cuyos sonidos llegaban a sus oídos a pesar de la altitud; los enormes espacios verdes cubrían el terreno, comiendo espacio a la civilización; y los más altos edificios, que en la lejanía conformaban la silueta de la ciudad, luchaban desesperados por alcanzar el cielo del atardecer.
Sintió como la emoción le embargaba, tuvo que esforzarse para retener las lágrimas.

Su sueño por fin cumplido, el futuro siempre deseado convertido en presente, un nuevo comienzo a sus pies.

sábado, 28 de febrero de 2015

Te quiero, Nija.

No sabes lo que tienes, hasta que lo pierdes.
Yo no creía en esas cosas, nunca pensé que fueran ciertas. Vivía sumida en la convicción de que no eran más que cuentos con los que asustar a los niños que se portan mal, amenazándoles con futuros de pérdida y dolor para lograr que dejaran de llorar o increpar a sus padres. Estaba convencida de que todo era mentira.
Pero ya no.
Nija me amaba, y yo a él, pero era complicado. Nos conocimos hace un par de años, durante una de las recepciones de mi madre. Recuerdo lo que pensé al verle, cómo me sorprendió que un simple camarero, vestido como todos los demás, pudiera destacar tanto ya no sólo entre el servicio, sino entre todos los demás caballeros elegantemente vestidos del salón de baile. Era tan frívola entonces... pero él me ayudó a cambiar.
Esa noche empezamos a hablar, aún no entiendo cómo tuvo el valor de acercarse a mí, dada su condición, pero me hablaba en cada esquina, en cada momento ciego en el que nadie podría reparar en nosotros. En ese momento debería haberme callado, haberle rechazado, pero quedé prendida en sus ojos negros, y ya no pude escapar de ellos.
Aquel día todo empezó. Al terminar la velada, conseguimos escaparnos al jardín y nos declaramos amor eterno bajo la luz de la luna. Supimos que sería difícil, no éramos tontos, pero decidimos intentarlo con la convicción de quien ha encontrado al amor de su vida, y no piensa dejarlo marchar.
Fueron pasando los meses, y nuestra relación creció entre fugas, mentiras y encuentros furtivos en medio de los servicios que obligaba a mis padres a solicitar. Salir adelante no parecía tan complicado, al fin y al cabo, y en nuestras mentes comenzaron a surgir planes de futuro, en los que nos casábamos junto al acantilado para formar una familia llena de bellos niños que llevaban sus ojos y sus labios. Ser pobre ya me daba igual, tan llena de amor y de felicidad como estaba, convencida de que ningún lujo del mundo podría compararse jamás con Nija. Ojalá hubiera estado tan segura como creía, nada de esto habría sucedido.
Me pidió matrimonio una tarde de tormenta, sentados en mi habitación. La cajita no estaba vacía, dentro se encontraba el anillo de pedida que su padre le había regalado a su madre el día que se le declaró. No era nada del otro mundo, un pequeño diamante engarzado en una fina línea dorada, pero me encantó. Entre lágrimas le dije que sí, y le besé.
Jamás le había besado así, sus labios se volvieron mágicos, hechizantes y despertaron un deseo en mi interior que se deslizó hacia todos los lugares de mi cuerpo, reclamando su presencia. Recuerdo perfectamente cada beso, cada suspiro, cada caricia que ardía en mi piel en un vago intento por calmar su necesidad.
Hicimos el amor iluminados por los rayos; suspirando gemidos acallados por el sonido de la lluvia contra la ventana; besándonos con la locura de los fugitivos y el cariño de los enamorados; suave y tímido al principio, apasionado después; cuando llegamos al clímax, juntos, no pudimos hacer más que abrazarnos, contemplando la sortija que brillaba orgullosa en mi dedo.
Ni siquiera nos dimos cuenta de que la puerta principal se abría, no nos percatamos de los pasos que subían por las escaleras y, para cuando mi padre abrió la puerta, continuábamos abrazados en la cama.
Entró en cólera, y cada palabra que pronunciábamos defendiendo nuestro amor le enfurecía más. No nos pegó, a ninguno de los dos, pero tenía un plan más frío y cruel. Antes de echar a Nija de mi habitación y de mi hogar me dio a elegir: tenía total libertad para casarme con mi amado, y vivir una larga vida a su lado, pero a cambio debía renunciar a todo lo que tenía, todos mis bienes, mis posesiones, mis lujos y comodidades.
Ante la cercanía de la decisión final, toda la convicción que había creído tener durante esos meses se desvaneció. Sin poder mirar a Nija a los ojos, finalmente decidí renunciar a él.
Apenas puedo recordar con claridad lo que sucedió entonces, y hoy en mi memoria sólo puedo retener la expresión de malvado placer de mi padre al quitarme el anillo, la larga noche que pasé llorando y las últimas palabras que Nija me dedicó.
“Te quiero, Mada, te echaré de menos”.
A la mañana siguiente, supe que se había suicidado.
Casi dos meses después, me arrodillo frente a su tumba, con el corazón marchito y la mirada anegada de lágrimas amargas que no dejan de brotar, recordándome que soy la única responsable de esta situación. Echándome la culpa por mi egoísta decisión, repitiendo en mi mente mis pecados, aquellos que trajeron el desastre.
Cómo pude ser tan tonta... jamás lo merecí, jamás fui digna de Nija, por mucho que intentara convencerme de lo contrario, no merezco vivir.
Ante el pensamiento, algo en mi mente me devuelve a la realidad, haciendo que note a la pequeña criatura que es mi bebé dentro de mí. Puede que a su padre no me lo mereciera, pero lucharé por redimir mis pecados cuidando de mi pequeña.
Es una niña, lo sé, siempre supimos que nuestro primer bebé sería una hermosa mujercita. Y yo sé que tendrá sus ojos, y sus labios, y toda la valentía que poseía y de la que yo carezco. Sé que será digna de su padre, y que se llamará Weronikia, como él quería.
Es una noche de tormenta, como el día en que la concebimos, y las primeras gotas comienzan a notarse en la lápida de mi amado, que recta e impasible contempla el mundo sin temor, llena de orgullo y dignidad.
Recojo mi hatillo y me lo echo al hombro mientras salgo del cementerio. Mi padre me ha echado de casa, pues no pienso renunciar a mi bebé, pero ya no me importa. Esto es lo que debí haber hecho hace dos meses, pero para lo que no tuve el valor; el paso que debí haber dado junto a mi verdadero amor; la solución que habría esfumado mi pena.
Estoy sola, pero lo llevaré conmigo. Que mi llanto recuerde su rostro, que en mi mente viva siempre él.

