viernes, 8 de junio de 2018

Antes de que me quieras

Antes de conocerme, te pido perdón.
Perdón, porque me enamoraré de ti mil veces para luego olvidarte entre lágrimas.
Lo siento porque siempre te lo haré saber, y quizá sufrirás, pero yo nunca seré capaz de verlo.
A veces puedo ser muy egoísta, no me siento orgullosa, pero al menos ahora lo sabes.
Perdón, porque todavía pienso en mi ex.
Y hablamos.
Y le quiero.
Lo siento porque siempre verás una sonrisa en mi cara cuando le recuerde.
Espero que no sientas celos, al menos no tanto como los tengo yo.
Estoy llena de defectos, pero estoy dispuesta a contártelos. Así sabrás dónde te metes.
Soy insufrible, incluso para mí, no sé si conseguirás cogerme cariño.
A veces soy inestable, y caprichosa, y me enfado con facilidad cuando tengo hambre. Tendrás que gastar mucho en comida para mantenerme feliz.
Canto muy alto de madrugada, y me gusta subir el volumen de la música cuando estoy en el salón. Me paseo por la casa en ropa interior, incluso cuando hay más gente en ella, y siempre duermo con calcetines.
No sé pensar con una cerveza en la mano, ni con una copa de vino o un chupito de tequila.
No sé pensar, y ya.
Todos mis planes se sitúan pasada la medianoche y no me gusta ver a gente durante el día, aunque puedo dignarme a hacer una excepción si me merece la pena.
Y nunca, nunca, nunca acepto ayuda. Ni siquiera intentes ofrecérmela, lo más probable es que te odie por ello.
Creo que lo peor de todo es que no soy una buena persona. Puedes echármelo en cara, si quieres, no serías la primera persona en decírmelo.
Pero estoy intentando cambiar.
Por eso te digo esto ahora, para que puedas echarte atrás. No quiero que te sorprenda al empezar a verme, o mientras todavía me quieres.
No quiero dolerte.
Supongo que eso es algo bueno de mí.

sábado, 26 de mayo de 2018

En el Oráculo


Guardó silencio mientras asimilaba las noticias, arrodillado frente al Premonitorio en el oscuro espacio que era el hogar del ser.
- Pensé que alguien como tú tendría menos problemas para encarar su futuro – la criatura habló con aquella voz sibilante que parecía colarse en los huesos de quien la escuchaba –. El valeroso rey de Hegar debería estar preparado para enfrentarse a la muerte, ¿no es así?
Kairo miró al Premonitorio: había abandonado la postura solemne con la que le había hablado de su destino y ahora yacía descuidadamente en su trono de piedra, contemplando distraído el movimiento de sus dedos azulados mientras describía con ellos figuras en el aire.
- Nadie está preparado para morir, no importa cuánto lo crea.
El Premonitorio le miró entonces con sus ojos hechos de niela y sonrió. Casi parecía sentir pena por él.
- La he visto, ¿sabes?, a la muerte. No es tan mala como piensas. Puede que incluso acabe gustándote.
- Seguro que no es tan buena como la vida.
- Pides demasiado.
Kairo respiró hondo, escuchando en el fondo de su mente los quejidos amortiguados del miedo.
- Pero es por el bien de tu pueblo. Solo la derrota de tu ejército lo salvará. Debería ser eso lo que más te importara, el futuro de tu reino, ¿no es eso para lo que existe un monarca, para sacrificarse por los suyos de ser necesario?
El Premonitorio tenía razón, Kairo lo sabía, y una inmensa rabia le invadió. No quería morir como tampoco quería que murieran sus soldados, los únicos hermanos que había conocido. Más allá de cualquier razonamiento, lo único que sentía era una sensación de profunda injusticia.
¿Por qué reino iba a sacrificarse? De pronto Hegar se transformó en un conjunto de ladrillos yermos esparcidos por un terreno ausente, y sus habitantes ya no eran más que cuerpos vacíos sin rostro.
- Yo nunca pedí ser rey.
El Premonitorio se encogió de hombros, insolente.
- Y yo nunca pedí ver el futuro. Sin embargo, el destino nunca nos pide permiso para jugar sus cartas, y mucho menos nuestra opinión. Lo único que podemos hacer es aceptar nuestro papel y salir ahí fuera a cumplirlo.
Kairo y la criatura se miraron durante unos largos segundos. La quietud comenzó a antojarse asfixiante mientras el Premonitorio parecía esperar con paciencia una reacción que no llegaba.
- He de irme – el anuncio del monarca sonó como una pregunta.
- Sí – el Premonitorio se enderezó en su asiento para despedirle –. Buen viaje, Kairo de Hegar.
Él se levantó con pesadez y se dirigió al umbral. Antes de cruzarlo, el Premonitorio le llamó de nuevo.
- Puedo imaginar lo que estás pensando, pero no funcionará. El destino ha tomado una decisión inamovible y, dentro de unos días, tú pasarás al Otro Lado. De ti depende ponerle las cosas más difíciles de lo necesario pero, te lo advierto, yo no le enfadaría.
Kairo contempló un instante al Premonitorio antes de marcharse. En esa ocasión nadie le detuvo.

