domingo, 24 de diciembre de 2017

Princesa

La niña tuvo que alzarse sobre los dedos de los pies para asomarse a la gran pila de mármol que se hallaba frente a ella. Al ver por fin el contenido, curiosa, introdujo la mano para tocarlo. Un segundo más tarde, su dedo salió manchado de sangre.
Estudió durante un momento el líquido, extrañada, y dirigió una mirada interrogante a los presentes en la sala. Todos ellos la contemplaban fascinados, con ternura y admiración inundando sus ojos bajo las capuchas rojas.
-¿Qué es esto?
- Es la sangre de tus enemigos, princesa. Los capturamos a todos, y terminamos con ellos. Ahora el líquido que les dio vida yace en esa vasija, como nuestra ofrenda hacia ti y nuestra promesa de que haremos lo imposible para mantener tu reinado eternamente longevo y próspero.
La pequeña guardó silencio durante unos segundos, todavía sin entender, y quiso buscar una explicación en su dama de cría, que se mantenía a su espalda. La mujer acarició con dulzura el cabello negro de Lydia: había estado con ella desde que nació, cinco lejanos años atrás. La consideraba ya su hija. Lydia hizo un mohín y se cruzó de brazos.
- No me gusta.
El ambiente se tensó en la habitación. Los soldados se miraron unos a otros, estupefactos y dolidos, mientras la cuidadora de la niña empalidecía como el papel.
- Pequeña, es un presente para ti. Estos hombres han luchado mucho para poder dártelo, han muerto valientes personas.
- ¿Los que perdieron la sangre?
- Majestad, esos seres no merecían ser considerados humanos, y mucho menos valerosos – uno de los caballeros se dirigió hacia ella dando un paso al frente e inmediatamente inclinó la cabeza en señal de respeto, aunque el tono de su voz no mostraba la misma intención -. Quienes han muerto fueron compañeros nuestros, hombres fieles a ti, que creían en la causa de liberar al mundo de aquellos que quisieron que tu vil tío accediera al trono en tu lugar. Sin embargo, ninguno pereció en vano, y ahora esos malhechores han fallecido, y la sangre de algunos de ellos es aquí nuestro regalo.
A su corta edad, Lydia todavía pudo ver la velada furia que fluía de la mirada de quien había hablado, y aquella amenaza la intimidó. Asustada, se acurrucó contra su dama de cría y le cogió la mano, buscando protección. A pesar de la inconsciente adoración que estaba sintiendo por aquel encuentro, la mujer encontró el raciocinio para entender que debía defender a la niña. Soltó la mano, en la que quedó traspasada una pequeña mancha de sangre, y la posó sobre el corazón de la princesa.
- Vuestra Majestad acepta el presente y os agradece sinceramente el esfuerzo que ha supuesto proporcionárselo.
Nadie respondió durante un instante, pero la tensión se incrementó. Ya nadie sonreía ni miraba a la niña enternecido: quien no parecía enfadado, mostraba una expresión de profunda tristeza, e incluso en los ojos de algunos de los hombres se podían ver pequeñas lágrimas.
- Desearíamos que ella misma nos transmitiera el mensaje.
Esta vez el ataque fue más evidente para Lydia, y ni siquiera necesitó acudir a su dama de cría para saber lo que debía hacer. Tragó saliva un par de veces y, temblando el cuerpo y la voz, se dispuso a hablar:
- Siento mucho la actitud que he tenido hacia vuestro regalo. Ahora entiendo lo que ha significado para vosotros dármelo, y lo aprecio por ello.
Fue como si hubiera pronunciado un hechizo: las expresiones serias de los presentes se relajaron instantáneamente, y las sonrisas encantadas regresaron.
- Muchas gracias, Majestad – el mismo hombre que la había amenazado volvió a dirigirse a ella, pero ahora su sonrisa se parecía a la que habría esbozado un padre – su aceptación es la mayor cura para nuestro corazón.
Lydia observó asustada cómo los caballeros, ahora alegres, abandonaban sus puestos y se arremolinaban a su alrededor. Disimuladamente, miró de nuevo a su dama de cría y pudo ver que ella también estaba preocupada. La mujer le indicó con un silencioso gesto que no mostrara su ansiedad, y ella la obedeció lo mejor que pudo.
- Y ahora, princesa, ¿querrías acompañarnos para continuar la visita a tu nuevo palacio?
- Sí, claro.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Cluedo.