Te quiero, Nija, te echaré de menos.

sábado, 14 de febrero de 2015

Valeria.

Sabrás quién es ella.
Su nombre es Valeria, la luz de la ciudad, la pasión de la vida, la energía de la juventud.
Recorre las calles de la ciudad con una canción en su corazón, liviana y ligera, volando por Lisboa como si no le hiciera falta mirar por donde va.
Ella es luz, es energía, es la pasión bohemia de quien no tiene nada que perder. Y nunca pierde nada, y vive a su ritmo, y explora la ciudad como una niña que busca hadas al atardecer, curiosa y activa, con una sonrisa brillando en su rostro.
La sonrisa que jamás desaparece, pues nunca deja de ser feliz. Y cuando las cosas se ponen feas, cuando no merece la pena ver el mundo, se pone a leer. Lee y lee horas seguidas, durante días, sumergiéndose en increíbles aventuras y memorables historias de amor, hasta que la vida vuelve a ser color.
Y cena bajo la luna y pinta al amanecer, y escribe sobre magia y amistad y baila descalza por el piso. Ilumina al mundo con su sonrisa, marcando la existencia de quienes la conocen, pues nadie puede olvidar a la joven muchacha de las estrellas en la mirada.
Y corre hacia el mar bajo la luz del sol, y de camino, en su Vespa con el cabello bailando en el viento, grita al cielo que es libre. Y ríe a carcajadas, para demostrar a quienes le rodean que es feliz, para que quienes la observan desde arriba se sientan orgullosos de ella, pues sale adelante y lleva en el alma los recuerdos de todos ellos.
Y juega en la arena, y lee mientras camina, y ríe y salta y hace el amor. Desborda vida allá a donde va y embelesa a los hombres tras sus pasos, y sonríe y coquetea sin miedo para hacerlos suyos en el suelo de la terraza, mientras deja que las estrellas la iluminen y el viento sople sobre sus cuerpos.
Y no se avergüenza, jamás se sonroja. Y come con las manos y da volteretas sobre el asfalto, y se muestra sin complejos y no se deja intimidar. Nada puede con ella, nadie puede apagarla, porque por mucha agua que halla, su fuego no se extingue.
Y es ella, sólo ella, mientras corre por la ciudad haciendo que su voz resuene en las casas, jugando a ser perseguida mientras la risa se le escapa por la garganta y su falda baila en torno a sus piernas. Sin miedo, sin llanto, sin nada que temer.
Libertad, juventud, alegría; la reina de la ciudad, la princesa del deseo, el canto a la vida.
La que da vida a la ciudad, la que da nombre al amor. La que lo marca todo a su paso y hace la historia de la vida en las calles.
Sabrás quien es ella.

