lunes, 11 de agosto de 2014

Begin again.

Ayer fui a ver Begin Again, la nueva película de John Carney, y tenía que hablaros de ella. Sin embargo, esto no es una reseña: no voy a hablar de los actores, ni del guion, ni de todas esas cosas de las que no entiendo en absoluto (salvo cuando son muy malas, entonces sí, pero ¿quién no?). Voy a hablaros de lo que transmite, de lo que me pareció o, al menos, eso pretendo, sin ningún spolier, promesa.


En cuanto vi el tráiler, supe que quería verla, fue un flechazo. El vídeo muestra una película amable y optimista, muy al estilo de Intocable (película preciosa también) y ese estilo me encanta. Sin embargo, al entrar al cine me empezaron a corroer las dudas, ¿y si todo era un truco?, ¿y si al final no se parecía en nada a lo que me habían enseñado?
Me equivoqué: no era un truco, y se parecía a lo que había visto hasta entonces. De hecho, fue mucho mejor.
Begin Again es… dulzura, optimismo, música y mucha, muchísima alegría. Al verla me sentí bien, genial, la sonrisa no se marchaba de mi rostro (sonrisa, que no carcajada, aunque de esas también hay unas cuantas) gracias a sus personajes y la historia. Esta última está formada por un montón de situaciones repletas de cariño y… sí, de vida, destinadas a provocar la alegría en los personajes (esa que sentimos al vivir inolvidables experiencias y sabernos arropados por nuestros seres queridos) y trasladarla al público que, sentado en sus butacas, ve la cinta.
Una de las mejores escenas de la película
Creo que nunca he presenciado una película tan auténtica. Tiene un sabor especial, podría pasar perfectamente por una película independiente, me parece única y fresca. En mi opinión, es diferente a todas las demás, muy… muy suya, desafiante a lo todo lo típico, igual que las canciones que se interpretan en ella.
Oh, las canciones, definitivamente me enamoré de las canciones. No son la última moda, para nada: no esperéis dance, ni rock, ni nada por el estilo. Esperad melodías diferentes, no demasiado rápidas en su mayoría, de esas que ahora sólo producen un par de artistas; esperad sentimiento, mucho sentimiento, y combinaciones de instrumentos preciosas; esperad canciones amables, que te tienden la mano para que cierres los ojos y simplemente te dejes llevar (yo lo hice, de verdad); esperad, simplemente, algo bonito y, sobretodo, diferente.
¿Ahora entendéis por qué tenía que hablaros de ella? Salí encantada del cine, completamente encandilada, con esas lágrimas fruto de la alegría y la emoción pendientes en los ojos (no podían haber escrito un final mejor y más adecuado) y deseando llegar a casa y hacerme con la banda sonora (sí, la conseguimos).
Begin Again es una preciosa historia de cariño, música, felicidad y ganas de vivir, que se transmiten a todo aquel que se encuentre viéndola. La recomiendo de veras, de verdad, me maravilló. Solo con deciros que esta es la única vez que he querido hablar de una película en mi blog…
Un fuerte abrazo para todos vosotros, que pasáis por aquí a leerme.






domingo, 10 de agosto de 2014

Galatea de Nalien.

