miércoles, 12 de abril de 2017

Invocación.

Yra cerró inconscientemente los ojos en el mismo instante en el que su espada partió la roca por la mitad. Se mantuvo así unos segundos, quieta y callada, respirando hondo mientras aguardaba la terrible venganza correspondiente a su afrenta.
Pero nada ocurrió: ningún espíritu acudió furioso a atacarla, su arma no se volvió contra ella, las paredes de la gruta no comenzaron a derrumbarse a su alrededor.
Abrió los ojos, aún cautelosa, y observó lentamente la habitación. Todo parecía estar intacto, nada había cambiado desde que entraran allí, apenas unos minutos atrás. Tan sólo la roca de invocación se había visto modificada, ya que el color rojo como la sangre que la caracterizaba se había perdido al romperse. Ahora, partida en dos sobre el suelo polvoriento, lucía una tonalidad sucia y gris. Nada la diferenciaba de las demás piedras de la cueva.
Se volvió hacia sus compañeros, que permanecían de pie junto a la entrada. Su hermana y los miembros de la guardia observaban la sala, curiosos. Sólo la mirada azul del joven Zeron reflejaba todavía el temor que les había invadido al llegar allí. Sin embargo, también parecía aliviado.
- ¿Ya está?, ¿eso es todo?
Yra giró lentamente sobre sí misma, estudiando su entorno desde el techo hasta las paredes.
- No lo sé. Eso parece.
- No puede ser – su hermana dio unos pasos hacia delante y sus cabellos negros se agitaron sobre sus hombros – todo este camino no puede haber sido en vano.
Yra volvió a mirar la roca con un ligero sentimiento de decepción.
- ¿Qué vamos a hacer ahora? – la voz queda de uno de los guardias llegó hasta sus oídos.
Se quedó callada, pensando una buena respuesta que darle, pero entonces Zeron interrumpió el silencio.
- ¿Esa sombra estaba ahí antes?
Yra miró hacia donde señalaba su compañero. Efectivamente, una franja oscura había aparecido en la pared frente a ella, no recordaba haberla visto al entrar.
- Voy a investigar – dio un par de pasos y se volvió hacia su hermana – ¿vienes?
Pesla no necesitó ser preguntada dos veces. Corrió hacia ella y juntas se acercaron a la sombra.
Cuando estuvieron a su lado, descubrieron la puerta que se había abierto en la roca. Parecía haberse generado directamente a partir de la pared, como si esta se hubiera desgarrado hacia afuera, y la luz procedente de las antorchas se reflejaba en ella creando la sombra que había llamado su atención. Tras unos segundos de vacilación, Yra se asomó al hueco oscuro que se adivinaba tras la nueva entrada.
Apenas consiguió ver nada. La sala se mantenía en tinieblas, únicamente iluminada por las llamas que se situaban en la anterior. Sin embargo, pudo percibir las escarpadas paredes, cuya piedra formaba picos en diversos puntos, y el rocoso suelo rojizo que se extendía hacia el fondo de la habitación hasta formar lo que parecía ser un precipicio.
Dudó antes de pasar, situándose en el umbral durante unos segundos que se le antojaron eternos. Percibía a Pesla aguardando a su lado, pero se sentía incapaz de seguir avanzando. Durante todo el tiempo que ella y su compañía habían empleado para llegar hasta allí nunca había sentido miedo, ni siquiera una ligera inquietud, pero ahora el temor que experimentaba atenazaba cada uno de sus miembros.
Su hermana avanzó un par de pasos, y en sus ojos pudo ver el deseo de aventura a pesar de los peligros que pudiera conllevar. De algún modo, su presencia le proporcionó fuerzas y, con todo el valor que fue capaz de reunir, se introdujo en la estancia.
La temperatura disminuyó considerablemente mientras avanzaban, y en la oscuridad el sonido de las gotas cayendo contra el suelo parecía amplificarse. Yra caminó despacio, lo más sigilosamente posible, mientras escudriñaba el espacio negro sin obtener resultados.
Sin embargo, cuando alcanzaron el borde del precipicio su vista se acostumbró a las sombras y pudo contemplar el vasto vacío de la habitación, un mero cúmulo de piedra y humedad. Se asomó al abismo que se abría a sus pies y la oscuridad que surgía de su fondo invitaba a suponer que no tenía fin.
Lo contempló unos largos segundos mientras notaba los mechones del pelo de Pesla resbalando sobre su hombro.
- Parece que no hay nada – su hermana frunció el ceño con la vista clavada en el hueco –, qué extraño.
- Sí que hay algo, ¿notas el calor que sube del fondo? El resto de la habitación está congelada.
- Cierto – la respiración de Pesla se entrecortó un instante contra su piel –, quizá allí está lo que has invocado.
- ¿Y qué he invocado, exactamente?
Su hermana abrió la boca para responder, pero el potente bramido que se alzó desde el abismo la interrumpió antes de poder emitir ningún sonido. El volumen del rugido logró que retrocedieran unos pasos, atemorizadas: Yra no había escuchado nunca a una bestia expresar un ruido como aquel, y creía imposible que ninguna que conociese pudiera hacerlo.
- ¿Qué es eso? – Pesla gritó, alzando la voz por encima del sonido ensordecedor.
Una forma se elevó desde el hueco del precipicio, respondiendo a su pregunta.
Durante un segundo, Yra sólo pudo ver unos enormes cuernos asomándose sobre el borde del mismo, su superficie negra brillando contra la leve luz de las antorchas. Sólo cuando estos alcanzaron su fin pudieron empezar a vislumbrar la cabeza escamosa sobre la que se asentaban.
Yra sintió cómo su corazón se aceleraba a medida que emergía el dragón: su cara era tan alta como la pared situada al fondo y las rojas esferas de sus ojos, aun grandes como ruedas de carro, parecían pequeñas en comparación con sus fauces. Estaba segura de que, de pretenderlo, la bestia podría devorar a toda su comitiva de un solo bocado.
Finalmente, el ser se detuvo. Las miró pensativo y fiero mientras ellas, sintiéndose repentinamente diminutas, alzaban la vista para tratar de obtener, inútilmente, una imagen completa de él.
El dragón exhaló pesadamente, azotándolas con su aliento ardiente. Abrió las mandíbulas y, al tiempo que mostraba unos colmillos afilados y grandes como estalactitas, habló con una voz profunda y grave.
- ¿Quiénes sois, intrusas?, ¿por qué me habéis llamado?

1 comentario:

  1. Ay, me gusta mucho, aunque me habría encantado saber un poco más de qué las llevó allí.
    ¡Un beso!

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