domingo, 4 de marzo de 2018

Ophelia´s collection: Rossel.

Se lo advirtieron los hombres de su padre, aquellos valientes caballeros que decían haber vivido más de lo que les hubiera gustado vivir: “El escenario de una batalla es una réplica del infierno”.
Ella nunca les había creído. Por mucho que lo pensaba, no lograba entender cómo ambos contextos podían ser equiparables. Hasta ahora.
En la ladera frente al castillo, una cantidad innumerable de personas gritaban encolerizadas mientras la sangre manaba de sus cuerpos o producían grandes heridas en los de otros. Desde su posición, Rossel podía divisar las higueras y antorchas que aquel gentío había encendido en diversos puntos, extendiendo el denso humo gris por el aire en toda aquella zona.
Un atardecer temprano – influenciado por el fuego que se aproximaba desde frentes lejanos – comenzaba a hacerse visible en el cielo cuando su anciana doncella entró en sus aposentos.
- Rossel, debes marcharte de aquí, es necesario que ya no estés en el castillo cuando los rebeldes entren en él.
Ella ya sabía aquello: desde niña la habían preparado para ese momento y en el transcurso de la tarde decenas de empleados la habían instado a irse. Sin embargo, ni siquiera se había molestado en decidir qué ropa se llevaría en su huida.
- No quiero irme.
- Me temo que no tienes opción, niña.
- Con tus disculpas, creo que la única que debe decidir eso soy yo.
El silencio golpeó entre ellas. La mirada dolida de la anciana diluyó en un segundo la obstinada determinación de Rossel. Suspiró y se acercó para abrazarla.
- Lo siento – susurró, el rostro apretado contra las arrugas de su cuello –. Sabes que te quiero, no he debido hablarte así, pero de veras no quiero marcharme. Mi sitio está aquí, con vosotros.
La anciana se separó y la miró con dulzura mientras le acariciaba suavemente la mejilla.
- Rossel, mi pequeña princesa… tienes la valentía de tu padre, sin duda – su expresión se ensombreció, la reciente muerte del caballero todavía suponía una herida abierta en los corazones de ambas –. Sé que deseas permanecer aquí: es tu hogar, el símbolo de tu familia, pero tu padre jamás habría querido que murieras por tu empeño en mantenerte firme entre unos muros de piedra. Ahora debes salir de aquí, aunque eso signifique dejar por un tiempo el castillo en manos de tus enemigos. Tarde o temprano lo recuperarás, estoy segura, pero para ello debes huir ahora y continuar en pie. Y no te preocupes por nosotros, pequeña, estaremos bien. Muchos han salido ya de aquí, y los demás lo haremos pronto.
Rossel titubeó, dirigiendo la mirada a la ventana desde la que hacía pocos minutos contemplaba la batalla en el campo.
- ¿Y los soldados?
- Ellos juraron defenderos a ti y a tu familia, hasta el final.
- Son mis caballeros, mi gente.
- Rossel, por favor…
