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viernes, 10 de junio de 2016

Charlie Charlie.

Hace bastante tiempo que conozco este reto, el famoso "Charlie Charlie". Para quienes no sepan en qué consiste, la idea es colocar dos lápices en forma de cruz en una hoja de papel distribuida de la forma en que se ve la imágen. Se supone que tú haces preguntas a Charlie y él moverá el lápiz superior hacia la casilla del sí o la del no, respondiendo a tu cuestión. 
Sinceramente, a pesar de lo susceptible que puedo llegar a ser, nunca he creído en este reto, pero aquí os traigo el relato que me inspiró el juego.
Espero que os guste.


Se sentó lentamente frente al folio, como pidiéndole permiso para estar allí.
En el fondo, se sentía muy estúpida por estar haciendo aquello, por sentirse tan intimidada ante una simple hoja de papel que, obviamente, no le iba a hacer nada. Sus amigos la habían desafiado a llevar a cabo ese reto, ese juego tonto que había surgido no sabía bien cómo y se había hecho famoso por motivos que desconocía aún más.
“Charlie Charlie”, lo llamaban. Hacía una semana Cristina dijo que ella lo había hecho la noche anterior, y que el lápiz del tablero se había movido sin que lo tocara. Todos se rieron, siguiéndole el cuento, pero Marta fue la única que argumentó por qué ese juego era una pérdida de tiempo. Se podría decir que su opinión no triunfó, y a los pocos minutos ya había accedido a hacerlo por sí misma.
¿Qué otra opción tenía? Si se echaba atrás, sus amigos la tacharían de cobarde durante toda la vida. No podía permitir eso.
Respirando hondo, cogió un par de lápices de su estuche, y los dispuso sobre el folio tal y como había visto hacerlo tantas veces. Notó cómo le temblaban las manos, cómo tardó varios segundos en poder acomodar un lápiz sobre el otro, incluso fue consciente de los gritos de su subconsciente rogándole que olvidara aquello y simplemente aceptara que no era capaz.
Pero no podía rendirse, no podía simplemente dejarlo pasar. Cristina se había reído de ella, sus amigos se habían reído de ella, y si ahora se echaba atrás sólo traicionaría su opinión de que aquello era tan sobrenatural como podía serlo su gato.
Sin embargo allí sentada, contemplando intimidada el tablero, se preguntó si de verdad estaba en lo correcto.
Le llevó varios minutos reunir el valor para realizar la primera pregunta, e incluso entonces le costó conseguir que de su boca saliera algún sonido. Sólo tras un largo rato  puedo susurrar la frase con la que tenía que empezar a jugar.
- Charlie Charlie, ¿estás ahí?
Sintió cómo su estómago se encogía durante un segundo, cómo los latidos de su corazón le retumbaban en los oídos tras una breve pausa en tensión. Pero el lápiz no se movió.
Aliviada, dejó escapar un largo suspiro mientras se relajaba en su asiento. Ella tenía razón, mañana nadie podría replicarle en la escuela.
De pronto, sintió cómo alguien se situaba a su espalda, a pesar de no haber escuchado pasos entrar en la habitación. Pudo sentir el frío de su cuerpo, su respiración calmada, el aire moverse en torno a él.

- Sí.


viernes, 1 de abril de 2016

Susan.

Entro en mi cuarto y me tiro en la cama. Lanzo la mochila a cualquier parte, ni siquiera me molesto en quitarme los zapatos. Me encuentro demasiado mal como para reparar en nada, sólo quiero llorar; me encojo sobre mí misma y comienzo a sollozar, dejando que el sonido de mi llanto quede ahogado contra el colchón.
- Enid, ¿qué ocurre? – reconozco la voz de Susan, pero no tengo fuerzas para levantar la cabeza y mirarla.
- Thomas.
- ¿Te ha vuelto a decir algo malo?
Intento responderla, pero los sollozos no me dejan hablar. Tardo un poco en tranquilizarme, pero ella espera paciente, sin moverse del lugar donde está.
- Me ha dicho que soy rara. – mi voz tiembla y las lágrimas luchan por seguir resbalando por mi rostro, pero consigo reponerme – Me ha dicho que soy fea y extraña, que nadie me quiere. Dice que estaré siempre sola y que no tengo amigos. Ha sido muy malo.
- Pero tonta, no le hagas caso. Tú sabes que no estás sola, me tienes a mí. Yo soy tu amiga.
- Lo sé Susan. Pero tú no puedes venir conmigo al colegio. Allí no tengo a nadie, y Thomas me dice esas cosas tan feas… No puedo más, no quiero ir más a ese colegio. – un par de lágrimas se escapan de mis ojos, tardo unos segundos en poder volver a hablar – ¿Qué puedo hacer? Por favor, ayúdame.
Susan se queda callada de pronto y temo haberla enfadado. Lentamente, me recoloco sobre la cama y la miro, expectante.
- ¿Susan?
- Un segundo, estoy pensando.
Espero, pero no dejo de mirarla. Justo mientras me seco las lágrimas, ella gira la cabeza y me mira. Sus ojos cristalinos pueden resultar vacíos, pero yo percibo algo más en ellos; sus labios, situados sobre una piel blanca y brillante como la porcelana, no se mueven cuando me habla.
- Se me ocurre… que podrías matarlo.

viernes, 25 de marzo de 2016

Tres hermanas.