Se acurrucó en su rincón, haciéndose un ovillo entre los dos gruesos árboles a orillas del río, y cerró los ojos, dejándose arrullar por el sonido del agua. Aquel lugar la había acompañado desde que era niña, y en ese momento le recordó tiempos más inocentes, como cuando jugaba con Lucan y Meril en el agua sin más preocupación que la de evitar que su amigo les sumergiera la cabeza. Ojalá pudiera volver a esos momentos…
Galatea ya no era una niña, ni por asomo. Con 21 años humanos, había dejado de ser una pequeña criatura que correteaba entre los mayores y devoraba todas las historias que se ponían a su alcance, para convertirse en una auténtica princesa elfa con claras posibilidades de heredar el trono de sus padres.
Y ellos así lo habían decidido. Hacía poco más de un mes, los reyes de Nalien presentaron públicamente su abdicación y la eligieron a ella, de entre todos sus hijos, como la más adecuada para sucederlos. Todos estuvieron de acuerdo, hasta sus hermanos, ya que tenían asumido y aceptado que en el reino no se ascendía al trono por otra cosa que no fueran las cualidades personales, y en seguida se iniciaron los trámites para su coronación. Todos estaban seguros de que la joven haría un buen papel.
Menos ella misma.
Tenía miedo, no podía negarlo. Hasta el día del anuncio se había visto con posibilidades de reinar pero ahora, cuando ya era una realidad, veía en cualquiera de sus hermanos a alguien mejor que ella para la tarea: Manuor era más fuerte, Delia le parecía mejor estratega, nunca se había percatado de la inteligencia de Duman, ni de la presteza con la espada de Niala…
El trono era demasiado: demasiada responsabilidad, demasiada presión, demasiado grande. Deseaba ser pequeña otra vez, una princesa elfa de poco más de un metro de altura que podía escabullirse y salir corriendo sin apenas problemas. Ahora no podía hacerlo, no podía huir, las normas lo prohibían.
-          ¡Galatea!
Sobresaltada, se volvió hacia la voz de Manuor. Su hermano, alto y musculoso, la miró sorprendido, con unos ojos grises idénticos a los de ella.
-          ¿Qué haces aquí? Todo el mundo te está buscando, tienes que ir a arreglarte, la ceremonia de coronación empezará en dos horas.
-          Lo sé, yo sólo… - dirigió la vista al río apesadumbrada – sólo quería estar un rato a solas.
-          Escucha, sé que estás asustada, pero lo harás bien – suspirando, su hermano la ayudó a levantarse – si papá y mamá te han elegido será por algo, ¿no? De nosotros, tu eres la más capacitada para subir al trono, serás una gran reina, estoy seguro. Yo creo en ti.
Galatea le miró, sonriendo. Manuor siempre había sido un gran apoyo para ella, siempre la había apoyado y defendido, y a su lado había encontrado un gran amigo en el que podía confiar. Además, poseía el don de saber qué decir en cada momento exacto para sacar de la gente de alrededor lo mejor de sí mismos. Con esa última frase, lo había vuelto a conseguir.
Cogidos de la mano, se encaminaron hacia palacio. Estaba cerca, a apenas diez minutos, y pronto atravesaron la inmensa puerta de madera para encontrarse en el inmenso vestíbulo, donde un montón de gente iba y venía ultimando los detalles de la inminente ceremonia. Al pie de las escaleras vieron a Niala, que pareció volar hacia ella.
-          ¿Qué haces? ¿Dónde estabas? ¡Vamos!  te están esperando con todas sus asistentas en tus aposentos, tienes que arreglarte. ¡Mírate! ¡Ni siquiera estás vestida!
Llegaron a su habitación antes incluso de que hubiera podido reparar en el camino que había recorrido. Allí, de pie, esperaban Rondia, una elfa mayor y regordeta, acompañada de dos ayudantes más jóvenes y varias pequeñas hadas que volaban todas a la misma altura.
-          Te dejo en sus manos – Niala ya estaba arreglada, con un sedoso vestido verde y su largo cabello rubio plagado de pequeñas luces del mismo color – me voy a seguir preparando todo, ¡ahora te veo!
Salió y cerró la puerta tras de sí, dejándola sola con sus criadas. Sin miramientos, con una profesionalidad digna de admirar, las elfas le despojaron del vestido azul con el que había salido y la vistieron en su lugar con uno morado, más elegante, decorado en la cadera y el cuello con vistosos bordados dorados que brillaban a la luz del sol. Cuando las hadas procedieron a embellecer su rostro y su pelo evitó mirarse al espejo, consciente de que los nervios la desbordarían si lo hacía. Sólo cuando hubieron terminado se dignó a presenciar el resultado final.