Se llama Valeria.

miércoles, 11 de febrero de 2015

La mirada del cuervo.

El cuervo sigue ahí, apoyado en el poste, impertérrito e inmóvil.
La aldea le teme, le odia. Su presencia implica mala suerte y su graznido atrae a las ánimas muertas que claman desconsoladas desde sus tumbas; nadie le quiere allí, pero él no se va a marchar.
Porque tiene que vigilarla a ella, tiene que proteger a Chloe.
Ella le quiere, pues sabe que puede dormir tranquila mientras que él vele por ella. Lo hace desde que era apenas una niña, una pequeña criatura que trataba de huir del frío acurrucándose junto a rincones llenos de basura y rogando una mísera limosna sin que la gente se compadeciera de harapo sucio que era su vestido.
Tenía casi cinco años cuando la encontró. Era un día inhóspito y frío, y hacía días que la nieve rondaba por las calles sin descanso. Tras haberse pasado horas pidiendo sin apenas resultados, Chloe se dirigió al fondo del callejón más acogedor que pudo encontrar y se acurrucó en una esquina, sintiendo cómo el frío la inmovilizaba sin que el resguardo de la pared pudiera hacer nada por ella.
Jamás se había encontrado tan mal, tan débil. El frío entumecía sus miembros, que ya no podían ni temblar; apenas alcanzaba a mover los labios y abrirlos era un logro del que había desistido hacía mucho; se notaba la cara hinchada y los labios cortados, la piel tan fría como el hielo; ni siquiera era ya capaz de percatarse del hambre que tanto la había torturado en las últimas horas. De algún modo, supo que iba a morir, y no le dio miedo, por fin se acabaría aquella tortura. Cerró los ojos.
Pero volvió a abrirlos, para descubrir con sorpresa que una gruesa manta cubría su cuerpo dándole calor y que alguien había rodeado su silueta de botellas de alcohol. Aturdida como se encontraba, al principio no se planteó quién habría obrado así, hasta que unos golpes sordos junto a su cabeza la sobresaltaron.
Era un cuervo. De plumas brillantes y oscuras como el carbón, picoteaba el cristal de una de las botellas cada vez más rápido, tratando de llamar su atención. De un modo instintivo, la niña cogió el recipiente y bebió con la naturalidad del que ya ha hecho algo más de una vez, sintiendo cómo el líquido, a pesar del gusto amargo, le proporcionaba el calor que tanto necesitaba.
Entonces supo que era él quien había hecho todo aquello, quien la había cubierto con la manta y la había rodeado de todas aquellas botellas sabiendo, de algún modo, que le harían bien.  No sintió miedo, sin embargo: su madre le había enseñado, antes de morir, que no debía temer a los cuervos pues, al contrario de lo que se solía pensar, ellos siempre cuidan de los que deben. Y ella era su protegida, desde entonces y hasta el fin de sus días.
De este modo, le acogió con los brazos abiertos, como a un viejo amigo, y se prometió mantenerle siempre a su lado. Le cuidó, le quiso, y a cambió recibió su constante protección y todas las comodidades que el ave pudo proporcionarle.
Han pasado los años, y nada queda de la pobre niña vestida con harapos que soñaba con un trozo de pan que saciara su hambre; nadie podría reconocer a Chloe ahora, convertida en una bella dama doce años después. Fuerte y sana, camina por las calles sin que el sufrimiento haga mella en su pálido rostro; viste con hermosos vestidos que, en las noches de invierno, cubren con capuchas la cabeza de su portadora, para que nunca más encuentre en el invierno su muerte; se siente segura, sabiendo que ya no está sola en medio de la triste ciudad; y, aunque sigue durmiendo en la calle, no tiene miedo, sabe que no le ocurrirá nada mientras su cuervo protector siga con ella.