Las tres hermanas se acercaron al claro, arropadas por el frío viento que circulaba en el lugar. Presente fue la última en aparecer, certera en sus pasos a pesar de la niebla que cubría su mirada. Se sitúo frente a las otras dos, a una distancia prudencial que permitía formar un enorme círculo entre ellas.
- Otro año más, de nuevo juntas – Futuro fue la primera en hablar, con el rostro cubierto por el pesado velo blanco que marcaba su virginidad –  ¿Cómo estáis, hermanas? ¿Cómo os ha tratado la eternidad?
- No demasiado mal – Pasado respondió, aunque la boca que debía estar en su rostro se encontraba sustituida por lisa y fina piel – La gente habla, me evita, pero ellos no son más que hormigas en mi camino, ¿por qué debería importarme?
- Llevas razón, Pasado. No deberíamos preocuparnos por lo que esos brutos y sucios humanos piensen de nosotros.
Una risa sorda, surgida de los cuerpos de Futuro y Pasado, inundó el espacio. Sin embargo, Presente no las acompañó, jugando distraída con sus huesudas y largas manos. Un fino hilo dorado surgió entre ellas, como luchando por aportar un poco de vida a su apariencia albina y frágil.
- ¿Por qué lo hacen? – levantó el rostro hacia sus hermanas, con la tristeza reflejada en sus rasgos – ¿Por qué nos odian todos?
- Porque es natural, Presente – Futuro la miró con desdén, como rindiéndose ante la imposibilidad de que su hermana pudiera decir algo inteligente por una vez – Ellos nos temen, se encuentra en su naturaleza. Su mente limitada no puede comprendernos, y por eso huyen de nosotras. Nosotras somos la muerte, no son capaces de amarnos, ¿cuándo llegarás a entenderlo?
Un silencio incómodo surgió entre las tres, nacido de la tensión de un enfrentamiento que nunca se produciría. Este se prolongó hasta que Futuro bajó la mirada y vio el hilo dorado que se había generado entre las manos de su hermana. La sonrisa que esbozó entrañaba tanta maldad, que hasta el más valeroso de los guerreros habría huido presa del pánico.
- ¿Qué es eso que sostienes, una nueva vida? No podemos dejarla así, si ha venido hasta nosotras, por algo es. Alcánzame las tijeras, Pasado, quiero cortarla yo.
Unas largas tijeras dañadas por el uso aparecieron ante la figura de la hermana menor, que las cogió y las colocó en las manos de la otra. Ella las aceptó con un estremecimiento de placer y, muy despacio, se acercó hasta el hilo dorado, que obligó a Presente a tensar. Lentamente acercó las tijeras hacia él, y las mantuvo quietas sobre el mismo durante un momento.
Un dulce suspiro se escapó de sus labios. Con un leve chasquido, cortó el hilo.

viernes, 4 de marzo de 2016

La canción de Inés.

Tan sólo han pasado cuatro meses desde que mi hermana murió, pero ya parece una eternidad.
No sé por qué al resto del mundo no se lo parece, no entiendo por qué a mis padres se les ha pasado el tiempo volando o por qué mi abuela casi podría afirmar que fue ayer. No entiendo por qué yo soy diferente.
Bueno, quizá se por la culpa. La mañana que ocurrió yo debía haber estado con ella: mis pdres salieron y me encargaron vigilarla. Sólo tenía seis años, aún era una cría, pero yo pensé que no ocurriría nada por no pasar todo el día detrás de ella y me quedé dormido. Fueron sólo veinte minutos, lo tenía controlado, creí que todo estaría bien.
Yo tengo la culpa.
Inés salió al jardín mientras dormía, aburrida, y supongo que se puso a jugar cerca de la piscina. Se cayó dentro y, por algún motivo que no comprendo, no logró salir a la superficie. Mi hermana se ahogó mientras yo dormía, seguramente pensando en nuestra canción, en la nana que siempre le cantaba.
Con la que le decía que todo iría bien, con la que le decía que estaría segura.
Soy un ser horrible, sólo yo tengo la culpa.
Debo de estar volviéndome loco, no es posible que esté escuchando en mi cabeza la voz de Inés entonando la nana.
Aunque la otra posibilidad es mucho peor. Prestando atención es obvio que el sonido viene de mi habitación.
No quiero entrar, tengo demasiado miedo para hacerlo, pero mis piernas me dirigen hacia allí sin plantearse obedecer a mis deseos. La puerta cerrada prácticamente se abre sola bajo la débil presión de mis dedos.
El suelo está encharcado, y produzco un leve chapoteo al entrar mientras la voz de la niña dirige mi atención hacia la cama.
Ella está sentada encima, dándome la espalda. Las gotas de agua resbalan por sus rizos empapados y caen sobre las sábanas, creando un charco enorme en el colchón, no para de cantar.

¿Inés?

viernes, 19 de febrero de 2016

El flautista.

- Señora Kleiber, no llore…
La mujer la miró desde el banco con los ojos anegados en lágrimas. En sus manos temblorosas sostenía una descolorida cinta, bastante cuidada a pesar del tiempo que había pasado por ella.
- Mi Liese, mi pobre Liese…
- Lo sé, lo sé. Aún no podemos afirmar que le haya pasado nada así que por favor, no se preocupe tanto.
- Pero, ¿y si ese demonio le ha hecho algo?
- Entonces pagará por ello.
No fue consuelo suficiente, y ella volvió a ocultar la cara entre las manos para seguir sollozando. Dagna suspiró, y se encaminó hacia el fondo de la habitación, donde ya no podía cruzarse con los familiares de los niños desaparecidos. Allí se encontró con Adler, mesándose distraído la larga barba pelirroja, la saludó con una sonrisa triste.
- Es horrible, tanto sufrimiento… Nunca había visto a tanta gente llorando en un mismo lugar.
- Normal, ¿qué esperabas? Ciento treinta niños… parece imposible de creer.
- ¿Crees que ha sido él?
- Espero que no. No quiero saber que hay en este mundo gente capaz de cometer tales atrocidades.
Dagna se sentó junto a él, tras los cientos de bancos que los encargados habían  conseguido a duras penas meter dentro de la sala del juicio. Se escuchaban lamentos y sollozos, gritos y jadeos de angustia. Pudo reconocer al padre de Burke y a la abuela de Egmont, el cabello dorado de la hermana de Brunhilde le hizo recordar las trenzas que a la niña le encantaba hacerse para salir a jugar.
- Dicen que les ha asfixiado, que tiene escondidos sus cuerpos en algún lugar.
- Por favor, no sigas.
- ¿Cómo ha podido hacer algo así?
- No lo sé. ¡Por favor, cállate!
Sobresaltada, le miró de nuevo, asustada de pronto por el tono fiero de sus palabras. Los ojos de su amigo delataban que estaba a punto de echarse a llorar, y comprendió que no debía haber llegado tan lejos en sus hipótesis. Sólo pudo susurrar una leve disculpa mientras agachaba la cabeza, mirando al suelo.
No quería estar allí, pero todo el pueblo había sido solicitado para acudir al juicio: Dos meses atrás un misterioso músico ambulante había llegado al pueblo, cargando con él una hermosa flauta con la que había hecho por una tarde las delicias de todos los aldeanos. Bailaron, cantaron y se divirtieron muchísimo hasta el punto en que, al volver a casa, nadie se dio cuenta de que más de un centenar de los niños de la aldea habían desaparecido. A la mañana siguiente no había rastro de ellos, ni del flautista, y nadie volvió a tener noticias suyas hasta que los zapatos de uno de los niños fueron encontrados, rotos y llenos de barro, en mitad de un bosque cercano. Encontraron al flautista al día siguiente, decían que confesó haberles matado.
No quería creérselo, no deseaba volver a mirar el rostro de aquel horrible hombre, pero no tenía otra opción y necesitaba conocer de primera mano el destino que habían sufrido aquellas pobres criaturas. Sólo esperaba no sufrir demasiado, sólo quería que todo eso pasara rápido.
Las puertas de la sala se abrieron con un sonoro golpe, provocando el silencio de todos los que se encontraban dentro. El juez, un anciano y rechoncho hombre, pasó primero dando grandes zancadas y, una vez que se hubo sentado en el amplio escritorio frente a los bancos, una voz anunció la entrada del flautista acusado.
Dagna nunca olvidaría aquel momento. El joven no tendría más de treinta años, y su cuerpo pálido y delgado no anunciaba la presencia de un hombre peligroso; su cabello lacio y castaño se balanceaba mientras caminaba, y su ademán desgarbado demostraba que no sentía miedo. Se sentó frente al juez con tanta naturalidad como si fuera a encontrarse con un viejo amigo, el anciano tardó en reaccionar.
- El pueblo de Hamelín le acusa del secuestro y asesinato de ciento treinta niños nacidos entre estas fronteras. ¿Cómo se declara el acusado?
No respondió a la pregunta de inmediato, y por alguna razón nadie se atrevió a forzarle a hacerlo. Lentamente se dio media vuelta en la silla, mirando a la cara a todos los presentes en el juicio. Una sonrisa lobuna se dibujó en su rostro justo antes de responder.
- Culpable.