Estaba increíble, apenas parecía ella: con el vestido morado su porte se antojaba regio y decidido; sus ojos grises destacaban  en su rostro como pocas veces lo hacían, enmarcados por unas pestañas más largas de lo habitual; su cabello castaño, normalmente caído sin orden sobre sus hombros, descansaba acomodado en una complicada trenza decorada con sobrios hilos púrpura.
-          Sé que os gustan las luces, princesa – observó Rondia recordando los adornos que su hermana llevaba ese día en el pelo – pero hoy debe destacar la corona.
-          Lo sé, muchas gracias por todo – ante el asombro de las presentes, la muchacha se giró y abrazó a su sirvienta, que la había vestido durante todos esos años. Tras una breve vacilación, la anciana sonrió y respondió a su abrazo.
-          Estoy orgullosa de ti, pequeña.
-          Gracias.
-          Ya es la hora, debemos bajar al salón – una pequeña hada, que acababa de salir de la sala, volvió a entrar con un deje de histeria en la voz.
El corazón se desbocó en su pecho, pero consiguió disimularlo. Había llegado el momento, ahora sí, y comprendió que si quería inspirar confianza a su futuro pueblo debía aprender a disimular sus inseguridades, empezando en ese preciso instante. Tras mirarse una vez más en el espejo, respiró hondo y salió tras su séquito de los aposentos.
Cuando llegó al salón del trono, encontró la puerta cerrada. Las mujeres ya habían pasado y, cuando tomaran asiento, llegaría su turno. Aún le dio tiempo a respirar tres veces antes de que las puertas se abrieran y una voz anunciara su llegada.
-          ¡La princesa y futura reina, Galatea de Nalien!
A medida que avanzaba por el largo pasillo, sintió las miradas de todos los que estaban allí: todo el pueblo, o al menos la gran mayoría, habían podido acudir gracias a las dimensiones del salón; los sirvientes y lacayos de la familia, al fondo, contemplaban la escena; por el contrario, las familias más influyentes del reino, entre las que se encontraban las de sus amigos, estaban en la parte delantera, sólo detrás de sus hermanos. Sin embargo, ella no miró a nadie ni sucumbió a los susurros que escuchaba a sus costados, su mirada permanecía impasible dirigida al frente, donde sus padres, situados cada uno a un lado del trono, la esperaban de pie.
Al llegar a su lado buscó sus miradas: su madre, aunque lo intentó, no pudo evitar dibujar una fugaz sonrisa; su padre no varió el gesto, pero ella pudo apreciar el orgullo en su mirada. A una seña del rey, hincó una rodilla y bajó la cabeza, donde su padre posó la mano.
-          ¿Juras, Galatea, proteger el reino de Nalien ante cualquier adversidad que se le presente?
-          Sí, juro.
-          ¿Juras proteger a sus habitantes siempre que sea necesario?
-          Sí, juro.
-          ¿Juras servir con fidelidad y dedicación a tu pueblo?
-          Sí, juro.
-          ¿Juras hacer honor a tu cargo y defender el trono por encima de cualquier cosa?
-          Sí, juro.
-          Así pues yo, Rodwal III de Nalien – por un momento, el elfo separó su mano de ella – te nombro a ti Reina Galatea I, señora de Nalien – en cuanto pronunció la frase, posó una corona dorada en la cabeza de su hija.
Escuchó los estruendosos aplausos justo en el mismo instante en el que sintió cómo la joya reposaba sobre ella. Estaba aturdida, pero continuó con el ritual y se levantó mirando fijamente a sus padres con, ahora sí, una sonrisa valiente en el rostro. Aún con ella, se volvió hacia su pueblo y se sentó en el pesado trono plateado que, a partir de entonces, era suyo. Los aplausos reverberaban en las paredes de piedra, multiplicándose. Recorriendo la sala pudo ver a sus hermanos; a Meril; a Lucan, que aplaudía más que nadie con una gran sonrisa en la cara; pudo incluso ver a Rondia, de pie al fondo, aunque no por eso menos alegre…
-          ¡Viva la reina Galatea, viva!
-          ¡VIVA!
No podía creerlo, era reina, y no tenía miedo, ya no. Los nervios y el temor se habían esfumado, dejando paso a la felicidad y al orgullo por ese pueblo que la alababa y la quería. No tenía nada que temer, se sentía valiente, fuerte y habilidosa, capaz de proteger y luchar por su reino, capaz de ser la mejor reina de Nalien.