Resultaba extraño verlo así: muerto e inerte en el centro de la habitación. El cuerpo arrojado en el suelo, los ojos ciegos y la boca muda. Su existencia para siempre detenida en el tiempo mientras las estruendosas agujas de aquel condenado reloj transmitían sin cesar su ruido por toda la mansión.
Apoyada contra la pared, Amapola contemplaba con frialdad el cadáver de quien había sido su anfitrión aquellos últimos días. Su mirada viajaba desde los ojos azules que la miraban vacíos hasta los dedos anillados de su mano izquierda, que parecía querer estirarse desesperada hacia el último peldaño de las escaleras como si en él pudiera encontrar una salvación a su condena. La mujer no había dicho nada desde que los seis se hubieran reunido allí, agrupados en torno al muerto.
Mora fue el encargado de romper el silencio:
- Deberíamos hacer algo. No podemos pasarnos la noche aquí, como si le estuviéramos velando. Tenemos que tomar una decisión.
- Enterrémosle en los jardines – Celeste tomó asiento en una de las voluminosas butacas del recibidor –. Son grandes, nadie le encontrará, y nosotros podremos olvidar su rostro por fin.
- No seas tonta, mamá.
- Con todos mis respetos, señora, me temo que esa no es una opción viable – el Coronel dio un paso al frente, alzando la voz –. Tarde o temprano el cadáver se hará notar y alguien lo descubrirá. Y entonces las autoridades quizá sospechen de nosotros, ¿cómo pretenden justificar el haberle ocultado bajo tierra?
- ¿Y qué propone; Rubio?
- Reaccionar como cualquier persona lo haría en una situación así – el hombre se acuclilló junto al cuerpo, cuidando de no entrar en contacto con él –: nosotros hemos llegado al vestíbulo, encontrándonos de pronto con el cadáver del pobre señor Black. Asustados y preocupados, no hemos dudado ni un instante en llamar a emergencias en busca de ayuda.
No hubo reacción ante la sugerencia de manera inmediata, como si nadie la hubiera escuchado. Durante casi un minuto, el único sonido que se manifestó en la sala fue el de las agujas del reloj al marcar los eternos segundos. Finalmente, el Padre Prado movió los brazos para sostener su teléfono.
- Espere – Blanco se aproximó al reverendo con una advertencia en su mirada –. Si atraemos a las autoridades aquí, es seguro que nos investigarán.
- No les diremos nada, no averiguarán nada – el Coronel miró detenidamente a cada uno de los presentes –. Desde este momento, quiero que todos nosotros nos comprometamos a guardar silencio sobre lo que ha sucedido en este lugar. Cierto es que aquí nadie carecía de motivos para terminar con la vida de nuestro querido anfitrión pero, si ninguno confiesa ante los investigadores, ellos no podrán probar nada. Si nos unimos, todos saldremos ganando, ¿están de acuerdo?
Un solemne asentimiento escapó de los labios de cada uno de los componentes del grupo, ni siquiera parecieron dudar.
- Perfecto. Reverendo, cuando usted decida.
El silencio volvió a hacerse mientras Prado marcaba por fin el teléfono de emergencias. Las miradas se cruzaban cómplices mientras él, fingiendo de la mejor manera un dolor inexistente, anunciaba por primera vez la muerte en Villa Tudor

martes, 5 de diciembre de 2017

Letter from a bird.

I did a promise:  I would survive. But maybe I was wrong. Maybe I'm not as strong as I tought, maybe this world is just too big and strange for me.
Now I realize I am really small, just a tear in all the oceans I've been crying these nights.
They are overcoming to me. Everyone told it me, but I didn't want to pay attention to that words.. If I I hado done it I would avoid all this pain right now. 
I'm sorry for all the people I promised I could do this. They don't deserve to be disappointed on this way. My sisters trusted me, and now they got nothing.
It's incredible the way I failed the plan, fooled by a man who only wanted to use me like a little doll. Just like Kevin, he realised how weak I am and took advantage of all my debilities.
He told me that he was my friend, even that he loved me and I, naive, believed everything he was telling me. He spoke of confidence, friendship and freedom, promised me that he would help me to reach my goal, and I let him know our entire plan, all the misions I had to achieve. 
Later, he just had to make me fail, turning all the advantages of the situation in terrible problems. All this time I didn't see it, I was too blind, and now its just too late to fix things.
When I tried to face him last night, he just laughed. With a horrible smile he called me stupid, recognized all his traps and bad actions and then leaved, leaving me alone in the middle of the corridor. I dind't see him since then, I think he is gone, but all the damage he created is still here.
I'm not brave enough to confess my failure in front of the people that trusted me, the strong women who sent me here, with our destiny in my hands. 
Now, that destiny doesn't exist, I broke it myself with my weakness and my foolish heart wich believes in the promises of every demon who talks to him, I'm just as bad as these men who play at being our owners.
I'm sorry, really sorry. I hope this letter helps to tell my story to my sisters, and I hope they will be able to forgive me, although I know I don't deserve it. Maybe, someday, another person stronger than me will be able to let us free, but I'm afraid I wont be here to see that.
I give my soul to the wind, my body to the deep earth. 
Goodbye.

martes, 31 de octubre de 2017

Maggie la infértil.