martes, 29 de diciembre de 2015

El regalo.

Zyra observó al hombre, tan alto que se vio obligada a levantar de manera incómoda la cabeza para poder mirarle a los ojos.
- Mamá dice que no debo hablar con desconocidos.
- ¿Yo soy un desconocido, pequeña?
- Sí.
- Lo desconocido da miedo, ¿te doy miedo?
La niña lo pensó: las ropas negras del hombre parecían extenderse a su alrededor, creando una atmósfera oscura que se balanceaba en torno a él; su piel pálida parecía sucia, como el mármol que no se ha lavado jamás; su rostro no reflejaba simpatía ni dulzura, sino la insinuación de una verdad que nadie quiere conocer, Sin embargo, no tenía miedo.
- No.
- Entonces, no soy un desconocido – se acuclilló junto a ella y su sonrisa mostró unos dientes sucios y demacrados.
Zyra, ajena a eso, sonrió a su vez, pero el sonido de la risa de su madre en la lejanía le hizo mirar hacia atrás.
- Tengo que volver, antes de que mi mamá se asuste.
La sonrisa del señor desapareció y, mientras se levantaba de nuevo, el abatimiento se asentó en sus rasgos.
- Está bien – dijo sin embargo – pero, ¿querrías llevarte esta rosa como recuerdo? – por arte de magia, hizo aparecer una hermosa rosa roja entre sus largas manos.
- ¡Sí, claro! – el rostro de Zyra se iluminó de emoción y, en su entusiasmo, estuvo a punto de arrebatarle la flor – Muchas gracias.
Se dio la vuelta y, brincando, empezó a alejarse del porche. En un momento, se giró para despedirse por última vez y, asombrada, vio cómo el rostro del caballero se suavizaba notablemente, transformando su apariencia tenebrosa en otra más serena.
- ¿Por qué antes parecías un monstruo y ahora un ser feliz?
El hombre sonrió dulcemente.
- Quizá, porque nadie nunca antes había aceptado mi flor.

domingo, 27 de diciembre de 2015

La reina del hielo.

El día que la Reina murió, en el reino de las dunas y el sol comenzó a nevar.
Nadie allí había visto nevar nunca, y el temor se apoderó de todos. Horrorizados, observaron cómo el polvo blanco cubría sus plantaciones y su arena, transformando el calor en frío y atrayendo la perspectiva de un repentino futuro desconocido que, en su novedad, sólo auguraba muerte y ruina.
Es una maldición, pensaron. Una maldición por no haber cuidado mejor a la Reina; por haber permitido que falleciera presa de aquella extraña enfermedad que congelaba su cuerpo y hacía temblar sus miembros. El pueblo lloró arrepentido, viendo desesperanzado cómo su mundo se iba haciendo cada vez más blanco.
En medio del desastre, sin embargo, surgió la idea de una última oportunidad de salvación, de realizar una penitencia para recuperar aquella normalidad que tan repentinamente había visto arrebatada. Así, todo el reino se congregó en el funeral de su soberana,  que parecía aguardarles dormida y serena en su féretro de cristal.
Con los ojos cerrados, su sonrisa había desaparecido.
En vida, la Reina nunca había dejado de sonreír: en cualquier evento, en cualquier situación, ella siempre había mostrado una sonrisa que se alojaba en su mirada cuando su rostro debía mostrar solemnidad.
Esta vez no vieron nada, y la tristeza de saber perdido algo tan valioso llegó a superar la angustia de la población. Cabizbajos, los habitantes allí reunidos comenzaron a organizarse para depositar sus ofrendas y regalos junto al cuerpo de la Reina. Se encontraban allí los mejores productos y manjares de todo el reino: telas delicadas y preciosas, hermosas flores, todo un banquete distribuido en pequeñas bandejas. La gente se había esforzado en dar allí lo mejor de sí mismos.
Pero lo que en origen había sido una desesperada súplica de perdón, ahora era un acto de condolencia.
Cuando el primer hombre fue a entregar su regalo, la nieve comenzó a derretirse. El blanco se esfumó deprisa, tan diligente y eficaz como había llegado; el frío dio paso al calor de nuevo, pero extinguió en su transición el matiz abrasador que solía subyugarles; los ríos crecieron y renovaron sus aguas opacas con otras más puras y cristalinas; como después pudieron comprobar, las plantas no sólo habían sobrevivido al frío entierro, sino que crecieron más fuertes y sanas.
La nieve se había ido y, en su camino, había mejorado sus vidas.
Para cuando el pueblo pudo recuperarse de la sorpresa inicial, una aún mayor les esperaba en el féretro: La claridad que había abandonado la tierra parecía haberse asentado en el cuerpo de la Reina, transformando el tono oscuro de su piel y sus cabellos en otro níveo, tan claro que toda ella parecía reflejar la luz del Sol.