Una fuerte explosión fuera las sobresaltó. Al asomarse, al principio no vieron nada más que una gran bola de fuego pero, escasos segundos más tarde, observaron horrorizadas cómo las fuerzas rebeldes entraban en el castillo. Sus gritos de guerra se mezclaban con los alaridos de dolor y miedo que dejaban atrás.
La anciana no se molestó en seguir dialogando: sostuvo a Rossel por el brazo y comenzó a arrastrarla hacia la puerta de sus aposentos. Quizá le hubiera costado más si la joven doncella hubiera opuesto algo de resistencia. La única vez que se detuvo fue para recoger una capa de viaje que colgaba sobre la silla de su tocador.
Comenzaron a avanzar aprisa por los pasillos y las escaleras oscuras del palacio, caminando con todo el sigilo del que eran capaces. Rossel observaba cada esquina angustiada, su doncella con una fiera determinación.
- Saldremos por la puerta de la cocina, se disimula bastante bien desde el exterior, probablemente nadie esté esperando allí. Cuando estemos fuera caminaremos junto al río hacia el sur, hacia Boca de Oso, allí decidiremos cómo seguir.
- Entonces, ¿vendrás conmigo?
La anciana se detuvo y volvió la cabeza para sonreírle. Rossel le devolvió el gesto.
- Siempre.
Cuando llegaron a las cocinas, estas estaban invadidas por penumbras y Rossel sintió el olor cercano de sangre derramada. No encontró las fuerzas necesarias para buscar su origen. Sin embargo, sí encontró en un rincón varios cuchillos, de los que sabía se usaban para cortar la carne de las bestias que sus soldados cazaban, y se armó con ellos escondiéndolos entre las sujeciones de su vestido.
- Rossel, ¿qué haces? Vámonos, la salida está despejada – su doncella ya la esperaba en el umbral de la puerta que comunicaba con el exterior.
Cuando salieron, la chica pudo sentir cómo el humo de las llamas se colaba en sus pulmones, pero no tuvo tiempo para detenerse a pensar en ello. Corrió junto a la doncella colina abajo, hacia el bosque y el río. Al divisar el río bañado por la luz verdosa que proporcionaban los árboles se sintió extrañamente en paz.
- Mirad a quién nos hemos encontrado.
Al volverse hacia el hombre que había hablado, Rossel se vio enfrentada a tres soldados vestidos con el uniforme de los rebeldes. Sacó uno de los cuchillos mientras situaba a su doncella tras su espalda.
Minutos después, los tres hombres arrojaron el cadáver de Rossel al río y, jadeando, contemplaron cómo la corriente la arrastraba hacia el sur.
- Con suerte encontrarán su cuerpo en Boca del Oso, será una buena advertencia.
- Deberíamos haberla cortado en pedazos – uno de los soldados, furioso, se mantuvo observando en río aun cuando el cuerpo de la chica ya había desaparecido de su campo de visión. Un largo corte en su mano derecha todavía sangraba.
- No te pongas así – el primer hombre se rio, burlón –, esa niña sólo te ha hecho un arañazo.
El herido gruñó en respuesta y se volvió a observar a la anciana doncella, ya muerta.
- Y con ella, ¿qué hacemos?
- Déjala ahí, los cuervos también necesitan comer.