Maggie quería ser madre.
Todas las mujeres en el pueblo lo eras. Ancianas o jóvenes, cada una de ellas había acogido en su seno al menos a una criatura, un fruto de su sangre, un hijo creado en sus entrañas. Cada día observaba decenas de niños recorriendo entusiasmados las oscuras calles de la aldea: miradas brillantes y preciosas e inocentes sonrisas dirigidas a sus madres. Ella también quería ser destinataria de ese amor, el mismo cariño para devolverle al mismo dulce ser que se lo entregaba. ¿Por qué no era posible?
A solas en su penumbrosa morada, Maggie rumiaba su desdicha. Reposaba durante horas acariciando con manos suaves los muñecos de tela que ella misma había tejido, cantándoles nanas que se perdían entre las violáceas paredes. Tiempo después lloraba sobre ellos lágrimas oscuras hasta quedarse dormida. Era inmensamente infeliz y nadie lograba entenderlo, nadie, porque ellos no vivían su sufrimiento. Maggie comenzó a odiarlos a todos.
Un día, una niña del pueblo entró en labor de parto. Maggie conocía a la familia, pero no sabía que la muchacha hubiera quedado encinta. Se lo contaron los vecinos en el mercado, invitándola a acudir con ellos a la casa para dar su apoyo a la joven madre.
No era suficiente que todas las mujeres menos ella tuvieran bebés, ahora hasta una niña era capaz de obtener su deseo. Aquel hecho fue demasiado para la templanza de Maggie, que entró en ira. ¿Cómo se atrevía una insulsa infante a remarcar así su desdicha? Ella no tenía derecho a ser madre, ni siquiera era mujer. Una niña no puede tener un hijo: es antinatural, obsceno. Aquel bebé no debía dormir en esa cuna, alimentarse de ese pecho.
Era noche cerrada cuando Maggie se introdujo en la habitación de la niña, que dormía agotada a sus catorce años. El bebé se encontraba junto al lecho, acostado en una discreta cuna de madera. La criatura era grande, de rostro rollizo, con suaves manitas rosadas y un dulce dormir delatado únicamente por el regular movimiento de su torso. Fascinada por e instantáneo cariño que sintió por el recién nacido, a Maggie no le costó ningún esfuerzo recogerlo contra su pecho, como tampoco tuvo reparos en degollar a la muchacha que lo había dado a luz.
Durante el resto de las horas oscuras, Maggie se dedicó a atender al niño en su propio hogar: lo acostó en las mantas más suaves que poseía, le consoló en su llanto y le alimentó con su propia leche. Se dio cuenta de que sentía por él el amor más profundo que puede albergar un alma humana y, llena de dicha, le llamó Junel.
Con la luz del amanecer, los habitantes del pueblo descubrieron el doble crimen que se había producido en la habitación de la niña que la noche anterior había sido madre. Horrorizados, enterraron su cuerpo en lino blanco mientras buscaban sin descanso a la persona que la había asesinado, la misma que también había raptado al pequeño bebé. Nadie sospechó de Maggie, que en todo ese tiempo apenas salió de casa. Nadie pareció preocuparse por el hecho de que amaneciera cada día sonriente y feliz, a pesar de la desgracia que había acaecido sobre su querida vecina.
Pero un día, en el transcurso de una mañana cálida en la que cada habitante de la aldea había decidido salir a la calle, Junel lloró. Lloró y lloró con la fuerza de mil tormentas hasta que los vecinos, extrañados, entraron en la casa en la que no podría haber ningún bebé. Allí yacía el niño, acostado entre mantas y agitando con fuerza sus bracitos. Algunos reconocieron en él al hijo de la muchacha muerta y, enfurecidos, decidieron esperar la llegada de Maggie.
Cuando ella llegó del mercado, Junel ya no lloraba, y la contempló acurrucado entre los brazos de la abuela que llevaba su sangre. Junto a ellos, armados con espadas y horcas, se encontraban varios vecinos del pueblo.
Maggie no tuvo tiempo de defenderse, ni siquiera pudo soltar los alimentos que acababa de comprar.
La ejecutaron en aquel mismo salón, sin juicio ni súplicas mediadas. Después de matarla, algunas mujeres cosieron sus ojos con hilo del cenagal para que nunca pudiera poder a ver y arrojaron su cadáver a una fosa. Limpiaron su casa para que ningún ser vivo pudiera alimentarse jamás de ella y se llevaron a Junel lejos, muy lejos de allí.
Pero el alma de Maggie nunca se fue, volvió a su hogar en el mismo instante en el que el bebé desapareció de allí. Desde entonces llora así su desdicha, carente del consuelo del sueño y el día, mientras acaricia con manos temblorosas los muñecos de trapo que ella misma tejió. Estos, mientras escuchan las nanas que escapan de los pálidos labios de su dueña, acogen las negras lágrimas que se deslizan entre sus párpados cosidos.