Sin embargo, el mayor misterio quedó para siempre recogido en su rostro pues, donde antes todo el mundo contempló un semblante serio y severo, había aparecido una dulce y suave sonrisa.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Castigada.

Aquí hace frío, demasiado frío.
Está muy oscuro, tengo miedo. No sé dónde está mamá, ni mi hermana, no hay nadie aquí y no quiero estar sola. Mamá siempre me abraza cuando estoy asustada, pero la he llamado y no viene. ¿Es qué he hecho algo mal?, lo siento, sea lo que sea no lo volveré a repetir, lo prometo.
A lo mejor ha sido por salir a jugar al jardín sin su permiso. Sé que no tenía permiso, a mamá no le gusta que esté fuera cuando llueve, pero tenía tantas ganas de trepar… Al final he salido, pero me he debido de quedar dormida mientras subía por el árbol, porque al despertarme aquí no he conseguido recordar cómo he vuelto a entrar en casa.
¿Es por eso, verdad?, ¿por eso estoy castigada? Lo siento mami, lo siento mucho… ¿puedo volver ya?
¿Mamá, Amanda…? He aprendido la lección, no volveré a hacerlo… dejadme salir, por favor. No me gusta este silencio, me da miedo...
Espera, creo que he oído algo. Amanda, ¿eres tú…? ¡Sí eres tú! ¡Estoy aquí!, ¿dónde estás? Espera, no te preocupes, voy a buscarte, ya voy… Gracias por venir, hermanita, tenía mucho miedo.
Por fin te encuentro. Oye, ¿cuándo han venido los abuelos?, ¿han llegado cuando estaba castigada?, ¡hola, abuelito!
¿Abuelo…? ¡Abuelo!, ¡hola!, ¡escúchame!, ¿qué está pasando, no me oyes? ¡Abuela!, ¡Amanda!, ¡mamá! Dejad de ignorarme, por favor, ya sé que no tenía que haber salido a jugar sin permiso, estoy muy arrepentida… perdonadme, me portaré bien… Mami, ¿por qué estás llorando?
No llores mamá… mira, ya no tengo miedo, ya estoy bien, ¿ves? Espera, voy a darte un abrazo, de esos de oso que siempre me das, ¿te apetece?. Vaya, qué sensación más rara… creo que me he chocado contra algo.
Amanda, ¿por qué me miras así?, ¿me pasa algo? ¡No grites!, ¿qué ocurre?
¿Por qué tenéis esa cara de miedo?, ¿qué pasa? Por favor, ¡me estáis asustando mucho! ¿Qué me pasa, qué ocurre? ¡MAMÁ, RESPÓNDEME! Mamá, ¿qué…?

Mami, ¿por qué estoy saliendo del espejo?

sábado, 28 de marzo de 2015

Pobre niña.

Pobre pequeña ilusa, que creíste fantasiosas mentiras.
Pobre niña desgraciada, que te dejaste arrastrar hacia el abismo.
Enamorada de lo oculto, de la seducción de una bestia disfrazada con la piel de un cordero.
Enganchada a unos brazos sin cariño, a una pasión destinada a devorar doncellas e inocentes princesas vestidas de color de rosa.
Te dejaste fascinar por falsas promesas, por la seducción del misterio, por las noches que sólo un vampiro sabe dar, por el calor, por las bellas palabras, por el carácter que invita a obedecer.
Que invita a amar.
Y ya no te queda nada.
Sólo frío, sólo oscuridad, sólo días de dolor y tristeza que incitan a la muerte. A tratar de lograr una paz que ya jamás encontrarás.
Todo por un alma negra camuflada en cuerpo de hombre, todo por unos ojos rojos escondidos tras una bella sonrisa.

Ay... pobre ingenua y estúpida niña, ¿es que nadie te enseñó a no jugar con el demonio?

miércoles, 4 de febrero de 2015

La dama del río.

Ella, la muchacha que vaga a solas por el bosque.
Con los pies descalzos, con la frente baja, cuidando de que todo esté bien.
Cuidando de la orilla, del agua que transcurre rauda por el río, de su pasión y su calma, del bien que le rodea; jamás dejará de hacerlo, jamás lo abandonará a su suerte, pues protegerlo es su deber.
Lo es desde que juró que nunca faltaría a su palabra; desde el día en que prometió que su existencia rondaría junto a la del río; desde el momento en que, fascinada por el rumor de las aguas, se ofreció a no descuidarlo jamás.
Ese día, su cuerpo pereció, fundiéndose con las cristalinas corrientes para no volver a aparecer; y su alma quedó ligada al elemento, vinculándose a él, por siempre unidos, hasta el fin de los tiempos.
La dama del río recorre el caudal, tranquila y pausada, lenta y sonriente. No tiene prisa, mientras observa el río con el cariño de una madre y el amor de la más entregada de las amantes.
No se arrepiente, jamás lo ha hecho y nunca lo hará; pues su corazón puro y entregado tiene una meta y un motivo, un deseo que jamás podrá verse relegado, pues ella lo prometió.
Y si alguna vez te la encuentras, si alguna vez se deja ver, siéntete afortunado. La dama del río cuidará también de ti, y te dotará del amor que alberga: ese que permite hacer sacrificios, ese que ahuyenta los males y destierra el mal, aquel que es puro y casto, que nunca padece.
Y, antes de desaparecer, sus ojos cristalinos se fijarán en ti, y sabrás que estás a salvo, que nada jamás podrá volver a hacerte daño.
No temas, viajero, pues la guardiana del río te protege.
Al igual que a la orilla, al igual que a su querido caudal.


sábado, 31 de enero de 2015

Teme al monstruo.