La reina Galatea de Nalien. 

martes, 5 de agosto de 2014

Amanecer.

Me encantan los amaneceres, aunque los vea poco. Son mágicos y hermosos, es increíble lo que siento al presenciar uno. De repente, la tranquilidad y la ilusión surgen en mí, la misma ilusión que sientes ante un gran plan o una idea prometedora.
Así es el amanecer, prometedor, es una promesa de que un nuevo día, con todas sus horas y posibilidades, está comenzando y de que tú lo puedes aprovechar. Adelante, ya puedes abrir los ojos, puedes ponerte en marcha, las cosas están empezando a despertar y a partir de ahora puedes volver a intentar lo que al final no hiciste ayer (o no, como gustes). Es un nuevo ciclo, una nueva ronda, una nueva oportunidad.
Es tranquilo y relajante, como cuando te despiertas antes de que suene el despertador y ves que aún te quedan horas para dormir. Esa incomparable sensación, a mí me la da el amanecer. Ya es de día pero, si no tienes cosas que hacer, puedes seguir descansando un rato antes de despertar.
El amanecer es luz que se impone a la oscuridad, es la claridad que va abriéndose camino en el oscuro manto que nos guarda por las noches. Personalmente, ese es mi momento favorito, cuando el azul del cielo comienza a aclararse y los únicos signos del sol son unas manchas rosadas y anaranjadas en el firmamento. No es de noche, pero tampoco de día, eso lo convierte en un momento único.
Quizá solo me lo parezca a mí, pero los amaneceres, además, son fríos, pero no como un día de invierno. El suyo no es un frío incómodo, su frescor es ese del que te puedes proteger con una mantita mientras te
acurrucas en cualquier rincón, es un frío agradable que huele a hogar y sonrisas. El amanecer es acogedor.
Cuando lo veo me siento segura, a salvo y en paz, sobretodo en paz. No sé por qué: quizá por su aspecto, por sus promesas o por la tranquilidad que transmite… al ver uno, todo está en calma, todo me parece posible y el mundo se abre hacia mí como un libro que pueda comenzar a leer.
Por último, lo más obvio, el amanecer es un espectáculo hermoso. Su luz; los colores fríos y cálidos mezclándose y amoldándose entre ellos; el mundo que comienza a iluminarse a sus pies, aún dormido y calmado… el amanecer posee una belleza que nada más tiene, única y singular.
No lo he visto mucho, es cierto, pero cada vez que lo he hecho he quedado maravillada. Varias, puede que todas, de esas experiencias han quedado grabadas en mi memoria, con sus imágenes y sensaciones vivas en ella, imposibles de olvidar.


viernes, 1 de agosto de 2014

Bailando.

La música surge de los altavoces y juega en el espacio antes de venir a fundirse en mis oídos. Es extraño porque, aunque soy capaz de percibir eso, no sé cómo se llama la canción, ni qué estilo es, ni cuánto tiempo lleva sonando. Lo único que mi mente es capaz de procesar es la mano de Bruno apoyada en mi espalda y su respiración acariciando mi hombro mientras bailamos sin parar.
Le he conocido hoy, antes no sabía ni que existía, y no sé cómo he podido estar tanto tiempo sin saberlo. En cuanto ha llegado me ha pedido bailar y sólo me he dado cuenta de haber aceptado cuando ya estaba entre sus brazos, es un hombre realmente hipnótico, no creo que nadie le haya dicho nunca que no.
Aleja el rostro para mirarme, pero me mantiene pegada a él, sin mover su mano de mi espalda. Sus ojos son oscuros, profundos y cálidos, y examinan mi rostro antes de sonreír y darme una vuelta. Es increíble cómo se mueve, me lleva por la pista con seguridad y yo sólo tengo que dejarme llevar, como el agua que discurre por el cauce. De hecho, ahora me siento así, totalmente ligera, casi no puedo creer que tenga algo tan ortopédico como unas piernas.
Me abraza de nuevo y vuelvo a notar cómo su barba incipiente acaricia mi mandíbula. Me encuentro segura en la pequeña jaula que forma su cuerpo, sintiendo el calor que atraviesa su camisa y su mano firme sosteniendo la mía. Todo él es magia y pasión que me envuelven y me encierran con delicadeza en una pequeña burbuja en la que sólo estamos nosotros. Jamás en mi vida me he sentido así.
-        - Estás cansada? ¿Quieres sentarte un poco? – la canción ha terminado y se ha separado un poco de mí, dejándome a merced del exterior que me ataca sin piedad.
-         - No, para nada.
Se acerca sonriendo y sus labios, que saben a canela y café, rozan los míos provocando un contacto que aplaca todos mis sentidos. Cuando los recupero él me mira a los ojos y nuestras respiraciones se mezclan en el estrecho espacio que dejan nuestras bocas.
Una nueva canción empieza, completando el hechizo. Volvemos a bailar.