martes, 2 de enero de 2018

I´m the survivor: Joel y Zac

El coche avanzaba a toda velocidad, Joel podía sentir el viento tratando de oponer resistencia al vehículo y el bailoteo del mismo con cada maniobra. No le gustaba conducir así, tan rápido, sabiendo que en cualquier momento podría perder el control, pero en esa ocasión tenía que hacerlo. Tenía que sacar a Zac de la ciudad, ponerlo a salvo lo más lejos posible.
El chico dormía a su lado en el asiento del copiloto, ajeno a la vertiginosa que estaba emprendiendo junto a su padre. Casi no se había dado cuenta de nada: él ni siquiera había terminado de empaquetar sus cosas cuando el niño cayó dormido, y realmente no había despertado desde entonces.
Joel redujo un poco la marcha, lo suficiente como para sentir que volvía a tomar el control del vehículo, y observó durante unos instantes a su hijo: las luces intermitentes y anaranjadas de las farolas en la noche iluminaban su rostro, las facciones redondeadas y dulces. Joel estudió los rizos castaños del niño brillando levemente bajo los focos y, antes de volver a prestar su atención a la carretera, se detuvo a contemplar sus pestañas, largas y rizadas, destacando sobre los párpados cerrados.
La madre de Zac también había lucido esas pestañas, y el color café de su pelo sedoso había coincidido a la perfección con el de su hijo. Sonrió al recordarla, pero era una sonrisa amarga. Judy había muerto el mismo día Cero: Joel se la encontró en el portal cuando corría despavorido hacia la casa, siendo devorada por uno de aquellos monstruos grises. Ni siquiera podía recordar cómo había logrado entrar en su domicilio, cegado por las lágrimas y el dolor, sin llamar la atención de la criatura, pero lo hizo. Zac le esperaba en su habitación, acurrucado entre las mantas.
-          - Mamá me dijo que me quedara aquí.
Joel le felicitó y le abrazó durante un largo rato, pero no le dijo dónde estaba su madre. Pasado un tiempo volvió a salir al porche para toparse únicamente con algunos de los huesos del cuerpo de su mujer y su alianza dorada, ahora manchada de sangre. Enterró los huesos en el jardín trasero y prendió el anillo de su cuello con ayuda de una de las cadenas de Judy. En aquel momento podía sentir la dureza del metal contra su pecho.
A pesar del paso de los días, no había sido capaz de hablarle a su hijo de la muerte de su madre. Él tampoco había preguntado, pero Joel estaba seguro de que el niño lo sabía. Desde el día Cero, Zac tenía los ojos llorosos a menudo y un aire de tristeza en la mirada. Se había empreñado en meter en su bolsa todas las fotos que había encontrado de su madre.
Pensativo como estaba, Joel no se dio cuenta de que los escasos coches que permanecían circulando por la carretera se agolpaban frente al suyo, y tuvo que frenar bruscamente para no golpearse contra uno de ellos. Zac se despertó mientras pasaban de largo el obstáculo que había generado el atasco: los esqueletos ensangrentados y carcomidos de dos grandes caballos. El niño volvió la vista atrás y luego hacia delante, tratando de despejarse.
-         -  ¿Dónde estamos?, ¿a dónde vamos?
-     -   Nos vamos de la ciudad, Zac, quiero ir a casa de la abuela, en el pueblo, quizá allí estemos más tranquilos.
Su hijo asintió en silencio, aceptando su decisión. Desde el día Cero, ningún momento había sido tranquilo: aunque apenas habían salido de casa, los gritos de terror y los gruñidos salvajes eran continuos y audibles tras las paredes, y salir de casa suponía enfrentarse a un mortal laberinto de objetos abandonados, monstruos hambrientos y vecinos desesperados. Joel nunca había disparado un arma antes, pero ahora no era capaz de recordar cuántas veces había disparado el gatillo.
-          Papá, ¿crees que mis amigos estarán bien?, ¿o les habrá pasado lo mismo que a mamá?
Un pesado silencio se hizo en el coche. Era la primera vez que Zac hablaba de la desgracia que le había ocurrido a su madre.
-          - Espero que no.
-         -  Pero no lo sabes.
Joel suspiró mientras revolvía el pelo rizado de su hijo.
-         -  Es cierto, no lo sé, pero quiero pensar que estarán bien. A veces hay que tener fe, hijo, y aferrarse a ella. Tus amigos permanecerán sanos y salvos hasta que conozcas lo contrario.
Zac asintió de nuevo, pero parecía convencido. Joel lo vio, volvió a concentrarse en la carretera.
Sería difícil conseguir que su hijo aceptara que sus amigos, las personas que quería, estarían bien hasta que no comprobara su muerte, como si fueran gatos de Schrödinger. Ni siquiera él podía creerlo, ¿cómo podría ser tan ingenuo? La gente que había muerto en la ciudad era incontable, no se atrevía a pensar en un número concreto. Resultaba demasiado probable que alguno de los compañeros de Zac, esos pequeños niños, hubiera perecido también.
Pero eso no le pasaría a su hijo, se dijo con fiera determinación, él se encargaría de que ninguno de esos monstruos le tocara jamás el pelo, de que nunca sufriera daño. Su instinto lo pensó en el mismo instante en que supo que aquellas criaturas estaban invadiendo la ciudad y lo reafirmó enterrando lo que había quedado de su esposa, que había salido a la calle para proteger a su pequeño.

Judy no moriría en vano Y Zac, el único tesoro que le quedaba en la vida, siempre estaría a salvo. Con la vista fija en la carretera, Joel se reafirmó en aquel objetivo: su hijo viviría, aunque para ello tuviera que morir él.