No le mires, que no se dé cuenta de que sabes que está.
No te muevas, que parezca que duermes, para que no quiera atacarte.
No respires, ten cuidado, no le dejes tentar.
Porque si cae en la tentación, no habrá salida.
Quiere comerte, mi pequeño, quiere verte sufrir y sentir el sabor de tus sangre derramándose por su garganta; quiere oír tus gritos mientras te devora poco a poco e impide que pueda hacer nada por ayudarte; quiere cazarte, saborear el placer de abatir a su presa, pero no quiere que sea fácil, quiere verte intentar resistir sin poder escapar.
Por eso se pasa las noches a tu lado, mi pequeño, observándote de cerca mientras no puedes dormir, aterrorizado por sus ojos como brasas y su aliento que huele a putrefacción y muerte. Por eso sale cada noche de debajo de tu cama para posarse junto a ti y divertirse mientras contempla como finges descansar, cuando sabe que es imposible. Por eso se cuela en tus pesadillas y te despierta de ellas acariciándote con sus uñas negras y afiladas como cuchillos.
Te desea, pero le gusta esperar. Espera su momento, en el que abras los ojos y por fin lo veas: tan claro como la luna y tan terrible como la oscuridad.
Entonces podrá hacerse contigo.
No debes permitírselo.
O el monstruo te comerá.
No le mires, que no se dé cuenta de que sabes que está.
No te muevas, que parezca que duermes, para que no quiera atacarte.
No respires, ten cuidado, no le dejes tentar.
Aunque sus uñas arañen el suelo, aunque su siseo se cuele en tus oídos, aunque el vaho de su aliento te haga desmayar, aunque el miedo te atenace.
No mires, no te muevas, no respires.
O te matará.
Teme al monstruo, mi pequeño.
El que vive por las noches, el que protagoniza tus terrores, el que no te deja dormir.
Teme al monstruo, es tu única salida.
No mires.
No te muevas.

No respires.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Medium.

Puedo ver a los muertos.
Nunca se lo he dicho a nadie, porque no me creerían, con el paso del tiempo he aprendido que la gente no entiende lo que hago. Los muertos les dan miedo, porque piensan que son crueles y peligrosos.
Pero no es así.
Son agradables, simpáticos, pero la mayoría están muy tristes. Desde que mueren vagan solos, sin otra cosa que hacer más que contemplar el mundo que se desarrolla a su alrededor y soñar con alguien con quien por fin puedan hablar.
Yo soy ese alguien y, cuando me encuentran, se alegran muchísimo. Muchos de ellos llevan siglos solos y tienen cientos de historias interesantes que contarme. A mí no me importa escucharlas, me encanta conocer historias y gente nueva... aunque esté muerta.
La verdad es que no tengo muchos amigos vivos. La gente de mi edad suele pensar que soy rara y a menudo el brillo de mis ojos, que parece de estrellas, les resulta demasiado extraño y se alejan de mí. Pero yo estoy bien, soy feliz en mi universo lleno de cosas que nunca se mantienen igual. Me gustan los cambios, hacen la vida interesante, y me gusta la gente con la que estoy, aunque los demás no puedan verla.

Lo importante es que yo sí, y no me arrepiento de ello.



Siento haber tardado tanto en escribir algo más o menos decente, pero comienzan los exámenes y no tengo otro remedio que montarme intensivos de estudio, lo siento. Os quiero.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Illena.

Illena.
Mi princesa, mi hermosa hija del océano.
Quiero  que sepas que no te he olvidado, que mi mente no me ha permitido ocultar la mágica noche que pasé a tu lado, que la imagen de tu cuerpo resplandeciente a la luz del atardecer sigue vívida en mi interior.
Te encontré en la playa, a la orilla del mar, apenas cubierta por el agua y la espuma que llegaban a alcanzarte. No me viste al principio, y yo estaba demasiado sorprendido como para hablar, contemplando asombrado cómo balanceabas tranquila la cola de pez que sustituía a tus piernas.
Aún recuerdo la expresión de tu rostro cuando reparaste en mí. Me apenó reconocer el sobresalto en una faz tan hermosa, me entristeció vislumbrar el miedo en tus ojos azules y, por encima de todo, me derrumbó verte dar la vuelta y hundirte entre las olas, escapando de mí.
Grité, te llamé, corrí desesperado mar adentro hasta que mis pies dejaron de tocar la arena. No quería dejarte, no quería perderte, y ni siquiera te conocía. Durante el tiempo que estuve en el mar me imaginé nuestra boda, nuestra casa frente a la costa, nuestros hijos... ni siquiera reparé en tu cola de pez, eso me daba igual. Jamás me había sentido así, ni jamás lo he vuelto a experimentar.
Regresé desanimado y muerto de frío a la arena, y allí me quedé. Sencillamente, me negaba a darte por perdida, a convertirte en un fortuito instante más. Me senté en la orilla con la vista fija en el horizonte, hasta que me quedé dormido.
Me despertaron las gotas de agua cayendo de tu pelo, y lo primero que vi fue tu rostro sobre el mío, observándome curioso. Lo siguiente que recuerdo fue tu mano acariciando mi mejilla y, justo después, el roce de tus labios en los míos... creo que fue entonces cuando escuché tu nombre: Illena, mi hermosa ninfa del mar.
Puede que pasaran minutos, quizá horas... ¿quién sabe? Sólo puedo recordarte a ti, tendida sobre la espuma, con el cabello pegado a tu piel, sonriéndome entre beso y beso. Disfrutando del romance fugaz aquella noche de verano, iluminados por la luna y las estrellas.
Te marchaste al amanecer. Te fuiste sin una mirada, sin un adiós, sólo regalándome la vista de tu aleta ocultándose bajo el océano. Esa vez sabía que no volverías; que sólo habías vuelto para reglarme tu amor, pero que jamás volvería a verte.
Me marché a casa, a mi familia, a mi mundo que ahora me parecía vacío, pero prometí que no te olvidaría. Que jamás dejaría que mi mente te borrara, que mis labios nunca abandonarían el sabor de los tuyos, que siempre recordaría el tacto de tu piel en las noches solitarias.
Espero que tú también pienses en mí, Illena; a cada segundo, de vez en cuando, en realidad me da igual. Sólo deseo ocupar un rincón de tu mente, de tu corazón, mientras atraviesas nadando cada océano existente, mientras te abrazas a las rocas empapadas, mientras te recuestas en las playas mirando las horas pasar... Sólo deseo que me quieras, aunque sea un poco.