Mientras sienta su mirada sobre ella, mientras que sus graznidos sigan escuchándose por la ciudad, espantando cualquier desgracia que quiera hacerle daño.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Adelante.

Sé que el camino es largo, pero no puedes rendirte.
Ya has avanzado mucho, no estás lejos de la meta. No puedes rendirte ahora, has hecho demasiado esfuerzo como para abandonar, no puedes permitírtelo.
Sigue así, continúa hacia delante. Puedes caer, pero levántate de inmediato y jamás te detengas. La meta es sólo para los mejores, y tú lo eres, debes estar ahí.
Eres fuerte, eres valiente, eres es el mejor de todos ellos. No permitiré que pierdas, no puedes dejar que te pasen por encima, porque tú eres superior, lo supe desde el primer momento en que te vi, y no mereces ser olvidado.
Y no te engañes, sólo el vencedor podrá vivir para siempre en la memoria de la gente. Los demás terminan siendo parte del olvido, de las brumas de un pasado que nadie se molesta en rememorar; todos ellos no serán nadie, pero tú serás alguien, el que los derrotará a todos, el legendario vencedor que pasará a la historia.
Así que continúa hacia delante, mi pequeño. No te rindas, no caigas, no dejes que nadie te deje atrás. Sólo puede quedar un vencedor, el mejor de todos, y ese eres tú. Tus contrincantes no son más que insectos comparados contigo, así que ya sabes lo que tienes que hacer:
Alza el vuelo, llega hasta el final, supéralos a todos.
Que tu nombre quede grabado en la historia, que tu persona protagonice leyendas, que tu legado llegue a todos los rincones del mundo.
Sólo tú te lo mereces, jamás lo olvides.

Mi gran campeón.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Medium.

Puedo ver a los muertos.
Nunca se lo he dicho a nadie, porque no me creerían, con el paso del tiempo he aprendido que la gente no entiende lo que hago. Los muertos les dan miedo, porque piensan que son crueles y peligrosos.
Pero no es así.
Son agradables, simpáticos, pero la mayoría están muy tristes. Desde que mueren vagan solos, sin otra cosa que hacer más que contemplar el mundo que se desarrolla a su alrededor y soñar con alguien con quien por fin puedan hablar.
Yo soy ese alguien y, cuando me encuentran, se alegran muchísimo. Muchos de ellos llevan siglos solos y tienen cientos de historias interesantes que contarme. A mí no me importa escucharlas, me encanta conocer historias y gente nueva... aunque esté muerta.
La verdad es que no tengo muchos amigos vivos. La gente de mi edad suele pensar que soy rara y a menudo el brillo de mis ojos, que parece de estrellas, les resulta demasiado extraño y se alejan de mí. Pero yo estoy bien, soy feliz en mi universo lleno de cosas que nunca se mantienen igual. Me gustan los cambios, hacen la vida interesante, y me gusta la gente con la que estoy, aunque los demás no puedan verla.

Lo importante es que yo sí, y no me arrepiento de ello.



Siento haber tardado tanto en escribir algo más o menos decente, pero comienzan los exámenes y no tengo otro remedio que montarme intensivos de estudio, lo siento. Os quiero.