viernes, 19 de febrero de 2016

El flautista.

- Señora Kleiber, no llore…
La mujer la miró desde el banco con los ojos anegados en lágrimas. En sus manos temblorosas sostenía una descolorida cinta, bastante cuidada a pesar del tiempo que había pasado por ella.
- Mi Liese, mi pobre Liese…
- Lo sé, lo sé. Aún no podemos afirmar que le haya pasado nada así que por favor, no se preocupe tanto.
- Pero, ¿y si ese demonio le ha hecho algo?
- Entonces pagará por ello.
No fue consuelo suficiente, y ella volvió a ocultar la cara entre las manos para seguir sollozando. Dagna suspiró, y se encaminó hacia el fondo de la habitación, donde ya no podía cruzarse con los familiares de los niños desaparecidos. Allí se encontró con Adler, mesándose distraído la larga barba pelirroja, la saludó con una sonrisa triste.
- Es horrible, tanto sufrimiento… Nunca había visto a tanta gente llorando en un mismo lugar.
- Normal, ¿qué esperabas? Ciento treinta niños… parece imposible de creer.
- ¿Crees que ha sido él?
- Espero que no. No quiero saber que hay en este mundo gente capaz de cometer tales atrocidades.
Dagna se sentó junto a él, tras los cientos de bancos que los encargados habían  conseguido a duras penas meter dentro de la sala del juicio. Se escuchaban lamentos y sollozos, gritos y jadeos de angustia. Pudo reconocer al padre de Burke y a la abuela de Egmont, el cabello dorado de la hermana de Brunhilde le hizo recordar las trenzas que a la niña le encantaba hacerse para salir a jugar.
- Dicen que les ha asfixiado, que tiene escondidos sus cuerpos en algún lugar.
- Por favor, no sigas.
- ¿Cómo ha podido hacer algo así?
- No lo sé. ¡Por favor, cállate!
Sobresaltada, le miró de nuevo, asustada de pronto por el tono fiero de sus palabras. Los ojos de su amigo delataban que estaba a punto de echarse a llorar, y comprendió que no debía haber llegado tan lejos en sus hipótesis. Sólo pudo susurrar una leve disculpa mientras agachaba la cabeza, mirando al suelo.
No quería estar allí, pero todo el pueblo había sido solicitado para acudir al juicio: Dos meses atrás un misterioso músico ambulante había llegado al pueblo, cargando con él una hermosa flauta con la que había hecho por una tarde las delicias de todos los aldeanos. Bailaron, cantaron y se divirtieron muchísimo hasta el punto en que, al volver a casa, nadie se dio cuenta de que más de un centenar de los niños de la aldea habían desaparecido. A la mañana siguiente no había rastro de ellos, ni del flautista, y nadie volvió a tener noticias suyas hasta que los zapatos de uno de los niños fueron encontrados, rotos y llenos de barro, en mitad de un bosque cercano. Encontraron al flautista al día siguiente, decían que confesó haberles matado.
No quería creérselo, no deseaba volver a mirar el rostro de aquel horrible hombre, pero no tenía otra opción y necesitaba conocer de primera mano el destino que habían sufrido aquellas pobres criaturas. Sólo esperaba no sufrir demasiado, sólo quería que todo eso pasara rápido.
Las puertas de la sala se abrieron con un sonoro golpe, provocando el silencio de todos los que se encontraban dentro. El juez, un anciano y rechoncho hombre, pasó primero dando grandes zancadas y, una vez que se hubo sentado en el amplio escritorio frente a los bancos, una voz anunció la entrada del flautista acusado.
Dagna nunca olvidaría aquel momento. El joven no tendría más de treinta años, y su cuerpo pálido y delgado no anunciaba la presencia de un hombre peligroso; su cabello lacio y castaño se balanceaba mientras caminaba, y su ademán desgarbado demostraba que no sentía miedo. Se sentó frente al juez con tanta naturalidad como si fuera a encontrarse con un viejo amigo, el anciano tardó en reaccionar.
- El pueblo de Hamelín le acusa del secuestro y asesinato de ciento treinta niños nacidos entre estas fronteras. ¿Cómo se declara el acusado?
No respondió a la pregunta de inmediato, y por alguna razón nadie se atrevió a forzarle a hacerlo. Lentamente se dio media vuelta en la silla, mirando a la cara a todos los presentes en el juicio. Una sonrisa lobuna se dibujó en su rostro justo antes de responder.
- Culpable.

8 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Un poco jajaja. ¿Sabes qué es lo mejor?, que la versión de los hermanos Grimm original es la del secuestro de los niños. Estaban mal de la olla, como yo ^-^

      Eliminar
  2. :O Un toque oscuro a un clásico de siempre, genial^^

    ResponderEliminar
  3. Qué mal rollo, pero me gusta xD
    ¡Un beso!

    ResponderEliminar
  4. Esta muy interesante, me gusto mucho
    Te invito a mi blog
    Besos!

    ResponderEliminar