Que me quieras como yo te quiero a ti.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Esposa del mar.

El sonido del mar le saluda mientras se acerca. Parece haberla deseado, parece haberla echado de menos con la nostalgia propia de los enamorados. A ella no sólo se lo parece, sabe que es así.
Desde hace años, comparten una relación prohibida. Nadie lo sabe, porque nadie lo comprendería. ¿Quién volvería a mirarla igual tras descubrir su secreto?, ¿quién querría hablar con ella, darle un trabajo?, ¿quién volvería a bañarse en el mar, sabiendo cómo la había conquistado?, la vida sería terrible para los dos, nadie debe enterarse.
Pero eso no les ha impedido nunca estar juntos. Su amor fue intenso, instantáneo, un flechazo a primera vista. Aún recuerda el día en que, recién llegada al pueblo, bajó a la arena de la playa  y cayó rendida ante el sonido y el brillante color del mar y supo, inmediatamente, que se había enamorado. Nunca había sentido nada igual por ningún ser humano, y durante esos dos años jamás lo ha vuelto a sentir. Siempre han estado destinados a ser el uno para el otro.
Eso mismo piensa ahora mientras, amparada en la oscuridad de la noche, se acerca a la orilla envuelta en un elegante vestido blanco. Su maquillaje es perfecto, lleva puesto el collar que su madre le ha prestado y unos discretos pendientes azules decoran sus orejas.
Parece una novia.

Sus pies tocan el agua helada, aunque ella la percibe tibia y acogedora, y avanza poco a poco hacia el horizonte, como si caminara por un pasillo nupcial. Su expresión es serena, segura, sabe perfectamente lo que está haciendo y no se arrepiente en absoluto. Dentro de poco, podrán estar juntos por toda la eternidad: sus almas quedarán unidas para siempre, y su cuerpo inerte descansará en la profundidad de las aguas, formando parte de él. No puede esperar ni un segundo más.
Cuando no puede seguir andando, empieza a nadar. El vestido empapado le pesa cada vez más, y moverse le cuesta mucho, pero no le importa, sólo es un último momento de esfuerzo antes de abandonarse por fin. Después de unos minutos, deja de bracear; debe de haber cientos de metros bajo ella y, con una sonrisa, se deja arrastrar hacia ellos. Mientras se hunde y el oxígeno abandona su cuerpo no siente miedo, ni inquietud; solamente paz y un inmenso amor… hasta que todo a su alrededor se oscurece.
Un instante después, se encuentra flotando sobre el océano. Libre y etérea, contempla cómo las olas llegan hasta la arena, cómo la espuma blanca decora el lecho azul, cómo las pequeñas gotas saltan rebeldes con cada embestida… nunca ha visto a su amado tan hermoso. Feliz, corre a abrazarlo, y deja maravillada que su espíritu se funda en él, le parece estar en un sueño.
Sabe que no volverá a ver a su familia, que lo pasarán mal, que seguramente jamás encontrarán su cuerpo, pero todo eso le da igual. Nada le importa, si el precio es estar por siempre con su enamorado.

Si es convertirse en la esposa del mar.

domingo, 31 de agosto de 2014

El puente de los deseos.

Camina tambaleante por las calles empedradas de la ciudad, convertido por el alcohol en un mero cuerpo humano que se balancea a merced del viento. La gente a su alrededor le mira con desprecio, guarecida de la lluvia mientras el agua empapa su pelo y su ropa; las madres apartan a sus hijos de él; los hombres le critican a su paso; todos se avergüenzan de ese miserable borrachuzo.
Él también.
Pero, ¿qué puede hacer? La bebida le ayuda, sólo con ella puede superar el día a día, es lo único que puede ayudarle a soportar la desaparición de Timothy.
Sucedió un día de tormenta, dos años atrás. Aquella tarde, como tantas otras, su hermano le pidió permiso para salir a jugar con sus amigos, y él aceptó. ¿Por qué iba a decir que no?, todos lod niños de su edad pasaban el día corriendo por las calles y nunca ocurría nada. Pensó que volvería a casa para cenar.
Pero llegó la hora de la cena y el pequeño no apareció, tampoco lo hizo a la hora de la chimenea, ni a la de irse a la cama. La preocupación se adueñó de él, la tempestad no
le importó en absoluto cuando salió a la calle y corrió hacia el cuartel.
A la mañana siguiente, los soldados comenzaron la búsqueda: colocaron retratos por las calles, pero nadie le había visto; preguntaron a sus amigos, pero resultó que ni siquiera habían estado con él esa tarde; le buscaron por el bosque, pero no le encontraron. Semanas después, le dieron por muerto y nadie volvió a ocuparse de él.
Inconscientemente, sus pasos le han dirigido al puente que comunica la población con el bosque, el llamado puente de los deseos. Dicen que, si pides un deseo subido en él, este se cumple. Ojalá fuera verdad.
Aunque no cree en esas historias, se detiene en la cima. La lluvia y el viento han despejado su mente de la influencia del alcohol y el recuerdo de su hermano le ataca sin piedad: las ganas de vivir plasmadas en sus ojos azules, su brillante sonrisa, su voz al leer junto a la chimenea, sus abrazos… Abrumado y aturdido, se encoge sobre si mismo y libera en un llanto toda la tristeza que le provoca su ausencia.
-          Quiero que vuelva – un susurro se cuela entre los sollozos – por favor, devuelveme a Timothy.
De pronto, la lluvia se detiene y el joven nota en la nuca el calor del sol, oculto desde hacía días. Se hace el silencio hasta que unos débiles pasos se aproximan a él desde la arboleda.
-          Adam, ¿eres tú?
Sus piernas reaccionan antes que sus oídos. De un salto, se incorpora y se coloca frente al niño.
-          ¿Timothy? – asiente sonriendo, la luz del sol arranca reflejos cobrizos de su pelo - ¿de verdad estás aquí?
La risa se mezcla con las lágrimas que aún luchan por vivir en su rostro. Sin pensarlo, se lanza a sus brazos, olvidando por un segundo que es mayor y más fuerte que él.
-          Oh, pequeño, mi niño. No sabes cuánto te he echado de menos.
Al escucharlo, estrecha sonriente los brazos en torno a su hermano.

-          Y yo a ti.

viernes, 23 de mayo de 2014

Amor veneciano.

Sentado en el puente, espera a su amada.
Lleva esperando a su bella Stella años, decenas de años, cientos de ellos. Pacientemente aguarda ver su blanca piel, su cabello cobrizo, sus ojos claros cruzando la esquina en una góndola, pero tarda en aparecer.
A él no le importa, sin embargo, y desde que acudió al puente no se ha movido jamás, ni una sola vez. Ni cuando la gente intentaba arrastrarle bajo un techo, ni cuando le rogaban para que se fuera con ellos a comer algo, ni cuando intentaban convencerle de que la muchacha no
iba a aparecer. Nunca.
Y entonces, un día cualquiera, dejaron de molestarle.
Desde entonces, está mucho mejor. No siente hambre, ni frío, ni cansancio, y puede dedicarse por completo a su amor por Stella para que la distancia no lo destruya. Y, cuando ella aparezca, podrán casarse y estar juntos por siempre, como planearon hace tantos años, enfrentándose así al padre cruel y el prometido posesivo de ella.
La noche ha caído en Venecia, el agua del canal se torna oscura y amenazante. Sus ánimos decaen un poco, como cada atardecer. A Stella no le gusta viajar de noche, hay demasiados bandidos y malhechores rondando en las esquinas, así que seguramente su espera no merezca la pena hasta mañana.
Decepcionado, da media vuelta y empieza a pasear por el puente, no quiere ver el agua, se le hace demasiado insoportable. Sin embargo, algo le hace cambiar de idea. Un sonido se extiende por el callejón: Parece una góndola, pero el ruido es demasiado ligero, mucho más suave de lo normal. Le llama mucho la atención, y se vuelve hacia el objeto que lo está causando.
Y entonces, la ve. Es ella, avanzando lentamente en una góndola conducida por su más fiel trabajador. Ambos presentan un aspecto horrible, moratones y algunas heridas decoran sus rostros, pero él la sigue viendo hermosa y una luminosa sonrisa llena de alegría ilumina sus rostros.
El hombre frena al tiempo que el muchacho baja corriendo las escaleras y se sienta con Stella, sorprendiéndola con un largo beso que ambos llevaban esperando demasiado tiempo.
La góndola pasa por debajo del puente y se aleja transportando a la pareja. Ríen, son felices, les ha  costado mucho, pero al fin están juntos.

Para siempre.

martes, 13 de mayo de 2014

La forastera

Ya ha caído la noche en la pequeña aldea, pero la tormenta no se ha ido a descansar. La lluvia lleva cayendo todo el día y no parará hasta el amanecer, las nubes no dejan ver la luna llena que destaca una vez al mes.
Una forastera, que debe ser muy valiente, recorre despacio las calles de piedra mientras la lluvia empapa su capa, que por suerte cubre su cabeza. Nadie sabe quién es, nunca ha aparecido por allí.

Un grupo de niños y sus madres se cruzan en su camino. Las madres están enfadadas y regañan a sus hijos: si permanece más tiempo bajo el agua, enfermarán. Uno de los pequeños no hace caso a su madre, se ha quedado fascinado contemplando el lento avance de la joven. Justo en el momento en que la mujer le dirige una mirada molesta por distraer a su hijo, ella se la devuelve. Aquella mujer nunca pudo explicar lo que sintió al contemplar los ojos oscuros de la chica, qué era esa magia, ese misterio en su mirada, que la hizo enmudecer.

jueves, 27 de marzo de 2014

Lady Orie.

Camina tranquila por los pasillos de su palacio envuelto en brumas, pero tras ella no deja sonido de pasos o el susurro de unos pies arrastrándose. Sólo hay silencio. Es como el avanzar de un espíritu, pero ella no es un fantasma, ella es muy superior a esas almas ancladas que vagan por el mundo terrenal sufriendo la incomprensión de aquellos que las ven.
Lady Orie está muy por encima de todos ellos. Por encima de todos esos comunes que pueblan la Tierra creyendo ser reyes de ella, sin darse cuenta que no son más que insectos intentando controlar una realidad que les queda demasiado grande. Son tan
ególatras…
Y ese no es su único defecto. Además, sus mentes y sus almas no aguantan mucho: unos cuantos problemas, una o dos visiones y ya están consumidos y atrapados por la locura. Quizá sea por la limitación de sus mentes. Es asombroso ver cómo son incapaces de comprender apenas nada, cuando ellos mismos se creen tan inteligentes.
Le divierten, sin embargo. Es divertido jugar con ellos mientras piensan que no es así, mientras creen que controlan la situación, cuando en realidad los está manejando como a simples marionetas hasta que ya no dan más de sí.
Siempre ocurre lo mismo: elige a su nueva víctima y le hace pensar que es él el que ha elegido. Que piense esto es realmente muy importante ya que, de este modo, sienten que son superiores y se vuelven más manejables.
Después, viene la seducción: es una fase algo aburrida, pero no dura mucho. Los machos humanos son terriblemente sencillos: unas cuantas sutilezas, un par de copas y están comiendo de su mano mientras se revuelven con ella entre las sábanas. Sus sábanas, por supuesto; así alimentan su ilusión de estar por encima, así los pobres ingenuos piensan que al final saldrán vencedores de esa su última aventura.
Porque será la última, aunque nunca lo saben. Llevados por su lujuria, desde la primera noche empiezan a vivir por y para ella; desde la primera noche, y durante todas las demás, le ofrecen su alma como un regalo que entregan poco a poco y hasta que no pueden más.
A medida que pasa el tiempo, sus problemas aumentan: no comen ni duermen, pensando en volver a tenerla entre sus brazos; su mundo se reduce a ellos dos y se aíslan de todos los demás; se quedan sin trabajo, sin amigos y hasta su familia se aleja. Además, las visiones les acosan: ven llamas que salen de cualquier lado; la gente que pasa por su lado se convierte en sucios esqueletos por un instante; cuando yacen con Orie, ven alas membranosas nacer de su espalda y tornarse rojos sus ojos castaños…
En poco tiempo, los pobres infelices se encuentran en un eterno bucle de oscuridad.
La mayoría elige saltar desde algún puente para salir de él, aunque los disparos y las sogas también son bastante populares. Los humanos pueden llegar a ser tan melodramáticos…
Y todo para, al final, no encontrar la paz que esperaban. Cuando mueren, sus almas terminan donde ellos mismos las enviaron. Encerradas en jaulas en el húmedo sótano de su castillo, los espíritus de cientos de desgraciados hombres se lamentan eternamente deseando no haber conocido jamás a aquella bella muchacha tras la que se escondía Orie.
Su gozo.
Su maldición.
Su propio paraíso que, tras la muerte, les impidió llegar a él.
Lady Orie les contempla ahora desde las escaleras: son más de cien, cada uno en su jaula, formando líneas y columnas perfectamente organizadas. Sus lamentos se escuchan a la vez, como si de una tétrica canción de cuna se tratara.
Alguien debió enseñarles a no fiarse jamás de un súcubo.





lunes, 17 de marzo de 2014

La condenada del lago.

El lago es manipulador, cruel y mentiroso.
Parece luminoso y apacible; el ganado pasta a su alrededor; su superficie es tranquila y plana, igual que el cristal.
Pero bajo ella esconde secretos terribles, historias oscuras que nadie quiere saber ni recordar: monstruos, navíos enteros y profundas grietas en las que te adentras para no volver.
Bajo su superficie, la esconde a ella.
Está atrapada por barro, maderas y algas. Vive en el fondo, con la vista siempre hacia arriba, tratando de volver a ver su adorada tierra firme.
Pero no le gustan los que habitan en él, odia a la gente, a toda. Lleva mucho tiempo enterrada en su tumba acuática y nadie ha venido a buscarla aún; nadie se ha preocupado por ella; nadie la quiere allí.
Y si ellos no la quieren, ella no les quiere a ellos.
Cuando se sumerjan en su agua, les arrastrará hacia el fondo, para que queden atrapados igual que ella.
Se lo merecen, ellos se lo han buscado.
Pero nadie aparece, ninguna víctima asoma a su vista. Y ella está cansada, muy cansada.
A cada día que pasa, se enfada más. No puede soportar la espera. Cada vez que piensa en toda esa gente, con sus vidas y su felicidad ajena a su existencia, les odia más, les odia a todos, por igual, nadie merece su misericordia ni su comprensión.
Quien pague, pagará por todos.
Aunque le moleste, continuará a la espera y en guardia, para que su venganza llegue lo antes posible.
Y cuando llegue, será terrible.
Sonríe, con sus dientes carcomidos y verdes como las algas. Sus ojos brillan maliciosos mientras se esconde en la oscuridad.

Protegida por la superficie del lago, su mejor amigo, que manipula y miente, que oculta su existencia a los ojos de los demás.



martes, 1 de octubre de 2013

Coven.

El sonido de sus pisadas retumba en el pavimento y se hace eco en las paredes. Continuo y ensordecedor, parece perseguirle en su desesperada carrera viajando a través de los muros semiderruidos de piedra.
No es el único.
Corre desesperado, ha dejado de estar alerta por lo que avanza tras él, necesita encontrar la salida del edificio en ruinas que ahora recorre pero las paredes se cruzan donde menos se lo espera y los pasillos parecen no tener fin. El lugar no parecía tan laberíntico desde fuera, ni tan grande.
Es imposible que sea tan grande.
Es cosa de ellas.
El viento comienza a soplar, frío y furioso, y proporciona frescor a su cuerpo ardiendo por el esfuerzo. Los muros son altos, pero están caídos y no sostienen ningún techo, mostrando en su lugar los altos árboles del bosque alzados hacia el oscuro cielo nocturno, solitario sin una luna que le acompañe.
Se permite sólo un segundo para contemplarlos. Con sus copas imponentes y gruesas ahora le parecen un buen sitio para esconderse. Ojalá estuviera allí ahora, ojalá nunca hubiera visto aquel maldito lugar, ojalá...
Aquel olor, otra vez. Resulta increíble lo poco que ha durado y lo bien que lo recuerda. Putrefacción, muerte, abandono, un aroma que actuaba como alarma: "no te acerques..." "huye..." "antes de que te vean..., antes de que te huelan..., antes de que te noten...". A cada paso, más claro; cuanto más cerca, más desesperados y urgentes sus gritos; una última advertencia inútil cuando ya fue demasiado tarde...
Le vieron, le olieron, le notaron... vestidas de negro, como sombras corpóreas, tan solo un segundo y estaba perdido, miradas oscuras, bocas humeantes... Solo pudo huir. Escapar, sin parar, sin mirar atrás, no existe otra posibilidad.
Los pulmones arden, el aire quema, respirar cuesta, las piernas fallan, las zancadas tiemblan, el costado duele, el cuerpo se dobla... No puede más, sus fuerzas se rinden, tropieza, cae.
Tan solo un segundo de distracción, no puede permitirse más.
Pero tan solo un segundo es demasiado tarde.
Desaparecen los árboles, escondidos tras un techo que de pronto se interpone frente a ellos; nota las paredes que se alzan sin aviso a su alrededor, provocando frío en vez de proporcionar calor; al levantar la mirada no reconoce dónde está: tropezó en un pasillo en ruinas y se levanta en una imponente celda.
Quizás haya vías de escape pero no las ve, jamás las verá. No hay puertas, ventanas ni accesos a su vista. Ante él, sombras. Una, dos, tres...
Le rodean, sus risas estridentes alzándose entre las paredes que las multiplican con su eco. Están contentas, han atrapado a su presa, ninguna escapa.
Se marea, se ahoga, las sombras danzan y giran sin parar, como un torbellino que le ha cazado y nunca frena... y de pronto se detiene.
Ante él, de pronto, unos ojos amarillos, una sonrisa negra, un deseo macabro en un diabólico rostro...
Y oscuridad.